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TERROR CHILENO PARA NAVIDAD

los-pajaros-negros.jpg   Los Pájaros Negros, de Arturo Ruiz ha sido una grata sorpresa en medio de las letras chilenas. En Los Pájaros Negros,  la imaginación se atreve a volar por las alturas de la fantasía y las profundidades del misterio. La novela fue presentada en Chile por el poeta Valdiviano Yoyi Koda y en Washington DC por el autor Roberto Brodsky. El libro está disponible en Chile en Feria Chilena del Libro y en la página de RIL Editores; En los Estados Unidos de manera exclusiva en Pórtico Bookstore quienes lo envían a todo el país. Para la tentación, ofrecemos aquí el primer capítulo de la novela:

 

 

Arrodillado frente al altar, el anciano  tenía los ojos cerrados  y con  todas sus fuerzas  se entregaba a la protección del altísimo. Estaba completamente convencido  de que ellos no podrían posarse en tierra consagrada y se sentía seguro ahí de rodillas.  Como  todos los cristianos creía que el símbolo de la cruz le protegería en contra  de todo mal… incluso de uno tan poderoso.

De pronto alguien que no estaba  enfermo tosió.

El anciano  párroco de Calcupulli  se volvió  con  lentitud, pero no por ello asustado. Él se encontraba refugiado  en su fe y en su fe nada temía.

–¿Se reza, padre?

 

El cadáver  reseco y apenas  reconocible  del sacerdote  yacía en el jardín de la iglesia, entre las lápidas olvidadas. A él también le habían  arrancado los ojos. El sacristán  lo encontró y el cabo Palma fue el primero en llegar y evitar que nadie tocara nada. El teniente esperaba  que llegaran los peritos de Victoria, que finalmente no llegarían, pues la primera  muerte había sido marcada como de causa desconocida y no como homicidio. De todas formas, el teniente llevaría su cámara  fotográfica y haría lo mejor que pudiera por su cuenta, pero la gente de Calcupulli  sabía  lo que había pasado, solo les impresionaba el valor que habían  tenido  de atacar  al mismísimo  señor cura.

El resto no era nada nuevo para los antiguos  y los nuevos habían  sido advertidos lo suficiente como  para  saber  que lo único  que se

podía hacer era esperar a que el hambre  se les quitara pronto.

En el pueblo  era imposible  guardar un secreto.  El cabo observó al horizonte y allí estaban  esos pájaros  extraños. Bajo el cielo gris, cubierto por  una  lona  azul, estaba  el cadáver  prematuramente re- seco del sacerdote,  el anciano  que había  sido la máxima  autoridad espiritual  en el pueblo.  Habría revuelo  y el teniente,  un joven que era la máxima autoridad policial,  no quería  el revuelo.  El cabo  se encogió de hombros, tomó su radio y dio aviso con frialdad. No era su problema lo que pensara nadie ni tenía otro deber por ahora  que quedarse junto al cuerpo y esperar que su superior  le diera la orden de dejar la vigilancia. Eso era algo que él sabía hacer.

 En el mundo  común y corriente  nadie sabía nada ni le importaba y todo estaba  en manos de Elcira. Otrora la empleada  de confianza de la  compañía, ahora  había  tomado bando  y era  prácticamente una enemiga. Jamás hubiera querido  ponerla a cargo, pero no había nadie más. Nadie  mejor que ella a no ser por la propia  Francisca  y ella ahora  no estaba  en condiciones  de nada.  Elcira le miraba  por encima del hombro, con el desdén del reproche,  como si él tuviera la culpa de algo, como si él tuviera toda la culpa. Ya nunca le hablaba de nada que no fuera profesional, excepto  por las preguntas acerca de «la niña». Elcira la había conocido de pequeña y era una segunda madre  para  Francisca.  Martín veía en ella la mera  censura…  pero acaso también fuera solo su propia imaginación. Tampoco él estaba demasiado  bien después  de lo que había  pasado  y por  ello había decidido tomar  fines de semanas más largos.

Y ello no era posible sin esa mujer.

