Francisca Aguilar González

27F: Terremoto en Chile, en Pichidegua y en nuestra alma como país

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A las 3:34 de la madrugada una gran vibración pareció tomar cada rincón de Chile y removerlo al punto de transformarlo en algo impensable.

 

Nuestra imaginación nunca fue tan lejos como el propio terremoto y con ello el cambio en nuestras mentes de cómo evaluar la vida después de sentirnos al límite.

 

Cuántos de nosotros pensamos en la muerte, cuántos murieron en ese ejercicio y cuántos otros lloran aún por los que jamás aparecieron.

 

En lo personal, puedo decir que desde ese momento comencé a vivir de verdad, pues todo lo anterior fue solo un juego. Es más, ingenuamente pensamos que vivir se resume en levantarnos por la mañana, tomar un café, ver las noticias desde un cómodo lugar, ir al trabajo o a la escuela, besarse, hacer el amor con pasión y decirle al mundo lo ocupados que estamos.

 

El 27F fue la oportunidad para descubrí que vivir o el milagro de estarlo tiene una razón poderosa y la gran respuesta del por qué estamos aquí y ahora. En conclusión, el terremoto nos reveló el sentido de lo humano.

 

Así fue como conocí a la comuna de Pichidegua, zona donde los escombros eran verdaderas montañas, donde las miradas extraviadas buscaban respuestas a una gran pregunta: ¿Qué hacemos ahora?

 

Desde ese instante comienza en ti un segundo terremoto, pero esta vez en el alma.

 

Imágenes estremecedoras comienzan a cambiar tu concepción del mundo, de tu vida y del ser humano.

 

Ver a hombres y mujeres octogenarios esperando por “algo” en el municipio o palpar de cerca la depresión de haberlo perdido todo, no dejaba de estremecernos, de preguntarnos ¿por qué?

 

Pero sin duda son las situaciones límites las que permiten expresar lo mejor de nosotros, son ellas las que revelan y definen la potencia de un pueblo.

 

Hoy, a un año del terremoto, comprendo que la gran lección de vida está en los seres humanos que logran levantarse en la adversidad.

 

Chile y en especial, Pichidegua, tienen esa gran capacidad. Por lo tanto, es el momento de hacer una “pausa esencial”, de mirarnos, de darnos un abrazo, de emocionarnos por estar de pie, por doblarle la mano al destino y decir “aquí estamos de nuevo con la cara en alto”, porque “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. 

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