La vanidad está por encima del orgullo, dijo Jenofonte y es como la creme de la jactancia, agregó lacónico... Nadie escuchaba porque ,ese día, el simposio se había convertido en una caterva de intelectuales irracionales. La reunión parecía un cónclave de gamusinos queriendo perturbar la sincrónica heterotomía del sigilo. No eran pensadores, eran mal pensados... Hablar allí en contra de Platón aparecía como una blasfemia... Él –un torpe aprendiz- era el dueño de los banquetes, de los ágapes, de las tertulias y como una metáfora trágica, Platón, sicótico y autoreferente, se sentía el rey de los cachiporras. Rebeca no usaba
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