Martín sintió la necesidad de detener el automóvil. Es cierto que el camino era infame y que el bello Alfa Romeo era un auto estrictamente para pavimento y que una espalda no mucho más adulta que la suya ya tendría lesiones no menores. Pero no fue por ello que se detuvo.

Había  estado  allí unas cuantas  veces, en los noventa  sobre todo

y, aunque  unos meses atrás había vuelto a ir, el camino no era familiar en lo absoluto; algunos  arbustos habían  crecido y otros  ya no estaban  ahí; hasta  el pasto  parecía  de otro  color.  Sí, era el camino correcto  a Calcupulli,  pero  un aluvión  hacía  parecer  que era  un lugar diferente.  Las cosas habían  cambiado y ningún  cambio podía significar otra  cosa que decadencia.  Pudo  haberse  echado  a llorar como un niño, pero pese a un pensamiento bastante progresista al respecto,  el condicionamiento infantil de que los hombres  no lloran era demasiado fuerte. En la maleta había cinco botellas de bourbon para  beber junto a su amigo Manolo en el fundo de Calcupulli. No faltaba  el vino en la casona de Manuel,  pero para Martín el vino se había vuelto sólo el acompañante de las comidas y para aturdirse ya resultaba demasiado suave... Allí, en la vieja casa patronal, beberían y recordarían sus tiempos de estudiantes y cabía esperar que el capricho de la memoria  no le llevara de nuevo con Francisca.

Ella se había transformado en un monstruo insoportable. No era su  culpa,  sino de una  psicosis maníaco  depresiva  que progresaba a pesar de los fármacos.  Acaso nada  quedara del matrimonio más armónico que hubiese existido jamás. Ahora todo se había esfumado como el aspecto  del camino  que sólo vivía en la memoria  de Mar- tín. La locura  progresiva de Francisca  había  hecho que él estuviera a punto  de finiquitar   una exitosa  empresa  basada  en un fracasado matrimonio ya casi inexistente  y que dejara  la casa de caprichosas formas que había construido para ambos por un departamento que se parecía  más a la celda de un monje que al hogar  de un hombre  conocido  por sus cualidades  como diseñador.

Una bandada de ruidosos  pájaros  negros pasó encima del auto- móvil e hizo que reparara en el crepúsculo  que tenía delante de él y que reanudara la accidentada marcha hacia la casona de Calcupulli. Mañana llegaría la mujer de Manuel de Santiago y ella no les permi- tiría beber como si fueran adolescentes despreocupados y necesitaba hacerlo con desesperación.

La lluvia había  comenzado cuando  el Alfa Romeo  se estacionó

frente a la casona  y aunque  tal vez hubiera  que vendérselo  a algún incauto  tras el infame camino,  Martín llegó aproximadamente feliz con su maleta en la mano, listo para pasar aquel fin de semana largo y como siempre, Manuel  le abrió  la puerta  antes de que tocara  y le dio un abrazo tan cariñoso  como brutal.

–¡Viniste,  desgraciado de mierda…!  –la amistad  de Manuel  se expresaba en los peores  insultos  posibles–.  Hijo  de la gran  puta,

¿cómo has estado,  pedazo  de mierda?

En la universidad le decían el huaso Manolo. A mucha honra. Manolo  había  estudiado  arquitectura quién  sabe  por  qué.  Su

futuro  era  cumplir  con  el designio  de su padre  y del destino.  Al poco tiempo de egresar, el patriarca murió y Manuel  pasó a ocupar  su lugar de terrateniente como estaba escrito y manejó la tierra con habilidad porque desde niño había sido entrenado para ello. Su vida no era ningún misterio aparente, después de todo se casó con la chica con la que empezó a salir el último  par de años de su carrera  y ella viajaba  a menudo  a Santiago  para evitar  aburrirse demasiado. De cuando  en cuando  él la acompañaba y entonces se alojaban en casa de Martín, quien les invitaba  siempre a comer las comidas exóticas que tanto  le gustaban y que a Manolo le causaban una curiosidad leve y la sensación de no haber  comido absolutamente nada.

Esa noche comerían solo una «cosa poca», es decir, una abundante  cazuela típica y chilena preparada por María, una anciana que había criado  a Manolo como  a su hijo tras  la muerte  de su madre  en el parto  y que era lo más parecido  a una mamá que él había conocido.

