El alma humana tiene un instinto espiritual
que al igual que el alma animal, busca entender el lugar en el que habita y la situación concreta en que está involucrado - muchas veces sin el real consentimiento de nuestra voluntad.
Este instinto espiritual nos guía -al hombre tanto como al animal- en el proceso dialectico interminable del creer-descreer-creer, que tiene el carácter de perpetuo porque a la menor señal, a la más mínima, el alma establece el mapa tentativo de su entorno, y cree, con incierta certeza, en lo que su instinto le propone.
La vida, sin embargo, nos proporciona información adicional que refrenda o desarticula esta preciosa intuición, y nos hace aceptarla y hacerla nuestra, o rechazarla para reformularla, de forma que cada nuevo dato nos alienta, nos obliga más bien, a una revisión del mapa intelectual, o creencia o fe.
Pero hay en veces una perversión en este instinto, un bloqueo, o una obsesión, que hace que no opere con la fluidez necesaria este proceso dialéctico de creer, descreer y creer.
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