Reflexiones desde la periferia hacia el centro
Hay momentos en los que me sorprendo in fraganti viviendo desde la periferia de mi ser, viviendo desde mis miedos, viviendo desde mis obsesiones, viviendo desde aquello más volátil e insustancial de la existencia.
Me he notado viviendo en un mundo ilusorio; ilusión de la cual activamente tomo parte recreándola continuamente en mi cerebro. Y no me refiero a la ilusión de la vida, a la ilusión de lo material, a la ilusión compartida con la mayoría de la humanidad. Me refiero a ilusiones personales, a mentiras individuales que yo mismo he creado y que he aceptado tener por verdad. He configurado un vicioso círculo en el que sentimientos tan fuertes retroalimentan a la materia, y a su vez esa retroalimentación refuerza los patrones de pensamiento.
Los sentidos, los cinco, es cierto: no mienten; pero sí
miente el núcleo central donde se procesa su recolección, sí miente el cerebro
a cargo de interpretarlos. ¿Por qué mentiría el cerebro? ¿Por qué mentiría la
mente egotista? Pienso que es puro instinto de supervivencia anidado en todo lo
animal, manifestado en diferentes niveles de diferentes formas. Y como es quizá
el cerebro la parte animal más compleja que poseamos, sus formas de preservarse
son igual de complejas, y sus armas para lograrlo son más sofisticadas aún que
las que pueda tener nuestro organismo tomado como un todo. Pues lo que intenta
defender el cerebro, según mi punto de vista, no es su estructura orgánica ni
su supervivencia fisiológica, sino más bien la huella inmaterial que deja su
actividad: la psiquis, la noción de identidad, la idea del yo. Como todas las cosas existentes, son
todos ellos conceptos en sí carentes de moralidad: sólo son, más allá del bien y el mal; a su vez, como con todas las cosas
existentes, un abuso al apoyarse en ellos, un abuso al asignarles
preponderancia sobre otras cosas por mí más altamente estimables, un abuso de
convencimiento en cuanto que esas cosas son lo que definen la propia existencia
terrenal, trae consigo consecuencias desequilibrantes. Se produce una tensión,
se produce inconformidad, se produce intranquilidad. Se produce una
identificación demasiado fuerte con lo que son nuestros recuerdos, las ideas
que queremos defender del ataque del resto –aunque más que defender ideas, es a
nosotros mismos a quienes nos estamos defendiendo, pues de alguna manera nos
sentimos embajadores de los conceptos en los que creemos, y sentimos esa
necesidad bíblica de ser celosos con
nuestros pensamientos. En ocasiones ni siquiera nos importa tanto lo que se
diga, o la idea que nos empeñamos en defender, sin embargo voluntariamente tomamos partido, nos parcializamos, y
comenzamos la triste, decadente y teatral escena de luchar por imponer al resto
nuestra opinión.
De esa muerte pretende salvarse el cerebro: de la muerte, aunque sea parcial,
de la lucha egoísta de los llamados ideales,
de la naturaleza animaloide del humano que lo impele a dominar a sus pares; de
la muerte de las ataduras ficticias que nos atan a una realidad que creemos es, mas no nos damos cuenta que tan sólo
es por un decreto de el pequeño dictador dentro de nuestro cráneo, que no
quiere soltar el control del dominio del ser, a favor de la realidad plena del
espíritu.
Si me he sorprendido viviendo desde la periferia, desde lo más alejado del centro de la existencia, ¿qué es lo que hay en el núcleo? En el núcleo está Dios, en el núcleo está la paz, en el núcleo está la dicha, en el núcleo está todo lo que intuitivamente el corazón humano anhela como si lo hubiese vivido ya en un sueño; cosas que sabe son propias pero que en la cotidianeidad usualmente se escapan entre los comandos e intentos de supremacía del yo. En el núcleo se encuentra nuestra naturaleza, nuestra esencia, aquello que nos define como humanos (“Entre un chimpancé listo y Edison (tomado éste sólo como técnico), no existe más que una diferencia de grado, aunque ésta sea muy grande”). Lo humano, propiamente humano, se encuentra en el núcleo del que hablo. Este núcleo dista de ocupar una posición físicamente central o nuclear; más bien, se me ha enseñado (y lo creo así), es como un campo de energía que rodea a cada uno de nosotros, que está siempre con nosotros aún cuando a momentos esté apenas latente, y que influye y es influido por los campos invisibles de todas las otras personas y también de todo lo existente. Pienso aún que este campo es la residencia verdadera de nuestra conciencia: etéreamente dispuesta y extendida por todo nuestro ser, más que focalizada en sólo un órgano en la cabeza. En suma, en el núcleo, está nuestra salvación, y la explicación de toda experiencia auténticamente espiritual, mística, trascendente.
