Roberto Ruiz T.

Blues de Puerto Montt.

 

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Hace apenas una hora que ha florecido un nuevo día en mi ciudad.  El barrio que me vio nacer aún bosteza somnoliento, pero con aliento de pastos y rocío. Silentes las casas vecinas, en silencio sus habitantes. Por alguna que otra ventana, escapa el aroma del café que se prepara en el desayuno y algo más disipado, el del pan tostado. Todo el ambiente se antoja tranquilo, los ruidos suenan aún amortiguados. El pueblo despierta despacio, en armonía, sin molestas estridencias a esta temprana hora, aunque un perro ladra insistentemente a lo lejos y un microbús casi vacío frena en la esquina cercana.

Salí de casa temprano, como siempre lo hice en mi infancia y niñez, cuando tuve la dicha  de ser un trozo humano más de sus días y sus noches, de sus cerros y su mar. De las cuadras y cuadras a la sazón interminables, de esas calles que ahora advertí, son tan pequeñas y simples. Tantas veces las recorrí durante varias mañanas en mi habitual y presuroso devenir de escolar pero entonces, seguramente, andaría yo con mis ojos cerrados a lo bello, imbuido en los temas de una lúdica inocente e impaciente, de inquietudes precoces y luego atisbos de romances e ideales. Ahora las veo de nuevo, con sus casas y sus sitios. Los jardines, cual tibias mansiones que atesoro en el recuerdo, siguen rivalizando entre sí con muchos arbustos vestidos de ramas y flores, vegetación que ha dormido en épocas de heladas y vendavales, hoy me ofrecen besos cálidos de bienvenida y promesas de vida en cada jazmín y en el reventar impetuoso de las margaritas, teniendo por techo el cielo raso de un azul brillante aunque maquillado de arreboles, que bien interpreta el grupo Los Prisioneros.

Me contaron que un rosal floreció en Invierno. Y siguió dando flores, impertérrito y heroico. Fui a verlo. Junto a una orilla de piedra, seguía engalanado. Una sola rosa blanca, muestra de calidez, valentía y belleza lucía su altanería de porcelana con su rostro bañado del rocío tempranero. Al ir a acariciarla mostró con orgullo sus espinas. Supe así de su alma desafiante igual a la mía, de nativo de esa tierra aferrado al austro y a su destino.

 

Con nostalgia,

 

Roberto

 

 




 

 

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