Kiss die hand.
Scheisse! No se puede escribir este cuento en castellano. Si le saco la forma de hablar de los austríacos, no se entiende. Ya me lo había insinuado Juan que trabajaba en la frontera y lo confirmó Tanja que lava platos en la cocina de una bomba bencinera de Böblingen. Bueno, lo dejaré como salga no más.
- Hola. Les dije. - Lo siento, parece que soy parte de la competencia de viajeros a dedo… - No importa. Dijo Tanja.
Un camión nos llevó primero hasta Munich y allí se quedó Juan, despidiéndose con la mano alzada, mientras nos alejábamos. No lo veremos más, se devuelve a Colombia, su tierra.En otro camión nos lanzamos por las noches calientes de Julio a correr por carreteras secundarias. No sabíamos dónde estábamos ni qué decirnos, sentados en unos neumáticos en la parte trasera y tratando de ahorrar los cigarrillos. Creo que estaba durmiendo, porque apenas recuerdo que de pronto se detuvo el vehículo por unos momentos. Debe haber sido la frontera. Enseguida siguió por montañas y quebradas escasamente iluminadas. No querían pagar la autopista, me parece. De cualquier modo, fuimos a dar donde no queríamos, nos habíamos desviado unos 50 kilómetros de nuestra ruta prevista, según averiguamos después.
- Bueno, señores. - Fin de vacaciones. Dijo el chofer. - ¿Dónde estamos? - Esa es Linz, la ciudad del Danubio.Nos bajamos y salimos del patio de camiones. Caminamos unos kilómetros para llegar a la Ciudad del Danubio ésa. Eran las seis de la mañana cuando pudimos tendernos en el césped, junto al río. A poco llegó hasta nosotros un hombre gordo vestido con uniforme color naranja. Pero no era de Holanda ni de Guantánamo. -¡Dios sea loado! Exclamó. – Señor licenciado, dama indulgente, no está permitido pisar el césped. ¡Retírense de aquí con carácter inmediato!... No tenía la cara de poseer la cualidad de tomar decisiones propias.
-Lo siento, creo que es el capataz de estos prados y parece que dijo que tenemos que irnos. Traduje. - No importa. Dijo Tanja.. Nos fuimos. Pasamos junto a la Iglesia del Monte y a las enormes fábricas siderúrgicas, que compran el mineral de hierro extraído a fuerza de brazos, sudor y sangre en Ucrania, a precios bajos imperdonables. Nos sentamos al borde de un parque y la gente que pasaba a esa hora camino al trabajo, nos miraban estar ahí. Quizás se preguntaban que hacíamos a esa hora, o tal vez no estaba permitido sentarse al borde del parque.- Vamos a tomar un café, tengo hambre… - Yo invito, Tanja.
Caminamos por unas calles relucientes de limpieza, con flores recortadas, árboles castrados rectangularmente, chimeneas de adorno, cortinas cerradas, nombres escritos con letras antiguas, baldosas medievales como espejos. Parece que no vivía gente en la ciudad, no había ningún rastro humano, ninguna pintura un poquito descascarada siquiera, ningún papel tirado, ningún olor a comida, niños gritones ni perros, ningún desorden, ninguna maldición, ninguna música (ni siquiera un vals vienés).Tiré la colilla del pucho al suelo, que resultó como un cerdo entrando a una cristalería. La calle adquirió un tinte más normal. - Ahí parece que venden café. Señaló Tanja con el dedo. Había una panadería cerca de la Iglesia de la Orden Germánica y de otra, cuyo nombre no recuerdo. Entramos en la “Panadería de la Corte”, donde un letrero rezaba: “Distinguido señor Cliente, aquí será bien atendido”.
Llegó un chico vestido de panadero, supongo: - Servus Distinguida Señora, Señor Consejero? - ¿En qué puedo servirles? -Dos cafés, por favor… - Naturalmente, inmediatamente Señor…? - Se fue, después de esperar un momento.- ¿Qué pasa con éste? ¿Qué quería? - Que le digas un nombre…o un título… - ¿Para servirme un café? (¿Qué podemos hacer frente a gente tan juiciosa?) - Es que todos se sienten muy importantes aquí. -¿Me puede invitar a un pan con queso? - Claro.
