Patricio Araya González

Maldito poder

Maldito poder

Patricio Araya G.

Minutos después –aunque meses antes algunos pitonisos lo anunciaban– de constatada la derrota del candidato presidencial Eduardo Frei Ruiz-Tagle, algunos dirigentes de la Concertación se armaron de un valor fraguado a punta de pisco sour y canapés de club de barrio, y entre pena y rabia, alzaron su voz frustrada en tono de mea culpa: la embarramos con esas primarias truchas.

Todos sabíamos que el candidato no era el mejor. No obstante, tras los empujones y escupitajos del último verano concertacionista, la añosa obstinación pudo más que la juvenil disidencia. Ya sabemos lo demás.

Algunos ya habían sido cegados por la derrota, no con la victoria. Ganar una quinta elección consecutiva se presentaba como aquel embarazo no deseado que altera todo. Sin duda, un quinto gobierno de la Concertación, más que frustrar a la oposición, significaba “restarle” posibilidades a aquella generación que aún se jura mesiánica, y que veía en las cenizas de la inminente derrota su propia pista de despegue. Morir para nacer. Y de paso sepultar a la generación anterior. De modo que perder fue ganar. No fue un mal negocio: entregar la casa e irse de vacaciones por cuatro años para regresar “renovados”.

Sin embargo, como siempre, la ansiedad superó el plan final. ¿Por qué esperar cuatro largos años mirando desde la vereda de enfrente si la fiesta está que arde? Maldito poder. Maldito el poder que obnubila y no deja pensar a los prohombres que el país requiere para su desarrollo. Maldito poder que se divierte con los egos de los hombres públicos. Maldita testera del Senado que tanto deseo desata.

Resulta que ahora el gran Mesías de la Concertación, el no siempre bien ponderado senador de los calcetines rojos, Guido Girardi Lavín, hijo imaginario de Cerro Navia –comuna inventada en 1981 y en la cual él ni su familia jamás han vivido–, decide hacer un paréntesis en su proceso reflexivo, lanzándose a la presidencia del Senado. El cuento de la refundación podrá esperar.

Y lo hace –pese a los íntimos deseos contrarios de su colega Eduardo Frei, molesto por la puerta que Girardi amenaza con abrir al lado izquierdo de la Concertación con tal de hacerla crecer– en virtud de un acuerdo entre cuatro paredes (por no decir entre cuatro presidentes de unos partidos que tienen menos socios que Ferroviario, y en el mismo estilo cupular de las famosas primarias realizadas en sólo dos regiones) que le allana el camino para convertirse en marzo de 2011 en la segunda autoridad constitucional del país.

“El acuerdo para la presidencia del Senado se va a honrar… el nombre del senador Guido Girardi no se revisará’’ dijo a La Segunda el PS Osvaldo Andrade a nombre de sus colegas presidentes del PPD Carolina Tohá e Ignacio Walker de la DC, que lo observaban sin mucha convicción.

El ex ministro del Trabajo y actual diputado por Puente Alto fue más lejos aún: “La presidencia del Senado le corresponde a un senador del PPD y este partido ha señalado que ese senador se llama Guido Girardi, en consecuencia se honrará ese acuerdo… ésa es la voluntad que queremos reiterar”.

¿Por qué millones de chilenos tendríamos que validar un acuerdo de cuatro fulanos? Seamos consecuentes. En el pasado no tuvimos empacho alguno en criticar a cuatro fulanos que dictaban decretos leyes a diestra y siniestra desde el edificio Diego Portales. Ahora, en cambio, guardamos silencio cómplice frente a un acuerdo que es pésimo para la calidad de la democracia que pretendemos validar como sana y perfectible.

Guido Girardi es parte de lo peor que le puede suceder a nuestra endeble democracia, a su maltrecha imagen. En rigor, él carece de Accountability (“sinónimo de responsabilidad, responder por, dar cuenta, dar cumplimiento, básicamente a nivel de gestión pública”). Una eventual presidencia suya hará que el Senado pierda el precario respeto que aún le prodigan los chilenos, transformándolo en una institución fatua y mucho más misteriosa que hoy.

Entonces, por qué ungir con semejante investidura a alguien sin los méritos de rigor, y sí los suficientes bochornos como para obviarlo; alguien que posee una casuística pública vergonzosa, plagada de “errores”, y una labor parlamentaria de baja monta, cuyo saldo está al debe. Si alguien creara un grupo en Facebook titulado “Yo tampoco quiero que Girardi presida el Senado”, tendría miles de seguidores.

Girardi no es el único senador del PPD habilitado para asumir tan importante cargo. Discutamos el asunto. Ese partido cuenta con otros tres senadores: Ricardo Lagos Weber, Eugenio Tuma y Jaime Quintana. Tampoco debemos soslayar la realidad de miles de chilenos cesantes, discriminados a causa de una simple morosidad comercial, quienes carecen de influencias que ayuden a olvidar ciertos pecados, como sí sucede con la “clase política” en general, y con Girardi en particular.

