Cristián Arregui

Algo sobre la belleza


Testa di Giovinetta, Leonardo da Vinci

La belleza ha sido una idea identitaria, paradigmática, cuya explicitación equivale a poner en operación contenidos no sólo estéticos, sino también antropológicos, ideológicos y filosóficos característicos de la época histórica en la que esa determinada noción de belleza se originó. Cuando H.G. Gadamer, al tratar el tema de la conciencia histórica, nos da a entender que en nuestra época estamos condenados a leer desde una compresión consciente de los determinantes del momento y del lugar en los que el particular texto se creó, nos sugiere también que esa lectura lúcida y tolerante es una de las mayores virtudes que nos caracteriza epocalmente. Siguiendo esta línea, podemos pensar que hoy la belleza viene a presentarse ante nosotros con los miles de rostros de las diferentes culturas, tanto en las manifestaciones de aquello que hoy llamamos “arte”, como en las formas de valorar e interpretar la naturaleza.

    Tenemos, entonces, para partir, el problema de la multiplicidad de la belleza, su historicidad, su constante escape a cualquier determinación formal definitiva. A pesar de esto, no podemos negar otro rasgo característico de la belleza y que ya nos enfrenta a su naturaleza paradógica, por lo menos ante la reflexión: hablar de la belleza trae consigo escuchar un eco de eternidad. Ella nos suena a esas palabras grandes (como Bien y Verdad), las cuales, para nuestro sentido común - y a pesar de toda la tinta que ha corrido para ponerlas en duda, deconstruirlas o combatirlas -, siguen remitiéndonos a la esfera de lo permanente y universal. En este sentido, para la fe, esa belleza puede ser una emanación de Dios, la luminosidad de su espíritu o simplemente el perceptible esplendor de su desconocido rostro. Dentro de una mirada más académica, podemos entender esta “aura de eternidad” como parte de una herencia filosófica de Occidente, remontable hasta los antiguos griegos.

    Al mismo tiempo, lo bello es una de esas categorías que cualquier persona se siente capaz de utilizar, según su propio gusto. Nadie en su sano juicio parece estar exento de saber subjetivamente qué es bello y qué no lo es, como si por el puro hecho de existir como seres culturales llevásemos una pre-comprensión estética, ligada, generalmente, más al sentimiento y a la percepción que a lo racional. Por lo tanto, pensar en la belleza es recorrer el camino de lo percibido a lo pensado o tal vez habitar esa zona en la que percibir es pensar, en donde se despliega una percepción inteligente que quizá, como lo quería Maurice Mearleu-Ponty, está en la base estructural del ser –en- el- mundo.

    Hoy la reflexión en torno a la belleza está atenta a esta multiplicidad de lecturas. Hay también una clara conciencia de las identificaciones ideológicas que la defensa de cada interpretación de la belleza supone. Fue en el siglo XX donde, como quizá nunca antes, se planteó la manipulación programática de la belleza (en el arte nazi y en el realismo socialista, por ejemplo). También nos dimos por enterados de cuánto podía vender la belleza en la industria del cine y en otros medios de comunicación. Hoy, su utilización desenfrenada en la publicidad, nos demuestra que la belleza ya no es sólo lo que nos gusta, sino también un instrumento para fomentar determinadas conductas a través del gusto. Frente a esto el arte ha reaccionado, entre otras maneras, distanciándose de la belleza clásica ¿Para negarla o para crear y redescubrir otras bellezas?

 

 

Marilyn, Andy Warhol

 

    Comenzando el siglo XXI, postular una u otra belleza se ha convertido paulatinamente en defender una u otra de las tribus culturales que coexisten en un mundo globalizado y múltiple. En cada una de las bellezas se sigue jugando por entero una identidad. Pero la pregunta qué es la belleza sigue quedando sin una respuesta del todo satisfactoria.