Siento estar más cerca del núcleo. Siento que iluminando nuestros vicios con la luz de la conciencia ayudamos en gran medida a desvanecerlos. También estoy consciente que la vida, al menos mí vida, va y viene, y sus energías con ello. Siento paz, pero también recuerdo el imperativo formulado en el huerto: “te ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Por supuesto, pensar que se refiere sólo al sustento alimenticio del cuerpo sería un poco ingenuo… Hemos de granjearnos con el mismo sudor y esfuerzo constante la alimentación de nuestro espíritu, y para mí, escribir este tipo de cosas es uno de los mejores alimentos. Cada uno verá qué dieta le acomoda más.








Hay una diferencia entre lo que es nuestro ser carnal y nuestro ser espiritual, ya que somos una mezcla de ello que es como agua y aceite, ya que uno busca toda clase de satisfacción terrenal y el otro, el espíritu, toda clase de paz y lugar de trascendencia más allá de esta vida en la que el cuerpo, apenas nace, comienza un proceso de envejecimiento, lo que no sucede con el espíritu que tiene una noción de vida distinta que podemos sentir cuando estamos quietos y con los ojos cerrados, es decir, en una concentración tal en la que alejamos uno a uno la intervención de los sentidos...
la no-beligerancia, y profundidad de su comentario, señor peón, además de la similitud de nuestras opiniones en relación a lo que usted ha escrito.
Saludos!
y muchos otros teólogos católicos tienen esa misma tesis, de que Dios está en el centro o núcleo de la psiquis, es dicen, la parte más íntima de la conciencia, lo que es concordante con tus creencias pero que tampoco tienen sustento en lo real.
Es creencia, psicología, filosofía o teología, es decir, pueden indistintamente ser ciertas o falsas porque no podemos contrastarlas con hechos reales.
Son creencias hermosas, desde luego que sí.
Pero me alegra mucho; la verdad no es ni mía ni de alguna iglesia ni de nadie, si no que de todos.
Y como usted dice, son creencias hermosas.
Saludos!
estas hermosas creencias de que hay que admitir que Dios tuvo que intervenir directamente en el nacimiento del hombre, saltándose el proceso evolutivo natural, para introducir en su psiquis (o en su alma, en su espíritu) la naturaleza divina.
Lo que nos llena de interrogantes.
Otra opción es que haya introducido en nuestra especie elementos parciales de divinidad, lo que es más contradictorio que lo primero.
Saludos
que ese núcleo descrito por mí como "Dios" nos es tanto de un Dios-hombre en cuanto el clásico ser antropomorfo impreso en la mente promedio; ser que tiene realidad ontológica separado de la realidad ontológica del hombre.
Yo planteo más bien la existencia de un Hombre-Dios, del que nuestra esencia, nuestras almas, forman parte... seríamos consustanciales, la misma cosa operando en diferentes dimensiones. Parte de ello estaría radicado en la psiquis, en las capas profundas del inconsciente, pero aún así pienso que son eso sólo huellas inevitablemente dejadas por la magnificencia de nuestra propia presencia divina.
Entonces este Dios no habría implantado nada en nosotros, sino que nosotros mismos habríamos definido las reglas de olvido de nuestra divinidad, y la inmersión en la ilusión colectiva que llamamos vida o realidad; este olvido es el sin-sentido que en definitiva le da sentido a una manifestación material de existencia.
