E S E N O M B R E

Lo he escuchado ya mil veces
en los cerros y praderas infinitas,
como un toque de alegría.
Un arrullo de nostalgia.
Lo dibujan y difunden
en el cielo
las blancas, ágiles y fugitivas
nubes vaporosas.
Se entrecruzan en el prado y
danzando,
mecidas en el viento,
las juguetonas margaritas
escribir saben ya ese nombre.
Todo dice de él.
También al caer la noche, las estrellas se repiten
en lenguaje luminoso
ese nombre.
Bañadas en luz de luna, las arenas
en la playa, murmurando van al agua.
Y conversan. Y musitan,
las sílabas adoradas
de ese nombre.
Ese nombre,
ha turbado vida y verso:
En las tibias soledades de verano,
cuando en plácida calma
el alma rueda;
En las bruscas tempestades del invierno,
cuando gime el árbol bueno
azotado por el viento.
Y en el corazón de los hombres, vendavales
desatados
de pasiones y recuerdos.
Ese nombre
se ha quedado en la esperanza y mi existir
como un soplo de ilusión.
Hoy solo sueño
el encontrarla nuevamente!
Para que oiga de mis labios
del amor sincero y bueno
que he guardado y añorado
en el beso diminuto
del poema
de ese nombre.
Fraternal y cariñosamente,
Roberto.



















En vez....
En vez de vivir muero
cada amanecer
que aprieta
el océano atado
a mi pañuelo
donde lágrimas del muchacho
que no fui
quedaron prisioneras
en una esquina de ese mundo
estremecido en el destino
de las despedidas,
muerte constante
del adolescente que negué ser
porque necesitaba los años de todos
para llorar como hombre
moribundo y cansado
en medio de un huerto
que no dio frutos
sino huesos secos
irguiéndose en medio del desierto
con su voz horrorizada todavía
Lázaros quemados de sol y arena
llorando
los amaneceres que muero
eternamente
en cada golpe de látigo
de esta hora indomable.