Meditaciones sobre la delincuencia 2
Voy a iniciar esta segunda meditación narrándoles historias vividas en el ejercicio de mi profesión. Como dos años antes de jubilar fui enviada -durante muy corto tiempo- a una escuela con niños en riesgo social a hacer un taller de teatro. La realidad de las escuelas básicas es diferente a la de los liceos, de modo que las historias que allí conocí me impactaron terriblemente. Juanito era alumno de primero básico.
Su pobreza era tan lacerante, tan llamativa (en medio de una escuela de niños pobres), que las profesoras se compadecieron y le consiguieron una chaqueta usada para que remplazara la suya. Pero el niño sólo la lució un día. Cuando a la mañana siguiente llegó vistiendo el andrajo anterior, obviamente las profesoras le preguntaron el por qué y el niño, inocente, respondió que su madre la había vendido para comprar alcohol. ¿Dónde -creen ustedes- vivirá hoy Juanito? En esos mismos días y en esa misma escuela tuve conocimiento de otro hecho que tampoco he podido olvidar. No sé si fue en un tercero o cuarto básico.
Terminada la clase, el profesor de matemáticas - estudiante de pedagogía en la asignatura- no pudo encontrar su calculadora que había quedado sobre la mesa. Fueron inútiles todos los esfuerzos por recuperarla: la calcuradora (que en aquellos años era bastante cara) no apareció. Y, tampoco me olvido cómo se pateaban las niñas ni cómo se golpeaban los niños. Se dirán Uds.... ¿y para qué tanta historia?
La respuesta es obvia. Hoy se está hablando que las cárceles deben ser lugares de rehabilitación, pero... ¿por qué dejar pasar tanto tiempo y permitir que la tarea sea más onerosa y difícil? Sin duda hay que construírlas para que los presos no estén hacinados como animales, pero como solución al problema de la delincuencia la construcción de más y mejores escuelas puede resultar mucho más efectiva si se le acompaña con medidas complementarias que hagan posible que esos niños se conviertan en ciudadanos de bien.
CONTINUARA






