Cuento en Viña
T R A I C I O N.
- ¡Si vieras cómo estaba yo también esa noche, Pato Sarmiento!
Veo que no te acuerdas bien, cuando todos juntos salimos aPero, Playa Hermosa donde vives, queda muy lejos…
El alcohol también rebosaba mis sienes y percibía que mis preclaros sentidos naufragaban y se ahogaban en el mar calmo de la cautela, justeza y precaución.Pero aún así, detuve a un taxi y con frases algo incoherentes, metí a las dos niñas en su interior, pasando cinco lucas al chofer.
- Me debes $ 5.000, Patricio. O por lo menos la mitad ¡Tú sabes!La noche estaba abierta. - No sé si en mi siempre atolondrada fantasía pude vislumbrar otra noche como aquella. No creas que se trata de romanticismo pueril ni de otro tipo de encandilamiento, sino que todo, inclusive dentro de mi plano de conciencia lógica, intuía que ese instante y lugar eran únicos.
Tampoco te equivoques. Mi cercana impresión no provenía en aquel instante de ninguna de nuestras mujeres, que ya las habíamos manoseado bastante. Tampoco de la juerga, de la cual salimos bamboleantes ni de las fuertes risas de complacencia, el trago o el baile desenfrenado. Mi dedo gordo del pie derecho reclamaba hace ratos por una tregua.Era más bien, si mal no lo recuerdo, aunque no lo conciba plenamente hasta hoy, la inquieta sensación de una repentina curiosidad, que se agrandaba como la noche, más y más…
Percibí algo indefinible que inundaba todo mi sentir, por alguna situación aún no vista, ni sospechada, ni menos aclarada. – Tú bien sabes Pato, que me fascina todo lo que no es conocido o bien misterioso. O por lo oculto mañosamente por alguien, quién sabe quién. Y si bien esa impresión no provenía del tugurio donde recién estábamos, caro y muy iluminado lugar pero tugurio al fin, sentí más fuertemente que otras veces ese estado de mediumnidad que ya conocía.No creo que te acuerdes. Te acarreé a otro taxi en calidad de bulto y nos dirigimos hasta tu casa. Yo estaba más allá del camino.
La noche avanzaba muy de prisa, con claridades y sombras, al compás del eterno deambular de las nubes negras que corrían apresuradas hacia el horizonte, allá sobre el inquieto mar. Así como yo ansiaba llegar pronto al refugio final de mis ateridos huesos.Las seguí. A las nubes…Recuerdo que seguí por más de dos cuadras a esa sombra de elefante de trompa singularmente larga, que se trocó después en una tenue mariposa, con un ala raída. …O quizás era el unicornio de mis sueños… - El suelo, cual un tambor de piel de víbora bailaba una samba bajo mis pies.
Un sonido fuerte y melodioso me detuvo. El aire giraba con melodías conocidas, pero como siempre lo fueron: de trasfondo.Pero esta vez eran más claras y diáfanas. Me decían algo, me lo expresaban en palabras y nombres, que sólo yo entendí. – Me acerqué a la orilla del clamor … Blancos algodones nacidos de la oscuridad y surgiendo entre desconocidos peñascos, hacían coro a la sinfonía recopilada de los más extraños refugios del océano.
Quedé ensimismado. Lo comprendí claramente. Era parte de la leyenda. Quiero decirte, de aquella cosa contada cuya tesis magistral debe escribir uno mismo.- Patito. - Tu oscura noche no era oscura, sino soñolienta y caótica. Nada que no pudiera mejorarse con un buen dormir y un té con láudano.
No así mi persistente y honda ansiedad.Así que lo que hice fue parar otro taxi y dar la dirección de Pamela, tu musa, en lo alto del cerro Los Placeres.
Roberto.





