
La intensa actividad de la pajarada allá en lo alto, alertó a Teba y Cutipa que en ese momento se afanaban por alcanzar unos huevos de gaviota. Al dirigir la vista hacia el mar advirtieron que una gran banco de peces navegaban en dirección a la bahía en la que acampaban.
En el mar los lobos y toninas ya se daban un festín con las anchovetas y jureles que lograban separar del gigantesco cardúmen.
En el aire, los estridentes sonidos de las gaviotas se entremezclaban con el rugir de los
lobos y zambullidas de pelícanos y piqueros.
El corazón de ambos se aceleró y sus nervios y músculos se prepararon para entrar en
acción, decidieron descender desde el puesto de observación que se encontraba en lo más alto de la Gran Guanera.
La bajada no era cosa sencilla, ya que tenían que seguir por un estrecha huella que
descendía zigzagueando peligrosamente por la ladera y que había sido esculpida por
los cuerpos de sus antepasados centímetro a centímetro, debían realizar cuidadosamente esta acción y así avisar a los mayores que a esa hora aún permanecían en el
refugio.
Mientras ellos descienden, al interior de la cueva muy cerca de la playa, Kopta la madre de Teba, atiza las brasas que quedaron de la noche anterior, ayudada de un poco de paja y leños que recolectan en las playas, fue alimentando el fogón que da vida a unas fuertes llamaradas que fueron iluminando y descubriendo que en rededor dormían esparcidos y envueltos en cueros de lobos y totora los demás miembros del Clan.
También el fuego revelaba las dibujadas paredes que conformaba el interior de esta gran cueva que por generaciones les había servido de refugio en sus acostumbradas migraciones por la costa.
El clan estaba compuesto por tres familias que desde ya algunos años viajaban juntos y
que en total alcanzaba a veintitrés personas.
Pronto llegaron desde afuera los gritos de ¡pesca! pesca! que emitían Cutipa y Teba.
Con la velocidad de un felino Mako que era el líder del grupo se incorporó ágilmente,
camino hacia la entrada y con su poderoso brazo empujo hacia un lado los cueros de
lobos y camélidos que protegían el portal.
El paisaje que se asomó a sus escudriñadores ojos era excepcional! el Mar azul, sereno,
infinito se encontraba de frente con los gigantescos acantilados que desafiantes
conformaban la Cordillera de la Costa.
Más allá ¡las blancas Guaneras! que terminaban junto a los islotes en los que reinaba la acostumbrada algarabía de las crías de lobos marinos. Llenó de aire sus pulmones y disfrutó del regalo de vivir un día más en la Comarca de los Changos.