Una carabina y una cotorra (editado)

Enviado por Tom Collins el 09/12/2007 a las 23:51
Tom Collins

cotorra.JPGNo recuerdo si estábamos en 5º o 6º año Básico, cuando nuestra profesora Jefe la Sra. Marta Finterbush nos hizo leer en clase el cuento de Manuel Rojas titulado “Una carabina y una cotorra”.

Leído el cuento, que era corto, nos hizo sacar una hoja y plasmar en ella un pequeño resumen con nuestro comentario.

Al otro día, pasada la lista de los presentes, tomando una de las hojas del montón apilado junto al libro de clases, nos dijo: "Ayer he leído cada uno de los resúmenes y ya los he calificado. Sin embargo, hay uno que no puedo calificar con una nota del uno al siete". – dijo levantando un poco la voz y la hoja que tenía en su mano - "Este me ha sorprendido de tal modo que no puedo menos que ponerle nota ocho, pero que al libro irá solo con la calificación máxima permitida".

Todos nos quedamos mudos, aleleados, cada uno podía escuchar su propia respiración.

– Ahora les voy a leer el trabajo – dijo, y aunque era absolutamente innecesario añadió: – Por favor guarden silencio.

Entonces comenzó a leernos como nuestro compañero reseñaba la vida de un hombre que vivía en un cuartucho pobre y desaliñado, acompañado de una mujer que no hablaba y descrita como “un montón de trapos viejos que iba de aquí para allá por la habitación”. Este hombre tenía un trabajo tedioso, mecánico, sin mayor significado para él, y que le ocupaba el día de sol a sol para finalmente retornar a su casa donde le esperaba un plato de comida desaliñado y las ganas de desaparecer hasta el nuevo amanecer.

Sin embargo, había algo en el mundo de este hombre que lo arrancaba de la rutina diaria iluminando y dando sentido a su obscura vida : su cotorra.

Ésta era una cotorra que, al sonido del tamborileo de los dedos del hombre sobre la mesa, salía a su vez de su rutina diaria de mascota alada para acercarse a éste que la subía arriba de la mesa. Allí la hacía marchar como un soldado y emular una batalla al son del tamborileo y las voces de mando que le prodigaba, cayendo ambos en una suerte de exaltación que terminaba con la avecilla fulminada sobre el campo de batalla ante la descarga imaginaria de un proyectil enemigo mientras su dueño henchía el pecho de orgullo ante su magna obra.

Esta cotorra, decía nuestro compañero, era lo único que le daba significado a la vida de ese hombre. Era su alegría, su nexo, lo que lo unía al mundo permitiéndole sumergirse en el sin sentido de su rutina diaria, esa cotorra era lo que le otorgaba un sentido a la existencia de ese hombre.

Décadas hubieron de pasar para que yo entendiera el significado de esta particular visión de un niño de 9 o 10 años, y de que comprendiera también la inusual valorización que de ella había hecho nuestra profesora tan poco pródiga con sus evaluaciones.

No creo que no existan momentos en la vida en que no hayamos pensado que nuestra vida no tiene un fin, en que no se nos haga patente que nuestra trascendencia no va más allá de nuestra propia mirada, en que no creamos que estos estados se pueden transformar en algo permanente, en una constante, en un sentimiento que hay que aplacar con otros intereses, con la música, con actividades, con compromisos, con una y otra transformación de nosotros mismos, con proyectos que sean inviables o no, con abrazar una causa, una fe, o un delirio.

En fin, hay momentos, y no son escasos, en que necesitamos nuestra propia cotorra.

Es en el marco de este inquietante sentimiento que los hombres buscamos un nexo, un vínculo con el mundo que nos rodea, con nuestros semejantes, con la vida. Es insoportable el tener la certeza de que siendo seres únicos e indivisibles, estamos en la más absoluta soledad en este mundo sumidos en la trivialidad de nuestras necesidades, trabajos y compromisos, que a la postre no serán capaces de opacar la angustia de estar sumergidos en la nada misma.

