La idea que quiere nacer
Tan hermosa me parece la idea cuando aún es sólo eso,
una idea,
que todavía sin salir de ahí de donde salen las ideas,
es puro espíritu, sin cuerpo ni forma definidos en palabras.
Tan bellos pensamientos hay en la mente,
tan puras las ideas aún incontaminadas por la soberbia de las palabras que
intentan apresarlas, arrebatándoles completamente todo sentido prístino e
inefable,
que muchas veces me quedo sólo en ellos, bellos pensamientos,
aún más atrapado que las ideas mismas en sus cárceles lingüísticas;
atrapado en pensamientos que piden ser traducidos, aunque sea torpemente,
a símbolos en forma de letras, a vibraciones en forma de sonidos,
para no caer en la condena irremisible del
olvido en las cavernas perdidas
del inconsciente humano.
¿De qué sirven los sentimientos más nobles si no son compartidos?
¿De qué ayudan las intenciones más buenas si no se extienden al prójimo, a los
demás?
No se es ni siquiera un perdedor si no se intenta,
pues es necesario intentarlo para
poder siquiera fracasar.
Me comprometo a perder cuantas veces pueda tolerar,
a intentarlo aunque no me convenza nunca el resultado.
A comunicarme suavemente, deslizándome, con palabras habladas y escritas,
por los misterios de la mente humana,
pensando que algún día podrán desatarse los nudos racionales
para dar paso a una nueva lógica: una lógica del corazón, una lógica
espiritual.





