La vanidad está por encima del orgullo, dijo Jenofonte y es como la creme de la jactancia, agregó lacónico... Nadie escuchaba porque ,ese día, el simposio se había convertido en una caterva de intelectuales irracionales. La reunión parecía un cónclave de gamusinos queriendo perturbar la sincrónica heterotomía del sigilo. No eran pensadores, eran mal pensados... Hablar allí en contra de Platón aparecía como una blasfemia... Él –un torpe aprendiz- era el dueño de los banquetes, de los ágapes, de las tertulias y como una metáfora trágica, Platón, sicótico y autoreferente, se sentía el rey de los cachiporras. Rebeca no usaba calzones. Deambulaba por los salones buscando un rayo de luz, una mano amiga... Rebeca, reina de los placeres dolorosos, sabía que las sensaciones eran sólo informaciones recibidas por el sistema nervioso central, cuando uno de los órganos de los sentidos reacciona ante un estímulo externo. No estaba para enseñar a nadie los misterios de la neurología... Había preparado un café para Platón y allí, en medio de ese proceso culinario, descubrió la cotidianeidad de una serie de fenómenos perceptivos. A pesar de haber conocido una cohorte de hombres célebres, por vez primera y justo en esa reunión de pusilánimes, descubría a un vanidoso mediocre, a un pozo de alquitranadas soberbias, encajado en las castañuelas temblorosas del tiempo... Esa noche –pintada de azabache- no quiso hacer el amor, algo perturbaba su espíritu, algo tejía nostalgias por debajo se su sombra maltratada. Recordaba a Efraín y sus manos de alfarero, recorriendo cada deseo de su cuerpo desnudo.
Grecia ya no era la misma, ni siquiera Sodoma era la misma, porque el azufre y el fuego purificador, le había carcomido hasta los cimientos y Efraín, que se había convertido en el hombre que miraba hacia el Este, cuidaba un campo de azufaifas con una paciencia confucionista y acaso confundida con las ráfagas aceleradas de las posmodernidad. Todo el realismo mágico se hallaba descalabrado y endeble. Los críticos de cine vagaban por las calles esperando abrir las grandes alamedas y en los faroles, los rastafaris habían enrrollado tallarines y fideos que conformaban caleidoscópicas espirales. Nada servía ya, para poner orden y progreso, el subjetivismo había derrotado todas las teorías de la “beu epóque” francesa y todas las bondades del pensamiento temucano naufragaban entre tartas alemanas de frambuesas y frutillas. Taladrando la tierra avanzaban los jinetes del apocalípsis y en todos los contornos de las hoyas hidrográficas hacían emerger, sistemáticamente, centrales eléctricas que asustaban el canto milenario de las diucas mañaneras… No eran vacaciones para el espíritu. Una cortina de indolencia cubría la falda de aquellas mujeres subsumidas por la nomenclatura. Tal vez por eso, Rebeca no quería hacer el amor.



















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