Dentro de este contexto, y cada vez a más temprana edad, el hombre esta más vulnerable y accesible a dejarse seducir por una doctrina, por una religión, por una secta, por una tradición, por una moda, o por un estilo de vida que le permita unirse a otros que también abrazan aquello que les convierte en hermanos en lo que al icono elegido concierna.

Así es como desde la antigüedad los hombres se han unido en sectas, cofradías, hermandades, públicas o secretas. Han abrazado con fervor una fe o una doctrina, y han estado dispuestos a inmolarse en pro de la causa que los une a sus hermanos o camaradas.

Así es también como, casi sin que exista una explicación aparente, y bajo la mirada consternada de sus padres, nuestras calles se llenan de jóvenes que en función de sus vestidos distintos, sus peinados; sus símbolos tatuados, colgados o pegados a sus ropas; la mutilación de alguna parte en especial o de cualquiera de su cuerpo; sus cabezas rapadas o llenas de eventos o coloridos; su lenguaje distintivo, y en fin, tantas otras señales, parecieran intentar diferenciarse del resto y asemejarse a “los suyos” como si quisieran hacerlo desde afuera, desde su estética, hacia dentro, hacia su yo interno.

Sin embargo no es nada de esto lo que nos permite superar este agobiante estado de soledad, de agonía, de indefensión espiritual ante el mundo que nos rodea.

Tampoco lo es la propiedad de una cotorra magníficamente adiestrada.

Ello solo es posible aceptando antes que nada nuestra soledad y nuestra independencia, nuestra no pertenencia a nada que no sea a nosotros mismos, nuestra indivisibilidad y al mismo tiempo nuestra imposibilidad de fundirnos con otros si no es a través del amor.

Tom

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Don Tom

Enviado por el 03/01/2008 a las 12:51 AM
Oscar Meléndez Bulnes


                 No habia encontrado su post antes y ahora que lo leí me pareció maravilloso. Honestamente pensé que la cotorra era la esposa y la carabina el esposo, un hombre que con una rutina a cuestas llega a su hogar, se sienta en el comedor y al tañir de los dedos, su esposa despierta, sale de su rutina diaria para entregar a ese hombre lo que el quiere ver o recibir, como dice son el nexo, son necesarios, si no estuviesen el uno o el otro su vida no tendria significado.

                Como ud. lo vió está muy bién, siempre el hombre se ha colgado de religiónes, modas, ideales, etc., pero no puedo dejar de pensar, y con esto no estoy menospreciando a la mujer, que la cotorra es la hembra dispuesta y el hombre la carabina que espera ser usada.

              



Don Oscar...

Enviado por el 16/01/2008 a las 03:05 PM
Tom Collins

Asumía que usted ya estaba enterado, pero no puedo quedarme con la duda:

¿Ya sabe usted que "Una Carabina" es otro cuento?

Yo creo que incluso de ahí viene el dicho ese "como la Carabina de Ambrosio".

¿Sabe de que se trata?

Bueno, no sé para que me esfuerzo tanto, si la otra vez preguntó por los ciclos de la rueda de la vida y yo le mandé tamaña respuesta que es obvio usted nunca leyó...

Pero en fin, no hay peor diligencia que la que no se hace.

Tom


Mister Tom Collins

Enviado por el 16/01/2008 a las 03:21 PM
Oscar Meléndez Bulnes


                     Lo leo con intenciones de pelear, agradesco se digne responder mi comentario, honestamente sobre su consulta no tengo idea del cuento de la carabina.

                     En cuanto a los ciclos de la rueda de la vida, no lo he leido, como dice la Prima vera son artículos que se pierden y no lo recuerdo, podria darme la página, para leer el artículo, de todas maneras lo buscaré.

                     Disculpándome por mi ignorancia y agradeciendo su respuesta después de un mes de haber comentado, se despide su lector Oscar.