Todo esto presupone la creencia en la teoría de la reencarnación, la cual es mirada con bastante recelo en occidente, pero que a mí me parece perfectamente lógica y energéticamente eficiente, además de ser el único marco en el que se puede remotamente hacer sentido de la total miseria de algunos humanos, y de todas las injusticias de a tierra.
Saludos!
Suponiendo que dios existe, ¿por que debia saltárse el proceso evolutivo natural? para para introducir en su psiquis (o en su alma, en su espíritu) la naturaleza divina.
¿¿?? No le veo razon a ese salto
¿porque lo dicen los escritos?
Saludos y suerte
surgió en la evolución de algún animal, que obvio venía de otros, en una cadena o hilo evolutivo, desde los primeros seres vivos, seguramente unicelulares, que no tenían alma, ni tampoco a un Dios en su centro o núcleo, la verdad que no tenían ni núcleo, ese fue después, un paso evolutivo importante, y en algún momento, si aceptamos que el hombre tiene a Dios en sí, si aceptamos que el espejo en que se ve a sí mismo en el silencio de su intimidad es Dios, en alguna instancia tuvo que ocurrir ese magno acontecimiento, de que un ser vivo biológico pasó a ser un ser vivo divino, con un centro divino, lo que está fuera del proceso evolutivo natural.
Sería un proceso evolutivo sobrenatural, que es el que defienden los teólogos, por el cual en algún momento del proceso de su humanización recibió el plus del alma humana, que lo hace esencialmente distinto de los animales.
Ásí fundamentan estos teólogos la aparición del hombre con alma y núcleo divino: una intervención sobrenatural.
Saludos y suerte.
Interesante.
Quizás el evolucionar a tener un razonamiento propio nos asusto en cargar con responsabilidades y decisiones que requieran coraje y sacrificio. Quizas dios sea un medio de evasion.
Saludos y suerte
Si nos hemos sorprendido viviendo desde la periferia, desde lo más alejado del centro de la existencia, ¿qué es lo que hay en el núcleo?
Te respondo: En el núcleo está el anhelo de libertad, la dicha de operar sin el control impuesto por los estereotipos y automatismos que pretenden dominar nuestras percepciones y acciones.
Requisito para esta conciencia -que es dicha y libertad- es extenderla con la percepción íntima del carácter periférico o central de nuestras experiencias, e iluminando nuestros vicios con la luz de la conciencia ayudamos en gran medida a desvanecerlos.
El carácter periférico o central de nuestras experiencias está dado por nuestro sistema nervioso, que es el que las organiza, y hay que tener en cuenta que el comportamiento animal es bastante caótico: hay un ejemplo ejemplar en el caso de la gallina, que defiende con singular fiereza a sus pollos, atacando a quien intente robárselos, pero que no atiende sus llamados si caen en hoyos, y pian desesperados porque no pueden salir, la gallina puede volver con varios pollitos menos, sin inmutarse.
En otras palabras, la coherencia es un accidente.
La libertad, no obstante, ayuda a vivir mejor.
Saludos
Apostaria que no es libertad lo que anhela el nucleo. La libertad asusta al hombre. Lo que pasa es que se confunde poder con libertad.
Pero apostario que el nucleo persigue plenitud emocional integrante y concordante entre el individuo y la especie.
Bueno, es mi parecer.
Saludos y suerte Ramon.
Sigo con interes tus post.
tu interés y lo agradezco, son temas en los que me quemé las pestañas, en la antiguedad, y sus conceptos son bastante huidizos, como el de la libertad que significa mil cosas, pero en este caso preciso pretende decir que no son los automatismos los que deben determinar nuestras emociones y conductas, sino que al ser conciente ellos, el yo puede discernir entre las motivaciones personales más intimas, distinguiéndolas de los impulsos automáticos que regularmente nos están asaltando.
La necesidad compulsiva de satisfacer a una imagen o modelo interno, por ejemplo, y un sinnúmero de otras compulsiones.
Se trata como dices tú, del poder, del poder tomar opciones desechando las compulsivas, lo que obviamente nos integra.
Saludos