Que me hace ser feliz.
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Nada me pone tan nostálgico como recordar los viajes en tren que tenian lugar cualquier domingo del mes, cuando mi padre nos despertaba a mi hermano y a mi, temprano por la mañana para llevarnos de visita a la casa de algún compañero de trabajo, (de los que vivian fuera de Santiago), o para almorzar en San Fernando o Rancagua o simplemente por el placer de caminar por la plaza de armas de Curicó. Mi madre preparaba todo la noche anterior; algo de comida para el viaje, ropa de cambio en fin, no faltaba nada. Al llegar a la Estación Central, las más de las veces debiamos esperar que la vieja locomotora tomase posición en el andén correspondiente, además de las revisiones de rutina, así que siempre nos quedaba tiempo para adentrarnos por el patio de máquinas y hablar un poco con maquinistas y otros trabajadores del ferrocarril, los que siempre tuvieron una respuesta amable a cada cosa que se nos ocurria preguntar. Ver el tamaño de semejantes moles de metal, sentir el olor de los durmientes sobre la piedra partida, caminar haciendo equilibrio sobre los rieles o tomar alguno de los infaltables frenos de acero desgastados, tirados al costado de la linea, todo estimulaba mi imaginación infantil con la idea de un viaje a algún lugar distante y desconocido.
"Su atención por favor... Hace su ingreso a la estación por el andén número 5, tren de las 9:30 hrs. con destino a San Bernardo, Rancagua, San Fernando, Curico, Talca, Linares y Chillan. Todos los pasajeros con boletos..." Nunca se entendía bien lo que decía el encargado de informar sobre el movimiento de los trenes.
Una vez arriba, mi hermano y yo jugabamos a adivinar el momento preciso en que el tren comenzaría a moverse para dar inicio al viaje y luego, ya sobre la marcha, nos entreteniamos con el rítmico traqueteo que hacian los carros al desplazarse por las vias. Las personas que veían pasar el tren, se detenían y saludaban amablemente a cualquiera que estuviera en las ventanas y puertas del ferrocarril. Nosotros levantabamos nuestras manos y contestabamos todos los saludos. No puedo describir el gusto sentía por cada cosa que hacía cuando saliamos de paseo en tren.
Con el tiempo he ido guardando como tesoros estos y otros recuerdos de mi niñez y juventud. Su grata evocación me llena de una sensación de bienestar que ha tenido un insospechado y prolongado efecto benéfico en mi estado de ánimo y disposición a través de mi vida de adulto. Es difícil para mi expresar este sentimiento, pero creo que podría compararlo, (por extraño que parezca), a algo así como una cuenta de ahorro de experiencias gratas y de cariño, a la que puedo recurrir en momentos en que mi vida se ha visto empañada por la tristeza o el desánimo. Es algo así como seguir disfrutando del amor y de los cuidados recibidos de parte de personas especiales para cualquiera de nosotros, no solo los padres, también amigos, parejas, u otras personas por quienes hemos sentido afecto alguna vez. Lo que me lleva a pensar que la verdadera felicidad no consiste necesariamente en pasar por la vida huyendo de los problemas y de las pruebas que traen aparejados los desafios. Tampoco creo que pueda fundarse la felicidad verdadera sobre una loca carrera por alcanzar el júbilo, saltando de un instante pletórico a otro como si se tratase de una olimpiada. Creo más bien que la felicidad esta hecha de pequeñas cosas; momentos simples, buenos recuerdos, saber que somos amados o dignos de confianza, el reconocimiento merecido, en síntesis, las cosas que le dan sustento y sustancia a lo cotidiano. Por eso creo también que la vida nos hace responsables de nuestra propia felicidad, dejando a nuestro cargo su busqueda constante.







De acuerdo Jorge.Para mi también fueron viajes maravillosos.Y episodios como la llegada de locomotora MIKADO a la estación de Temuco.Después de clases corríamos en patota a la estación a admirar esos monstruos que resoplaban y contábamos sus ruedas,grandes y chicas.
Tengo unos apuntes de recuerdo.A lo mejor los puliré para publicarlos.
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adolfo wagner
Don Adofo:
En mis tiempos de mochilero, recorrí no pocas veces el trayecto Santiago-Temuco en tren. Recuerdo los añosos puentes, (el viaducto del Malleco por ejemplo), o las en otro tiempo bulliciosas estaciones, hoy casí desoladas. Tengo muchas fotografías de los pueblos que visité junto a alguna polola a los cuales el tren no volvió porque la modernidad pudo más. (Traiguén, Nueva Imperial, Carahue, Rio Bueno ect.). Me gustaría que el tren volviera a recorrer las trochas que quedaron olvidadas, para delicia de los amantes del ferrocarril. A usted no?
Atte: Jorge Silva.