                  P.D.No pude pegar los pingüinos en movimiento, explicación que me dió en otro post y no funcionó( esto para que veo que leo sus respuestas).



Don Oscar

Enviado por el 16/01/2008 a las 03:53 PM
Tom Collins

Puchas que me hace usted reir compañero....

Lo de pegar pinguinos, (que no nos lea Katy porfa), lo dejaremos para un momento en que podamos hacerlo paso a paso....le aseguro que resultará.

Puhas...la rueda de la vida.....mmmmmm...

¡Voy a buscar el comentario y vuelvo!

Tom






 


Amado Tom...

Enviado por el 19/01/2008 a las 08:19 PM
Jana Regalado εїз





"...Esta cotorra, decía nuestro compañero, era lo único que le daba significado a la vida de ese hombre. Era su alegría, su nexo, lo que lo unía al mundo permitiéndole sumergirse en el sin sentido de su rutina diaria, esa cotorra era lo que le otorgaba un sentido a la existencia de ese hombre". Cuando niña, en cierta ocasión que mi padre me llevó de la mano y entramos juntos a una librería, escuché a un adulto decir: "Que tu ángel de la biblioteca te lleve al libro destinado en estos momentos para tí"... He sentido a ése ángel, traerme hasta éste post, justo hoy. He pensado mucho en esa cotorra de aquel hombre solitario ensimismado en su rutina, en el trabajar diario y cómo al llegar a casa, todo se transforma, la misma cotorra deja su propia rutina para fundirse en sintonía con aquel hombre, y ambos ser felices y disfrutar el momento, romper con todo, jugar...y tenerse el uno al otro unidos en cierto pacto de amor. Pactos de amor es lo que a tantos nos falta, pienso en que en efecto, la cotorra era grandiosa, era todo para ese hombre, pero si la cotorra no hubiese querido, hubiese sido como las otras cotorras, pero fue diferente, era diferente e hizo un pacto de amor con aquel hombre porque ambos encontraban alegría y compañia el uno en el otro. Ciertamente era mágico todo aquello, pero esa magia no hubiese sucedido como bien menciona justo en su palabra final, si no hay... AMOR. En la vida de todos hace falta ésta cotorrita, una luz, una alegría, algo que nos guste hacer, relacionarnos con otros, incluso he llegado a pensar que Atina es como una cotorrita a la que le tenemos cariño, nuestro nexo, nuestro compartir y enriquecernos... en amor y respeto. Cuán vitales son los encuentros, los juegos, romper con las rutinas; una cotorrita puede ser tantas cosas... como ud mismo menciona, música, arte, compartir con amigos, pintar, bailar, leer, en fin. ¡Vivan las Cotorras y los pactos de amor!. Abrazos juertes requetemucho juertes, y estos sí exclusivos, jajaja. Felicidades, me encantó. Janita.

Upps!!.. Tomcito...

Enviado por el 19/01/2008 a las 08:19 PM
Jana Regalado εїз



Mandé dos veces el mismo comentario, por eso edité este para que todo quede bonito en su post, jajaja.

Ahora sí se ve todo chulo de bonito, jajaja.

Abrazos juertes,

Janita.


por esta cosa de los bancos

Enviado por el 31/05/2008 a las 08:38 PM
black

... la cotorra y esos pupitres con hoyito para poner el frasco con tinta que nunca usamos,esos recuerdos nos hacen ser resilientes y quedar exultantes, casi hipnotizados en el ayer.


Nobles y queridos pupitres...

Enviado por el 02/06/2008 a las 02:26 PM
Tom Collins

Que debíamos raspar con un vidrio roto para desnudar su piel oculta tras la grasa, las manchas de tinta y el polvo de quizás cuanto tiempo antes de que cayeran en nuestras manos.

Dice la coquetona que me tienes identificado Black... solo Freddy Dobbs sabe quien soy...preguntarle a él no vale.

