digame Angiejupiter // fábula del adiós
Enviado por angiejupiter el 23/10/2006 a las 11:47
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Escribo esta carta como ritual del adiós. Escribo para decirme con calma, con inmovilidad indiscutible, que es remotamente imposible que regreses en esas visitas controladas, que visites las luciérnagas de mi cuerpo. Es una certeza aguda el hecho de que coincido con tu rostro como con el soplo de los muertos.
No escribo esta carta ni para lamentarme ni para maldecirte, simplemente para afilar la memoria con los sombríos cuchillos del amor enmudecido. Ya no mirarás mi pelo derramado, ni me dirás que es hermoso. Ya no soñaré furtivamente contigo, ni con la lluvia cayendo sobre mi piel.
Más que el desamor, me has quitado la ilusión de seguir inventándote, escribiéndote cartas, planeando citas deshabitadas. Aprendo a comprender tu pequeñez, la incapacidad de gravitar entre las sombras del pubis y regresar jadeante a la anécdota del encuentro. Cuanto aprendí y desaprendí al acercarme a tu mirada ajena y amordazada, embellecida por un pequeño acto generoso: convidarme con una cavidad diáfana de tu cuerpo tras las sombras.
Dicen por ahí, que las cartas de amor son para leerse en voz alta, para esconderla en los armarios, y con la llegada de la hundida pasión, acercarse a ellas, golpearlas contra las paredes del corazón, derramarlas y amarse sobre ellas. Pero como nada de esto te es remotamente posible, te escribo esta para felicitarme, he hecho de ti un amante fábuloso, un gladiador cólerico, un caballero andante que me poblaba de flores y arpegios invisibles. Aunque nada de esto fue, ni será una certeza, la certeza es que amé tus ojos de agua encendidos porque eran la oscuridad misma de todo lo agrietado. Deseé tu desnudez tan sencilla y perturbada como la adolescencia usurpada. Amé tus cadencias de mudo y las cortinas cubriéndonos, asegurandonos la clandestinidad.
Ahora vuelves a tus lugares correctos, donde nada ni nadie te recuerda a esas noches con un solo corazón salvaje y abierto como el mío, líquido y repleto sobre tu rostro, golpeando muy lentamente, como si fuera una bolsa de agua, como si fueras la gran ciudad de la paz y la alegría.
Se te ha vuelto cómoda la vida, no tienes que mentir, piensas que has vuelto a compenetrarte con la domesticidad perversa de los buenos matrimonios. No tienes que fingir, lavar las huellas del amor en esos escuálidos regresos a casa. Era más fácil hacerme desaparecer, pensarme como una silla vacía en alguna habitación, pero las sillas también hablan y cuentan sus historias, y tras el repujado tapiz hay secretos diáfanos.
Escribo esta carta para cerciorarme que soy una gran fabuladora, que se vistió de máscaras, encajes y plumas de avestruz. Fuí una sedienta, una loca que se enfermaba de amor cuando pensaba regresar a tu mirada o al recodo turquesa de tu espalda. Yo era una salvaje enloquecida al conservar tu aroma entre mis piernas, el deseo fugaz del sexo esponjoso y lúcido.
De tanto inventarte, me agrandé y crecí de tanto amarte. Me repuse de todas las inciertas despedidas y ahora me despido agradecida por aquel collar escondido entre las viciosas almohadas del adiós, por el trasnochado huevo, obsequiado en tu única carta de amor. Mi cuerpo es también una carta de amor. Desnuda me contemplo y me amo, esas grandes caderas que por un instante fueron tuyas, fueron los rostros del amor en la sombra de tu boca.
Escribo esta carta porque estoy en paz, no me debes nada, sólo la enorme felicidad de poder haberte inventado, de ilusionarme ante esos encuentro que jamás ocurrieron. Perdida ante esa voz en el teléfono, ante esas cartas de amor que jamás pueden leerse en voz alta, porque no las recibí jamás.
Y ahora yo te envío ésta y mi mano se eleva junto a la tuya y te ayuda a leerla para que mi aliento te ayude a cruzar esta noche de terciopelo como un corazón salvaje e indomable, como el verso más colérico y sublime, como el más infinito amor envuelto en papel de azahares transparentes.
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