No hace mucho, en un posteo sobre la gratuidad de la educación, argüí que tal condición era necesaria, entre otras cosas, para que no se perdiera talento alguno por falta de recursos que permitieran financiar la enseñanza de alguien sobradamente capacitado para recibirla. Más como un argumento anecdótico que otra cosa, mencioné que el mejor alumno de mi curso en
Yo había sido estigmatizado, injustamente por cierto, como el “niño problema” de esa camada, con un alto índice de inasistencias y un promedio de notas en que los rojos superaban a los azules debiendo recién cambiar de color en Marzo todos los años.
De mas está decir que no era mucho el contacto que podíamos haber tenido el alumno más aplicado del curso con el más porro, toda vez que la única cosa en común que podríamos haber compartido era el ser los más chicos después de Alvaro Puig.
La primera tarde que llegamos a la casa de
Cuando ya estábamos acomodando nuestros libros y cuadernos encima de la brillante mesa color caoba del comedor, nos hicieron pasar amablemente a la cocina y de allí a un largo parrón que reposaba al lado de la piscina vacía sin más que unas cuantas hojas secas que flotaban en su fondo seco, sin agua. No hacía ni frío ni calor, la luz era gloriosa y solo el trinar de algunas aves reclamando la tardanza de la llegada de la primavera podrían habernos perturbado.
Acomodamos nuestras cosas encima de una de esas típicas mesas con cubierta de vidrio y base de fierro blanco y comenzamos por alabar la inesperada gentileza de la dueña de casa y lo agradable del lugar. Debimos callar en nuestros halagos al acercarse la empleada de la casa con una bandeja portando una jarra de jugo y un par de vasos que llenamos al instante haciendo un silencioso brindis en el aire sonriéndonos de puro pensar en lo bien atendido que estábamos.
Dados los primeros sorbos al parecer Lucho se sintió como en deuda, porque empezó a sacar el cuaderno y una guía de matemáticas para empezar a repasar la materia. Me hacía preguntas, preparaba ejercicios para que yo los desarrollara, saltaba de una materia a otra, como buscando donde estaba el mayor déficit en mis conocimientos. Al cabo de un rato me dijo:
- Pero tú te sabes todo esto. Yo no tengo nada que enseñarte de aquí.
Cerró los libros y cuadernos, archivó las guías y acomodó todo ordenadamente en su bolso como yo jamás lo habría hecho, sacó otros cuadernos y guías y dijo:
- Veamos entonces como nos va con Historia que ahí también tienes un rojo.
Otra vez. Preguntas van, preguntas vienen, revisamos mapas y finalmente tuve que relatarle todo lo que sabía del Imperio Romano incluyendo el color de las chalas de los centuriones y cuales eran sus sistemas de sujeción para que terminara diciendo otra vez lo mismo.
- Tu también te sabes esta materia mejor que cualquiera. Entonces: ¿Por qué las malas notas?
En ese momento Lucho se convirtió en mi confesor. Mi irresponsabilidad era tal que prefería irme a la biblioteca a leer algún libro antes que entrar a una prueba o asistir a una clase que me aburriera.
Todos los días iba al liceo, pero mis inasistencias siempre estaban al límite de lo permitido. El Parque del mismo era tan hermoso, tan solitario, silencioso y tan mío, (puesto que era el único alumno que sabía sentarse a la sombra de la palmera que no se podía ver de ninguna parte), que no podía sustraerme a la tentación de terminar la lectura de algún libro ya comenzado o iniciar la de uno nuevo.
Un indiferente 1 era la nota con la que frecuentemente los profesores castigaban mi osadía y mi insolente desprecio por su abnegada enseñanza, y allí, en el libro de clases, esos 1s luchaban todo el año con los 5, 6 y escasos 7 en busca de un promedio que se definiera a favor de su color.
Finalmente marzo era el mes en que todo se regulaba en función de los benditos exámenes que me permitían, en razón de solo una nota, arreglar mi promedio para pasar definitivamente de curso.
Lucho me miraba con curiosidad y extrañeza y de repente sonreía al escuchar mi explicación y los descargos que intercalaba para justificar mi ilógico proceder.
Me preguntó algunas cosas más sobre otras materias en las que cojeaba y enterándose que mi aptitud era similar en todas casi por igual, pasamos a otra cosa y empezamos a conversar de otros asuntos asombrándome él con la claridad y temprana madurez de sus ideas y seguramente sorprendiéndose él con que el tarambana del curso también sabía pensar.