Tom


NO PREGUNTARÉ

Enviado por el 05/06/2008 a las 05:59 PM
black

... pero sí, por algunas pistas te pillaré,esto es un poco como el juego de los pasillos, esos de baldosas rojas con láminas de fútbol en el suelo y las rodillas del mameluco todas sucias, pero el alma blanca, aunque yo más azul.


y tu sabes quién soy?

Enviado por el 21/06/2008 a las 06:58 PM
black

... en algún momento,en medio de la cuerda floja o al borde del abismo,exultantes,con los mismos mamelucos,sabremos de nosotros...


Obvio que sé quien eres...

Enviado por el 21/06/2008 a las 08:27 PM
Tom Collins

Tu apellido empieza con una pelota...

No podía ser de otra manera.

Tom


la carreta

Enviado por el 22/06/2008 a las 07:02 PM
black

... te acuerdas de la poesía de la carreta,que presentó bandera ante el señor araya...chita que bien escribía...ok


becket a tom

Enviado por el 25/06/2008 a las 09:17 PM
black

... tengo pegada EN LA MEMORIA  en esos lugares inexactos donde cuelga el tiempo  esperando el viento sur... ese que sabe.

me pregunto: ¿ cuál es la señal?

un signo,un síntoma,una señal,ese algo que indica un tiempo determinado,un más alla,ese de parque y una foto con zamudio y harold... que será de él y sus escapadas...


Harold Becket...

Enviado por el 25/06/2008 a las 11:04 PM
Tom Collins

Si hubo alguien que fué capaz de convertirme en cómplice de actos rayanos en lo delincuencial dentro de los standares de un estudiante de la enseñanza media de esos tiempos... ese era Harold Becket.

Harold había tenido una anotación o una mala nota que lo tenía al borde del colapso académico.

Los libros de clases entre los que estaba el que contenía aquello, se guardaban en el edificio anexo del liceo, que estaba más cerca de la calle Pedro Torres y de la Escuela Rep. de Siria, dentro de una habitación donde se guardaban las escobas y otros útiles de aseo, y tambien los equipos del aboratorio.

Extraña mezcla de contenidos, por cierto, pero la pequeñez de la edificación que era ocupada además por algunas salas de clases y una secretaría, justificaban tal cúmulo de objetos de tan distinta naturaleza.

Dada las cicustancias que lo apremiaban, Harold determinó robarse el libro de clases.

Tocome el papel de vigía, o loro en una jerga más afín a nuestro cometido.

Uno entraba al edificio anexo y estaba la oficina de la secretaria a mano derecha, luego una sala de clases y después la habitación que debíase violentar, cual monrero, para consumar nuestro delito.

Esta pieza estaba cerrada con llave, por supuesto, pero tenia un ventanuco pequeño, en altura, que siempre permanecía semi abierto para permitir su ventilación.

Conforme a las instrucciones de mi osado secuaz, hice una "sillita de manos" para que él accediese a la ventanilla y pudiese entrar por allí a la habitación que estaba a oscuras.

Apenas ví desaparecer a Harold por aquella pequeña abertura... inmediatamente escuché del interior del cuartucho un estruendo enorme que evidenciaba una gran destrucción de vidrio y otros insospechadas especies...

No se como mi eventual cómplice estuvo en un instante al lado mío corriendo hacia las edificaciones principales tratando de perdernos del ángulo de visibilidad de la secretaria que salió a ver cual era la razón de tal batahola... no se como, pero logramos escurrirnos.

Harold había caido sobre el mueble que contenía todas las matraces, pipetas, vasos de precipitado y en fin...todos los materiales de laboratorio... volcándolo y destruyendo practicamente todo. 

Nunca nos descubrieron, aunque al parecer se sospechó de él...

Nos escapamos del castigo esa vez... pero estuve durante mucho tiempo sintiendo que la espada de Damocles se mecía sobre mi nuca por las noches y aprendí así que la cercanía con Harold podía resultar, a veces... muy peligrosa.

Tom


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