Meditaciones sobre la delincuencia 3.
Ayer, por casualidad, escuché en televisión a un sacerdote que había sido capellán de la penitenciaría, contar que en una cárcel le había tocado constatar que entre los reos había cuatro representantes de una misma familia: el abuelo, el padre, el hijo y el nieto, quien habiendo ingresado muy joven al penal -16 o 17 años-, ya era padre de una guagua de meses, hija de una madre adolescente. Uno podría preguntarse si esta familia -como las míticas familias trágicas- podría estar marcada por un sino fatal.
La respuesta es NO. No hay nada esotérico en su mísero destino. Y, sin duda, la causa que influye en forma más determinante en su final común no es la herencia, sino el medio en que se desenvuelven, ese mundo contaminado que comparten como lecho familiar. Recuerdo haber escuchado cuando colegiala, posiblemente en un retiro espiritual, a un sacerdote que, para hacernos sentir la necesidad de cambiar nuestro medio, empleó el siguiente símil: Si Uds. tienen un pececito enfermo de tifus, lo sacan de su pecera y lo curan; pero, luego, lo vuelven a sumergir en la misma agua, el pececito, inevitablemente, volverá a enfermar. El agua contaminada lo infectará nuevamente.
Esta situación que detectamos como una realidad obvia en relación al pececito, no la advertimos con la misma claridad respecto a los pequeños niños delincuentes que, por influencia de su medio, aprenden a delinquir antes de tener uso de razón. No hay nada que pueda hacerse en beneficio del cambio de conducta de un niño que delinque si permanece viviendo en un antro de delincuentes. Y ese antro muchas veces se llama "familia". Su pecera es su familia. Bueno. Y si no es posible cambiar el agua de su pecera, ¡ pongámoslos en otra pecera...! pero ¡cuidado!... ¡no nos vaya a salir peor el remedio que la enfermedad.... !
Son muchos los peligros que acechan a un niño desvinculado de su familia: por eso, antes de desarraigarlos es necesario realizar las modificaciones legales, institucionales y sociales que garanticen la invulnerabilidad y el bienestar de los pequeños a quienes, por cierto, no se puede negar el derecho a compartir razonablemente con sus progenitores. Quiero reiterar, nuevamente, que me estoy refiriendo exclusivamente a aquellos casos en que es imposible cambiar el agua de la pecera,es decir, - más o menos-, aquellos en que es imposible modificar la conducta de los progenitores del niño delincuente.
CONTINUARA