¿Dónde quedó nuestra memoria, no la histórica de la que apenas nos ocupamos, sino la reciente, la de los “casos” que ha protagonizado el senador Girardi? Por qué olvidar las facturas falsas del “caso Publicam”, que acabó con su encargado electoral, Ricardo Farías, condenado por fraude al Fisco. O las llamadas que el legislador hizo a la entonces subsecretaria de Carabineros, para que destituyera a dos funcionarios policiales que lo habían infraccionado por exceso de velocidad en la ruta a Valparaíso. Y qué decir del “caso cartas” (donde surgió el nombre y la figura del asesor Ricardo Farías), mientras el otrora diputado buscaba su reelección al frente del PPD en 2002. En esa oportunidad, su asesor Farías envió cientos de cartas proselitistas a los militantes del partido con fondos de la Cámara de Diputados, asunto muy mal visto, y peor evaluado, por sus socios concertacionistas. Otro “caso”: el de la gripe H1N1. En esta ocasión el senador proclamó en televisión el contagio de millones de chilenos y la muerte de otros 100 mil.

Girardi entiende y explica esta prolífica casuística con una palabra redentora: error. Y, por supuesto, el error siempre es de otros. Lo que sí es un error, es que Girardi presida el Senado.

Nuestro país pareciera ser un eterno adolescente: jamás aprende de sus errores, y lo que es peor, los comete una y otra vez, como si la constante equivocación no implicara costo alguno. Un dramático ejemplo de ello es el televisado ofrecimiento de “luma o balazo” que un teniente le hiciera a un detenido al interior de un carro policial. En casi cuatro décadas hemos aprendido poco y nada de derechos humanos. El oficial tampoco trepidó en “mejorar” la oferta: convertir a su hombrecillo en “detenido desaparecido”, recordándonos de paso que en Chile siempre nuestra vida pende de un hilo, y lo frágil que puede ser esa cosa a la que llamamos “democracia”. También hacemos vista gorda con algunos ex sirvientes de la dictadura y que hoy visten de demócratas en puestos estratégicos del Estado.

La obsesión de Girardi por ostentar la máxima dignidad del Senado, puede entenderse en clave política como un empate frente a su par por Santiago Poniente, Jovino Novoa, quien ocupó antes que él ese sitial, o quizás como un insano deseo de figuración con miras al trono de O’Higgins. La ambición todo lo puede.

Para otros, en cambio, se trata de algo más serio, complejo, incluso, patológico: la profecía auto cumplida de los que –como el propio tribuno–, vieron en la derrota de la Concertación la posibilidad de reinstalarse en el poder al amparo de un nuevo cuño con sabor a progresismo. El juego de Girardi de apoyar a MEO por fuera de la Concertación en las pasadas presidenciales, con el mediático argumento de la inclusión y la participación ciudadana, hoy choca de frente con su exigencia de hacer que se cumpla un acuerdo que de participativo no tiene nada.

El plan del senador por la testera de su corporación es hacer desaparecer del mapa al conglomerado que lo vio nacer hace veinte años y que le permitió crecer al alero de la burocracia del Estado, escalando vía sendos conflictos mediáticos, desde el antiguo SESMA hasta el Senado. La presidencia de la Cámara Alta es el último vínculo de Girardi con la Concertación. Después de ello, la lápida. En otras palabras, su presidencia del Senado es, a todas luces, la lápida de la Concertación que él está dispuesto a esculpir. Para ello tiene el cincel, el arrojo y muy pocos escrúpulos.

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MAFALDITA
dijo :

"¿Por qué millones de chilenos tendríamos que validar un acuerdo de cuatro fulanos? Seamos consecuentes. En el pasado no tuvimos empacho alguno en criticar a cuatro fulanos que dictaban decretos leyes a diestra y siniestra desde el edificio Diego Portales. Ahora, en cambio, guardamos silencio cómplice frente a un acuerdo que es pésimo para la calidad de la democracia que pretendemos validar como sana y perfectible."

PORQUE A DIFERENCIA DE AQUELLOS CUATRO QUE USTED CITA A ESTOS CUATRO PELAGATOS LOS ELIGIO LA GENTE. :)

ASI FUNCIONA LA DEMOCRACIA AUNQUE NO NOS GUSTE.

Saludos Cordiales

   Groucho Marx


04/01/2011 a las 15:46
partido politico Mi Bolsillo Primero
dijo :

y como puede estar tan seguro..la gente no elige son otros los que lo hacen...el webeo de las elecciones es parte del ilusionismo...groucho cree en lo que le comviene..

04/01/2011 a las 16:06
MAFALDITA
dijo :

que Girardi llegue a la Presidencia del Senado ? :)

Saludos Cordiales

  Groucho Marx


04/01/2011 a las 16:32
Tomás Nomás
dijo :

Porque yo pregunto, cuántos atinadores aquí estuvieron contentos con el anterior gobierno, cuántos con el actual, cuántos con ni uno ni otro, y cuántos con ambos ? :) Ja Ja Ja

Saludos Cordiales

  Tomás Nomás


04/01/2011 a las 17:15
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