Ciertamente, el hambre ni tiene ni puede tener ideologías. La lucha contra el hambre ni puede ser el patrimonio exclusivo de determinadas ideologías ni debe estar ausente del discurso de otras: es un problema humano, que nos afecta a todos, previo a cualquier programa partidista e ideológico. Todo partido, si es verdaderamente “político”, debe esforzarse de una u otra manera por perseguir este objetivo. Otra cosa serán los medios o las propuestas concretas que se ofrezcan para lograr tales fines, pero creo firmemente que en los fines, al menos en los fundamentales, no puede haber disenso. Somos personas, seres con una capacidad de conocer, de comunicarse y de articular medios para conseguir fines. Es la certeza primaria e indiscutible: sin ser personas, no existirían ni la política, ni el derecho, ni la economía, ni la ciencia, ni la cultura. Sin ser personas no habría ideologías. Por ello, una ideología o partido que atentase contra esa dignidad fundamental de la persona humana, no podría denominarse propiamente “político”. Atentar contra la certeza más universal y primaria que poseemos cortaría de raíz toda posibilidad de comunicación, pues no compartiríamos una base común sobre la que dialogar, negociar, discutir, consensuar o convencer. Puede que parezca evidente, pero no siempre ha sido así y no siempre es así. Hay sistemas ideológicos y religiosos que, en ocasiones, han antepuesto el bien de razones abstractas sobre el de la persona concreta, objetivos supra-personales sobre objetivos personales, la “realización” de otras instancias por encima de la “realización” de cada persona.
Y, a la inversa, hay ideologías que se quedan en ese principio fundamental, y no salen de ahí. El individualismo típicamente liberal defiende, indudablemente, la libertad, pero no va más allá. Le es demasiado cómodo quedarse en el respeto a la dignidad y a la libertad del sujeto singular y elude elaborar un discurso social, una ética de mayor envergadura que la meramente utilitarista y pragmatista. Si sólo nos quedamos en el principio, en el punto de partida, nos es imposible construir una auténtica sociedad, una auténtica comunidad, una auténtica política. Los principios no sirven de nada si no conducen a conclusiones, a fines, a reflexiones de mayor trascendencia. Y, en este caso, no podemos quedarnos en la simple defensa de la dignidad del individuo, porque el individuo existe en sociedad. El ser humano se comunica, se abre a nuevas realidades, tiene la facultad de trascenderse a sí mismo, de superarse y de incorporar nuevas experiencias y nuevas ideas. Esto sería sencillamente imposible sin la interrelación con otros seres humanos. Por ello, la afirmación de la dignidad fundamental de la persona debe inspirar, por fuerza, un discurso social y una ética de las relaciones interpersonales: una ética social. Las consignas de la Revolución Francesa asumieron admirablemente este orden al poner, en primer lugar, la libertad (principio fundamental: la persona) y, seguidamente, la igualdad y la fraternidad, en un trinomio indisociable.
El ser humano ha descubierto en el conocimiento y en el arte un espacio de libertad casi infinito, sólo sujeto a la contingencia del espacio y del tiempo que nos resulta irrevocable. Construyamos, así pues, una sociedad donde prime cada vez más el conocimiento y la belleza, donde todos los pueblos de la Tierra tengan acceso a ese ingente legado de inteligencia y de genialidad y puedan tomar las riendas de ese proceso de creación aparentemente interminable que la humanidad ha venido desarrollando a lo largo de milenios. El conocimiento debe obligarnos a reflexionar sobre nuestro lugar en el mundo y sobre nuestras posibilidades y, con ello, a formular una ética universal e integradora. La conjunción de conocimiento (ciencia, técnica, economía...) y de ética nos permitirá poner fin o al menos mitigar las desigualdades sociales que afligen a tantos hombres y mujeres. Desgraciadamente, en un mundo dominado por lo material, la primera de las pobrezas es la pobreza material, pero ojalá llegue el día en que la ciencia, el conocimiento y la ética más elevada nos permitan acabar con la lacra de la pobreza material y nuestros esfuerzos puedan centrarse en aliviar la pobreza interior, la pobreza que habita en lo más íntimo de nuestra conciencia y que sólo el diálogo, la comunicación, las maravillas del arte y del pensamiento, y la asistencia de otras personas pueden curar; un mundo cada vez más desmaterializado y menos dependiente de lo material; un mundo cada vez más libre y humano: supra-humano, porque lo humano es, ante todo, superación.







