Teníamos que buscar un espacio para nuestro encuentro. Sólo una mirada de las tuyas bastó para que te siguiera, hipnotizada, hasta donde quisieras llevarme.
No fueron necesarias las palabras. Entre nosotros, ya no son necesarias las palabras. Tantas tardes compartidas, tantos cafés de por medio, tantos mensajes, tantas risas.
A veces, por suerte, las palabras sobran.
Apenas cerré la puerta de esa habitación, me arrastraste hacia vos. Nos besamos desesperados, sin prisa y sin pausa, como si la vida fuera eso, sólo eso.
Sigo muriendo de amor cuando con una mano me acariciás el cuello como asegurando que aun soy tuya y con la otra me tomás por la cintura. Sigo amando que me beses como comiéndome, saboreándome, mordiéndome despacio, muy despacio el labio inferior de mi boca que no para de desearte.
A veces, por suerte, las palabras sobran.
Y así, apoyás todo tu cuerpo sobre el mío. Tu mano sube por mi entrepierna buscando mi sexo cálido y húmedo. Entonces nos caemos de a poco, pidiéndole permiso al alma, mientras nos sacamos torpemente lo que hace falta para poder hacer el amor, un rápido amor, sobre la alfombra que nos sirve de cama.
Y afuera el mundo sigue girando, las voces sonando, las risas fluyendo. Y adentro, el único sonido que escuchamos es el de nuestros corazones agitados, desesperados, pidiendo permiso para gritar.
A veces, por suerte, las palabras sobran. Sólo a veces.



















GOOD
Vinka,
Dile a tu amiga que está muy bien logrado lo dicho sin decir; así como la síntesis. Lo único: sobran los corazones...
Saludos,
Macarena