Tomamos el café y comimos los panes. Tanja tenía razón, mientras comíamos entraron a comprar varias personas y todas eran importantes: Un Jefe de Administración Ministerial llegó con su esposa, compraron un pan y se retiraron apaciblemente a su residencia. También compraron su pan una Señora Concejal, un Jefe de Gabinete y otros. Nuestro pan con queso estaba bueno. Había un reloj viejo colgando en la pared.Las calles estaban llenas de iglesias y de cafés de gente honrada y honorable. En un cerro había un castillo antiguo. Nos sentamos a las gradas que llevan a la entrada de la Iglesia de Saint Nikolaus. - Gracias por el café, Señor Licenciado -se rió Tanja- ¡Se le agradece encarecidamente!... - Mejor llámame Robert. A propósito, sólo sé tu nombre, Tanja.
- No soy de hablar mucho, me faltan las palabras, casi no tuve escuela, la vida no me ha tratado muy bien. Tanja me miró con su cara redonda, los ojos resistentes. - Ya sabes que vengo de Böblingen, trabajo en una cocina. Ahora voy a Italia, a Trieste a ver a mi hija. Tiene seis años y vive con mi madre. Antes trabajaba aquí en Austria, pero me pagaban muy poco y tenía que limpiar sola una piscina pública completa.- ¿Y cómo te llamaban aquí? - Señora Comisionada, pero igual me pagaban una mierda. Es que ¿sabes? Todos están llenos de obligaciones y bajo presiones de los demás, así que se ponen títulos y hablan así para sentirse importantes.- Sí, ya vi que en las calles hay muchas iglesias y que la gente se lo pasa cortando el pasto. Eso siempre es una mala señal. Bueno, es mejor que busquemos alguna forma de irnos de aquí, quiero llegar en tres días a Croacia y si no tengo suerte… - Alguien nos llevará. Espérame un rato, voy a ver si encuentro un WC.
Me entretuve mirando la torre de la iglesia y el cielo que estaba más azul que el Danubio. No estaba seguro si Tanja volvería, pero lo hizo después de un rato y con buenas noticias: - Mira, en el baño conocía a una señora italiana que viaja con su marido. Va a hablar con él, a ver si nos llevan.Eran tres los italianos si contamos al hijo, un niño gordo de unos diez años, de ojos despiertos. Aceptaron llevarnos, así es que nos apretujamos con el chico en el asiento trasero.
- Benvenutti, ¿Usted también va a Trieste? Saludó la señora. – No, voy a Croacia, pero si pasan cerca de la frontera… - Ah! Croatia, Republicca Venetia! Dijo el marido, que no había abierto la boca hasta entonces. Nos fuimos hacia el Sur.Los itálicos estaban muy orgullosos de su hijo. Ya sabía leer, ya sabía escribir, ya sabía nadar y jugar al fútbol pero sobretodo, ya sabía cantar.
- Canta Luzio, canta! - Le pidió su madre. - ¿Che canzone, mamma? - Il Ave Maria, é possibile questa versione d´Arcadelt!El chico empezó a chillar: -¡¡IL MIO CANTO, INNAMORATTO, IO INSAALSATEEEEE!! - ¡Ave Maria bambino, Ave Maria dell Arcadelt, che vergogna! - Scusa mamma: - ¡¡AVE MARIIA, GRATIA PLEEENA, DOMINUS TECUM, BENEDICTA TU IN MULIERIBUS ET…!!
El coche era pequeño. Y las ventanas cerradas. Cuatro horas de canciones hasta la frontera. Al llegar me bajé ensordecido y me despedí: - Molto grazie! - Ciao Tanja, qué lástima no haberte conocido más…- No importa. Ciao!. - Se alejaron: - ¡¡¡IL MIO CAAAANTO INNAAAMORATOOOO!!!
Fui caminando hacia la frontera con Eslovenia. El paisaje se había llenado de montañas y había que atravesar un túnel de 8 Km. De largo. Me senté al borde de la carretera y vi pasar los coches hacia el sur, casi todos llevaban un letrero amarillo pegado al parabrisas, habían pagado el impuesto, eran honrados y católicos. Busqué un poco de sombra entre los matorrales, me tendí y cerré los ojos. En mi sueño, el ruido de los coches se hizo monótono y se transformó en un antiguo cuadro sonoro en sepia, como una fotografía amarillenta. De las calles limpias y junto a las iglesias, teatros, museos burgueses y cafés biedermaier surgió un murmullo que subió de volumen hasta convertirse en un gran vocerío de gargantas abiertas vociferantes, de cientos de miles de brazos estirados e incontables palmas que ovacionaban al Führer..
Buen fin de semana,
Roberto






