No recuerdo si estábamos en 5º o 6º año Básico, cuando nuestra profesora Jefe
Leído el cuento, que era corto, nos hizo sacar una hoja y plasmar en ella un pequeño resumen con nuestro comentario.
Al otro día, pasada la lista de los presentes, tomando una de las hojas del montón apilado junto al libro de clases, nos dijo: "Ayer he leído cada uno de los resúmenes y ya los he calificado. Sin embargo, hay uno que no puedo calificar con una nota del uno al siete". – dijo levantando un poco la voz y la hoja que tenía en su mano - "Este me ha sorprendido de tal modo que no puedo menos que ponerle nota ocho, pero que al libro irá solo con la calificación máxima permitida".Todos nos quedamos mudos, aleleados, cada uno podía escuchar su propia respiración.
– Ahora les voy a leer el trabajo – dijo, y aunque era absolutamente innecesario añadió: – Por favor guarden silencio.
Entonces comenzó a leernos como nuestro compañero reseñaba la vida de un hombre que vivía en un cuartucho pobre y desaliñado, acompañado de una mujer que no hablaba y descrita como “un montón de trapos viejos que iba de aquí para allá por la habitación”. Este hombre tenía un trabajo tedioso, mecánico, sin mayor significado para él, y que le ocupaba el día de sol a sol para finalmente retornar a su casa donde le esperaba un plato de comida desaliñado y las ganas de desaparecer hasta el nuevo amanecer.Sin embargo, había algo en el mundo de este hombre que lo arrancaba de la rutina diaria iluminando y dando sentido a su obscura vida : su cotorra.
Ésta era una cotorra que, al sonido del tamborileo de los dedos del hombre sobre la mesa, salía a su vez de su rutina diaria de mascota alada para acercarse a éste que la subía arriba de la mesa. Allí la hacía marchar como un soldado y emular una batalla al son del tamborileo y las voces de mando que le prodigaba, cayendo ambos en una suerte de exaltación que terminaba con la avecilla fulminada sobre el campo de batalla ante la descarga imaginaria de un proyectil enemigo mientras su dueño henchía el pecho de orgullo ante su magna obra.Esta cotorra, decía nuestro compañero, era lo único que le daba significado a la vida de ese hombre. Era su alegría, su nexo, lo que lo unía al mundo permitiéndole sumergirse en el sin sentido de su rutina diaria, esa cotorra era lo que le otorgaba un sentido a la existencia de ese hombre.
Décadas hubieron de pasar para que yo entendiera el significado de esta particular visión de un niño de 9 o 10 años, y de que comprendiera también la inusual valorización que de ella había hecho nuestra profesora tan poco pródiga con sus evaluaciones.No creo que no existan momentos en la vida en que no hayamos pensado que nuestra vida no tiene un fin, en que no se nos haga patente que nuestra trascendencia no va más allá de nuestra propia mirada, en que no creamos que estos estados se pueden transformar en algo permanente, en una constante, en un sentimiento que hay que aplacar con otros intereses, con la música, con actividades, con compromisos, con una y otra transformación de nosotros mismos, con proyectos que sean inviables o no, con abrazar una causa, una fe, o un delirio.
En fin, hay momentos, y no son escasos, en que necesitamos nuestra propia cotorra.Es en el marco de este inquietante sentimiento que los hombres buscamos un nexo, un vínculo con el mundo que nos rodea, con nuestros semejantes, con la vida. Es insoportable el tener la certeza de que siendo seres únicos e indivisibles, estamos en la más absoluta soledad en este mundo sumidos en la trivialidad de nuestras necesidades, trabajos y compromisos, que a la postre no serán capaces de opacar la angustia de estar sumergidos en la nada misma.
Dentro de este contexto, y cada vez a más temprana edad, el hombre esta más vulnerable y accesible a dejarse seducir por una doctrina, por una religión, por una secta, por una tradición, por una moda, o por un estilo de vida que le permita unirse a otros que también abrazan aquello que les convierte en hermanos en lo que al icono elegido concierna.Así es como desde la antigüedad los hombres se han unido en sectas, cofradías, hermandades, públicas o secretas. Han abrazado con fervor una fe o una doctrina, y han estado dispuestos a inmolarse en pro de la causa que los une a sus hermanos o camaradas.
Así es también como, casi sin que exista una explicación aparente, y bajo la mirada consternada de sus padres, nuestras calles se llenan de jóvenes que en función de sus vestidos distintos, sus peinados; sus símbolos tatuados, colgados o pegados a sus ropas; la mutilación de alguna parte en especial o de cualquiera de su cuerpo; sus cabezas rapadas o llenas de eventos o coloridos; su lenguaje distintivo, y en fin, tantas otras señales, parecieran intentar diferenciarse del resto y asemejarse a “los suyos” como si quisieran hacerlo desde afuera, desde su estética, hacia dentro, hacia su yo interno.Sin embargo no es nada de esto lo que nos permite superar este agobiante estado de soledad, de agonía, de indefensión espiritual ante el mundo que nos rodea.
Tampoco lo es la propiedad de una cotorra magníficamente adiestrada.Ello solo es posible aceptando antes que nada nuestra soledad y nuestra independencia, nuestra no pertenencia a nada que no sea a nosotros mismos, nuestra indivisibilidad y al mismo tiempo nuestra imposibilidad de fundirnos con otros si no es a través del amor.
Tom

















Don Tom
No habia encontrado su post antes y ahora que lo leí me pareció maravilloso. Honestamente pensé que la cotorra era la esposa y la carabina el esposo, un hombre que con una rutina a cuestas llega a su hogar, se sienta en el comedor y al tañir de los dedos, su esposa despierta, sale de su rutina diaria para entregar a ese hombre lo que el quiere ver o recibir, como dice son el nexo, son necesarios, si no estuviesen el uno o el otro su vida no tendria significado.
Como ud. lo vió está muy bién, siempre el hombre se ha colgado de religiónes, modas, ideales, etc., pero no puedo dejar de pensar, y con esto no estoy menospreciando a la mujer, que la cotorra es la hembra dispuesta y el hombre la carabina que espera ser usada.
Don Oscar...
Asumía que usted ya estaba enterado, pero no puedo quedarme con la duda:
¿Ya sabe usted que "Una Carabina" es otro cuento?
Yo creo que incluso de ahí viene el dicho ese "como la Carabina de Ambrosio".
¿Sabe de que se trata?
Bueno, no sé para que me esfuerzo tanto, si la otra vez preguntó por los ciclos de la rueda de la vida y yo le mandé tamaña respuesta que es obvio usted nunca leyó...
Pero en fin, no hay peor diligencia que la que no se hace.
Tom
Mister Tom Collins
Lo leo con intenciones de pelear, agradesco se digne responder mi comentario, honestamente sobre su consulta no tengo idea del cuento de la carabina.
En cuanto a los ciclos de la rueda de la vida, no lo he leido, como dice la Prima vera son artículos que se pierden y no lo recuerdo, podria darme la página, para leer el artículo, de todas maneras lo buscaré.
Disculpándome por mi ignorancia y agradeciendo su respuesta después de un mes de haber comentado, se despide su lector Oscar.
P.D.No pude pegar los pingüinos en movimiento, explicación que me dió en otro post y no funcionó( esto para que veo que leo sus respuestas).