La comida  fue servida por María  Segunda una mujer de sesenta años, hija de la María  original   que solo tenía  a su cargo,  y ay de aquel  que se atreviera  a disputarlo, la preparación de las comidas preferidas  del niño Manolito que se acercaba  a los cuarenta años.

–Segunda, ¿y la mama María  por qué no viene?

–Usted sabe, patrón, pasó la bandada de tué-tués  hace un rato y la mama no viene.

–Así no más es la cosa.La mama  María  gozaba  del estatus  de inescrutable en ciertas cuestiones,  o más bien en todas  las cuestiones.  Hasta  Marcela,  la mujer de Manolo, lo sabía y no se atrevía a contradecirla como sí se hubiera atrevido  con una  suegra  sanguínea  de verdad.  Sus más de cien años eran el toque  final en su venerabilidad.

–¿Qué pasó con la mama María?

La pregunta de Martín bordeaba la herejía  y doblaba peligro- samente  la norma  principal  de la casa: no se cuestiona  a la mama María. Solo su condición  de visita ilustre le salvaba  de la condena. Manolo abrió el bourbon que había traído Martín y sirvió dos vasos con abundante hielo.

–Una bandada de tué-tués  pasó por encima de la casa hoy en la tarde.

–¿Son unos pájaros  escandalosos y negruzcos?

–Los mismos. La gente de por acá cree que son en realidad brujos que toman  las forma de pájaros  para  asistir a sus aquelarres. No sé si es una superstición española o mapuche, pero acá creen eso, sobre todo  la gente antigua  así como  la mama  María,  que se debe estar santiguando contra  todos  los males,  no  te sorprenda si más rato aparece por acá con alguna cosa rara.

No alcanzó a terminar cuando  la figura irreal de la mama María apareció  desde la cocina. Era una mujer minúscula, empequeñecida a menos de metro y medio por los años y arrugada sin que hubiera mediado tratamiento cutáneo  alguno. Sobre su labio superior  había unos vellos que parecían  un pequeñísimo bigote y sin embargo,  era hermosa  a su manera. Estaba allí con un atado  de ramas de laurel y una botellita  con agua bendita  de siete iglesias distintas  –un tesoro difícil de conseguir  en  Calcupulli,  que  apenas  poseía  su pequeña  parroquia, ahora  más encima sin párroco. La anciana  se acercó pri- mero a Martín a quien roció con unas gotas de su preciosa  mezcla de aguas  y a Manuel,  a quien  aparte  de hacerle  lo mismo,  le pasó

por la cabeza el atado  de ramas de laurel.

–Ya, estoy lista con ustedes, ahora  voy a preparar el brasero  con el que voy a quemar  el sahumerio de san Benito para  proteger  toda la casa.

Diciendo  esto, la mama  María  se alejó con un paso apresurado sorprendente para  alguien de su edad.

–¿Qué fue eso?

–La mama  María  –dijo Manuel  mientras  peinaba  con la mano sus cabellos desordenados por las hojas de laurel.

Pero la preocupación de la mama María esta vez era más que una mera cuestión supersticiosa o al menos más que el grado común de superstición.

Junto  con la del párroco ya eran tres las extrañas muertes  en el pueblo  y sus alrededores y habían  desconcertado a la máxima  au- toridad policial del lugar: un muchacho de veintiséis años conocido  como el teniente  Halt.

El teniente Halt había tenido un impresionante registro como jefe de la tenencia de Calcupulli  o sea, había hecho pasar la noche en la tenencia a todos  los borrachos evitando  que se murieran de frío en alguna calle o en el páramo. Fuera de ello el teniente se aburría como una ostra,  por lo que se dedicaba  principalmente a ver su televisión satelital y a conversar  con su novia de Santiago usando  Skype.

Hasta  que comenzaron las muertes.

Solo fueron unas cuantas  muertes  inexplicables.