Es una sociedad inconsciente.
Una humanidad deshumanizada, e individualista.
Acaso no deberia ser el gran tema mundial?
ademàs, del medio ambiente, y otros.
porquè permitimos que esto pase !
SOMOS DESHUMANIZADOS ADEMÀS DE EGOCÈNTRICOS? acaso no nos damos cuenta que esto empobrece la dignidad de la humanidad..
temazo Ivàn. Còmo no nos va a doler Haitì, Nigeria, somalia y tantos otros.
saludos
Kevin Carter reportero gráfico nacido en 1960 en Johannesburgo, Sudáfrica, formaba junto con otros tres reporteros el Bang Bang Club, se exponían a toda clase de peligros y obtenían unas fotos tremendas, donde se plasmaba el hambre, la guerra y el horror.
En 1993, en Sudán realizó la foto que le valió la portada del New York Times y el Premio Pulitzer en 1994, aquella famosa foto donde aparece una niña vencida por el hambre mientras un buitre espera al acecho.
Cuentan que esperó 20 minutos a ver si el buitre abría sus alas y así capturar la “imagen perfecta”, también que no hizo nada por ayudar a la niña, que la abandonó a su suerte sin socorrerla, a pesar de encontrarse un comedor de ayuda de la ONU a unos metros, sólo espanto al buitre y se fue… y eso le atormentó hasta su suicidio en julio de 1994.
En el viaje a Sudán, le acompañó su amigo Joao Silva, y ambos retrataron el “Triángulo de la Hambruna”. Durante todo su viaje fotografiaron miles de niños muriendo de hambre, plasmaron el horror a la perfección pero en ningún momento ayudaron a ninguno.
A su regreso a New York, en 1994, para recoger el Premio Pulitzer dijo:
"Será la foto más importante de mi carrera, pero no quiero ni verla. La odio."
La culpa, los horrores fotografiados y los excesos, le llevaron a terminar con su vida inhalando monóxido de carbono.
Su nota suicida, de más de ocho páginas, decía: “Estoy deprimido, sin teléfono, sin dinero... atrapado por imágenes de asesinatos y cadáveres, furia y dolor, niños heridos o muriéndose de hambre, hombres que apretan el gatillo con alegría, policías y ejecutores... "
La información es necesaria, no podemos cambiar de canal o mirar a otra parte cuando la realidad no nos gusta. El mundo no funciona así o si. Aunque no lo conozcas existe y aunque no lo mires, está. No podemos ampararnos en la ignorancia.
Supongo que ver todo lo que Kevin Carter vio y mantenerse impasible le pasó factura. Hay muchos que hacen lo mismo, que provocan esas situaciones y, en vez de ganar el Pulitzer, ganan millones o unas elecciones.
Hola Nelson:
Mira que casualidad que hace unos días le preguntaba a cesar Seguel si sabia algo de tu vida y se me ocurrio escribir tu nombre en internet y me aparecio este blog, así que me inscribi para poder contactarte en realidad. Lei tus articulos, me gustan. No eras cineasta?
Imagino ingenuamente que te acuerdas de mi. Te envio mi correo por si quieres contarme un poco de cómo te ha ido en estos años. lei que vives en bruselas. Yo estoy en venezuela y la verdad me encantaría saber de ti. En la foto que aparece veo que has cambiado poco fisicamente. Aún tocas y cantas?
mi correo: tamarizmaria01@cantv.net
Saludos,
Maria Eugenia Tamariz