    Si lo que nos interesa es lo que hace que un objeto tenga belleza, tendremos, desde Platón, teóricos en torno a lo cualitativo de lo bello. Si, en cambio, nos interesa fijarnos en el sujeto, en el para quién algo es bello, encontraremos desde el siglo XVIII un desarrollo del pensamiento en esa línea, tan rigurosamente trabajada por Kant. Pero a partir del siglo XX, las fronteras entre el sujeto y el objeto comienzan a desaparecer. La belleza puede analizarse como un fenómeno, ya sea ante un Yo trascendental o un yo abierto en su historicidad. Para otros, en cambio, comienza un análisis de la estructura significante o de los sistemas de signos que conforman una obra, los cuales finalmente parecen ser mudos sin la participación del lector que les brinda un significado…

 

 

Etant Donnés, Marcel Duchamp

 

    Así, el problema de la belleza o de las bellezas se ha venido complejizando porque ya no se trata sólo de una multiplicidad de esferas identitarias que funcionan con su propia definición de lo bello, sino que además hemos adquirido plena conciencia de la multiplicidad y de los prejuicios de las lecturas. Toda interpretación depende del momento y del lugar, así como también de las otras interpretaciones que la influyen.

    ¿Cuál es entonces el hilo de Ariadna que nos permitiría, en esta situación, acercarnos a lo que es la belleza? No nos queda otra que hacerlo desde lo que hoy somos. El artista, el pensador, el estudioso, en fin, todo aquel para quien el tema de la belleza compete, no es ya ni el hombre universal renacentista ni el genio romántico, ni el erudito que a su manera legisla la identidad de un mundo o de un pueblo, ni tampoco el decimonónico convencido en su misión ilustrada de transmitir una verdad enciclopédica. Todos los que vivimos y pretendemos manejar información en un mundo en que todo el conocimiento parece estar a la mano, nos descubrimos más bien como operadores/coordinadores del lenguaje. Un estudio de la belleza, en este sentido, se da como una operación con las nociones históricas de la belleza, las cuales están circulando para nosotros en el presente perpetuo del conocimiento. Quizá la historia de la belleza hoy no sea sino una red, un tejido de información (¿sin raíz?) que el operador puede administrar e integrar.

    Todo esto podría dejarnos relativamente conformes en lo que compete al lenguaje, en lo que concierne a la pregunta de cómo deberíamos hoy hablar sobre la belleza. Pero si volvemos a su inmediatez, al instante justo en que algo aparece ante nosotros como bello, la belleza vuelve a vislumbrarse como algo único e integrador de la experiencia. Cada uno de nosotros puede encontrar bellas distintas cosas; de todas maneras la belleza aparece como algo único y objetivo. Desde la subjetividad, lo bello se vivencia como si fuese objetivamente bello, y en esa “objetividad de la belleza”, lo subjetivo mora y goza.

        Se dirá que esa pretensión de la experiencia directa tiene su propia bibliografía, que quedó pasada con Husserl, superada ya por Heidegger y qué decir con los que le siguieron. Yo prefiero pensar que esa constatación de lo Uno en la diversidad de la belleza (y en la diversidad en general), es una de las virtudes más propias de nuestra época y del futuro que se está anunciando. Una virtud que está un paso más acá que la conciencia histórica que citamos de Gadamer, porque no se trata sólo de leer comprensivamente la diferencia y sus determinantes, sino de abrirse a una experiencia de radical empatía en la que esa unidad se comprende en cuanto se siente inteligentemente en el corazón mismo de lo diverso. Unidad que se da en la ocultación, no en lo explícito, pues al explicitar cualquier idea de Belleza (o de Bien, de Bondad, etc), estamos hablando desde una determinación cultural, social e histórica. Pero nuestro sentido común, nuestro pensar -en su desarrollo histórico - ha llegado a un punto en que se nos es dado, como individuos y como sociedad, escuchar esa unidad detrás de todas las diferencias formales que explicitamos en el lenguaje; una unidad que se hace intensamente presente en la ausencia, en el entendimiento de lo no dicho. A esa unidad puede raptarnos la belleza hoy en día. Digo “raptarnos”, porque una de sus características es robarnos de pronto todo lo que captaba nuestra atención para dejarnos, aunque sea por unos momentos, desnudos en esa intemperie radiante que en otras épocas tal vez habrían llamado presencia de Dios y que no hace mucho alguno hubiese querido denominar ser; lugar de lugares que nosotros podemos llamar simplemente Vida, así, con mayúsculas, aunque este término, como todos los términos, esté hoy definido por la impermanencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cristián Arregui B.

cristianarreguiberger.blogspot.com

 

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