Los cadáveres  estaban  resecos, sin ojos en las cuencas y apenas reconocibles.  Las autopsias no fueron  concluyentes  en cuanto  a la causa  de la muerte,  pero  arrojaron un  dato  inquietante: los ojos habían  sido extraídos de alguna manera.

El olfato  del teniente  le hablaba de algún tipo de acción huma- na por lo que interrogó a los habitantes de Calcupulli  que,  ya sin necesidad de su acción, estaban  intranquilos. Ellos creían tener una respuesta:  los brujos.

La habitante más antigua  de la zona era la mama  María,  así coocida por todo el pueblo, por lo que el teniente se acercó a ella más para consultarla que interrogarla. La mama María había hablado de cosas que probablemente solo ella recordara y que por lo mismo ni siquiera podían  cotejarse.

Había  dicho que en el cerro cercano  que daba nombre  a toda  la comarca, se reunían  los brujos que viajaban  en la forma de tué-tués, chonchones o queltehues  y que cada cierta cantidad de años hacían cosas terribles.  El teniente consideró  las declaraciones de la anciana  como delirios, pero le sobraban el tiempo y la curiosidad. Su olfato de sabueso joven, pero heredero  de generaciones  de policías, le hizo subir el cerro dos veces.

Luego debió  dar  por  cerrado  el caso,  aunque  solo fuera  por  el momento y no le gustara…

 –¿Me estás agarrando para  el hueveo? –preguntó Martín.

Al verle beber su vaso de bourbon, Martín supo que hablaba en serio.

–Y tú que creías que este era un pueblo aburrido.

–¿Y qué crees tú?

–Yo estudié en la universidad, soy una persona  razonable que no puede aceptar  este tipo de hipótesis irracionales…

–¿Pero?

–Pero me crié en Calcupulli  y me crió esa señora  que para  mí siempre fue vieja. Me conozco las historias  y los decires, los cuentos y las leyendas, ¿sabes lo que significa Calcupulli?

Manuel  hizo una pausa retórica.

–Calcupulli significa el cerro de los brujos. El pueblo y el fundo se llaman así por el cerro que se ve desde aquí y que, dicho sea de paso, es mío. Si los brujos usan ese cerro deberían pagarme arriendo, ¿no?

Los placeres culpables de Martín eran el terror y la ciencia ficción. Había leído toda la obra de Lovecraft y cada cierto tiempo la releía, veía cada tanto  la primera  versión de Star Trek, la cual tenía en una versión original en DVD y en sus bellas cajitas de plástico.  Sólo un

leve sentido del pudor  evitaba se vistiera con los uniformes  de la seie. Había pedido a Estados Unidos toda la colección de películas de la casa Hammer, que no estaba  disponible  en préstamo para  nadie, así como los Drácula de Lee y los Frankenstein  de Karloff, solo por mencionar una parte de su colección.

–¿Y nunca me habías contado nada? Manuel sorbió  otro tanto  de su licor.

–Te dije que soy nacido y criado aquí y aquí son cosas de las que no se habla.

La locuacidad común  en el gigantesco  campesino  se había  esfu- mado en un dramático silencio.

–Cuando era chico –dijo por fin–, había ciertos lugares a los que no ibas, ciertos días en los que no salías a jugar, ciertas palabras que no se decían  y ciertas  historias  que solo se contaban de noche,  al lado de las estufas a leña y no demasiado  seguido. No sé si creo o no en esas historias, quedan  los hábitos  y al menos dos o tres muertes inexplicables.

–¿Los conocías?

–A dos: uno era un muchacho que a veces trabajaba para mí en la cosecha de las manzanas y que andaba por aquí y por allá ayudando en lo que pudiera;  el otro  era el sacerdote  del pueblo,  así que fui al funeral, a los dos funerales. La propiedad de la tierra todavía  se res- peta por estos lares, y eso significa que tengo una serie de derechos y deberes  que parecen  casi feudales  para  la gente de las ciudades, aunque  si descontamos el valor de los campos,  no debo tener más dinero  que tú, si es que no hasta menos… pero por aquí hay cosas que nunca cambian.

El rostro  de Martín se ensombreció. Para  él habían  cambiado demasiadas cosas y había  descubierto que el cambio  dolía  y dolía mucho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

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