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Se manifiesta en cualquier momento, vive dentro de nosotros.
La maldad convive con nuestro ser compasivo y empático y de pronto empieza a emitir señales de impaciencia, hasta que retrata lo peor de nosotros, la más baja de las cualidades humanas y explota en un volcán de fealdad y daño.
La carencia de empatía, la indiferencia nos tranforman el rostro y el corazón y agredimos sin piedad a los más débiles o ausentes, produciendo principalmente la mayor de las heridas en nuestro propio yo.
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Hacia la muerte.










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