Nuestra conversación fue interrumpida porque nos llamaron a tomar once lo que nos hizo pensar que las gratas sorpresas no habrían de detenerse jamás.
Habiendo terminado de tomar el té o café con el pan y algunos regaloneadotes bocadillos sentados en una esquina de la intimidante mesa color caoba, apareció
Obviamente el indicado para responder era mi eventual tutor que manifestó su conformidad con mi desempeño como tutoriado. Entonces ella nos citó nuevamente para el día subsiguiente a la misma hora. Nos dijo que la casa estaba sobre aviso y que estuviese ella o no podíamos pasar directamente al parrón e instalarnos allí donde podían incluso servirnos la once si así lo preferíamos, (a lo cual asentimos al unísono).
.Desde esa tarde empezamos a acudir a la casa de nuestra profesora un par de veces por semana y bajo el parrón, en esos agradables días que se dan entre otoño y primavera, sostuvimos conversaciones que nunca me habría imaginado tener en ese entonces.
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De vez en cuando abríamos, cerrábamos, guardábamos, libros o cuadernos por si alguien nos miraba de la casa, y seguíamos nuestra amena plática cual par de viejos granjeros sentados a la sombra del porche de una casa.
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No teníamos más de 12 o 13 años, y recuerdo a Lucho arguyendo que la masturbación era un acto egoísta porque el único fin era la satisfacción propia, cuando el placer sexual debía estar destinado a ser compartido con la mujer amada. (Ambos éramos de desarrollo tardío y aún las hormonas no hacían su parte en cuanto a derribar nuestros prejuicios).
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No recuerdo cuanto tiempo duraron esas tardes bajo el parrón de la calle Los Talavera, tal vez hasta la entrega de la libreta de notas que tuvo una notable mejoría al yo cumplir el compromiso con Lucho de evitar los rojos para justificar nuestro abuso de la gentileza de nuestra profesora.
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Antes de ayer en la noche vi en la televisión un reportaje sobre el Mamo Contreras. Ahí me enteré que Lucho Guajardo había sido ciclista y pertenecido al MIR y que fue secuestrado por
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El menor de los Tormen y su entrenador fueron liberados. De Lucho Guajardo y de Sergio Tormen campeón nacional de ciclismo, nunca se supo de su paradero.
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Durante la investigación que se hizo para ubicarlo se pudo determinar que Lucho estando detenido fue sacado por los agentes de
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Estando en este trance, logró zafarse de sus aprehensores y se arrojó a las ruedas de un camión que transitaba por calle Gral. Velásquez cuyo conductor alcanzó a maniobrar arrollándole solo una pierna.
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En el lugar se hizo presente el sacerdote Vicente Irarrázabal, quien lo acompañó en la ambulancia hasta
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No puedo dejar de consternarme el enterarme de su vida segada a tan joven edad.
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Lucho egresó con nota siete del Liceo Manuel de Salas, y cursaba 4º año de Ingeniería en
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Al final el destino aciago quiso que igual su talento fuese desperdiciado bajo la implacable acción de una mano asesina.
Pormenores de su detención e investigación por averiguar su paradero se encuentran en
http://www.memoriaviva.com/desaparecidos/D-G/gua-zam.htm
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Yo, afortunadamente, estoy vivo, y puedo mitigar mi pena por su pérdida con los recuerdos de esas tardes bajo el parrón y la luz de su sonrisa.
Tom
P.D. 21-Oct-2008: A casi un año ya desde que escribí este artículo, he querido insertar algo en él que refleje en parte los tiempos que vivíamos, y esta es una muestra de ello... no se como hacerlo en un comentario dentro del post, así que decidí incorporarlo al artículo mismo... somos de una generación que creció entre revoluciones... de todo tipo:
Tom
















Tom
He leido tu relato y me preparaba mentalemente para hacer un comentario jocoso acorde a la simpatia y encanto que brotaron de tus letras.
Tambièn vi el programa sobre Manuel Contreras y el caso especìfico de Tormen. Aca en Atina habia sido comentado en alguna oportunidad. Me llamò la atenciòn el amigo de Tormen que tuvo un destino tan incierto.sin saber que leeria un testimonio tan cercano y tan hermoso relatado en episodios de la vida de dos chicos que empezaban a crecer y a descubrir el mundo.
Triste es que tantas vidas se hayan perdido y que inteligencias y personalidades prometedoras hayan sido cortadas sin compasion.
Queda la esperanza que exista hoy otra clase de valorizacion de la vida y que el respeto no sea solo una palabra para completar discursos.
Con tristeza, un saludo para ti Tom