Escribir a mano. "Copiar" y "pegar" son palabras que le han hecho bastante daño al periodismo.
Enviado por Comentarista Urbano el 10/09/2006 a las 6:47
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Un desperfecto en el computador de mi casa me forzó a escribir a mano. Ese accidente me hizo reflexionar acerca de lo que se gana y se pierde con ese magnífico instrumento, que abre a tantas posibilidades y que permite almacenarlas todas. El medio con el cual escribimos no es neutral.
Al escribir a mano, me doy cuenta de que mi imaginación, que es tan escasa, se libera un poco. El texto sobre el papel tiene una estructura y una estabilidad que no son las mismas que hallo en la pantalla. Sé que no manejo todas las herramientas del procesador de palabras, pero también sé que están ahí, y eso me asusta. En el cuaderno tacho, enmiendo y sustituyo sin temores. La huella de mi trabajo va quedando en la hoja. Puedo, con un poco de esfuerzo, reconocer la palabra borrada, comparar, intentar una solución nueva. Las interlíneas y los márgenes de la hoja son un espacio no meramente desocupado, sino un hueco que reclama ser llenado. Mi texto se complica con líneas que cambian la ubicación de los verbos o los adjetivos, añaden frases que se desbordan por los márgenes y que debo contener con una variada suerte de globos o ventanas, tachaduras, flechas.
El texto pulula. El computador proporciona una impresión de movilidad, pero, acaso, aquí aquél esté mucho más firme y estable, frente a todo ese abanico de virtualidades. ¿No escribiremos en él, quizás, siempre en limpio?
Es la paradoja de la abundancia y la comodidad: mientras mayores son las potencialidades y recursos que ofrece el medio, mayor es la pereza y la trivialidad de los resultados. "Copiar" y "pegar" son palabras que le han hecho bastante daño al periodismo, y no menos a la literatura y al pensamiento. Un filósofo al que entrevisté una vez me habló de movilizar "bloques" de textos a través del computador. Me temo que, a la larga, terminó sepultado por ellos.
En unas declaraciones sobre el oficio de escribir, Paul Auster insiste en su fidelidad a la pluma y el bolígrafo. Siente el autor norteamericano que la escritura fluye desde su cuerpo hacia el lápiz, y desde éste se empapa en la hoja. Al pasar en limpio el texto manuscrito (con su vieja Olimpia), su cuerpo a la vez se resiente y compromete (es un trabajo muy tedioso), pero aporta una segunda lectura: muchas carencias o aspectos innecesarios aparecen a la vista. Recuerdo ahora a esos escritores o pensadores que crearon su obra en la cárcel y en precarias condiciones, como Robert Walser, que legó bellas páginas, escritas en un manicomio y que han debido ser descifradas con poderosas lupas.
En cambio, apenas me devuelvan mi computador, sin duda volveré a él prestamente. Allí, mi pereza y lisiada imaginación encuentran dulce acogimiento.
Comentario de: Pedro Gandolfo en ELMSAP.
Pablo Ramírez T (CU)
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