Por: Sergio Muñoz Riveros. Director Editorial de Proyectamérica
Llegará el día en que la Concertación no ganará las elecciones. Lo habrán resuelto así los ciudadanos y su veredicto es la regla de oro de la democracia. En ese momento se pondrán a prueba los cimientos morales, culturales y políticos en los que la coalición gobernante se ha sostenido desde marzo de 1990. Se verá entonces si tiene suficiente densidad de principios para actuar como fuerza política opositora, sin la ventaja de tener en sus manos el enorme poder del Ejecutivo. Es obvio que lo primero que estará en juego será su propia continuidad como alianza.
No parece inminente el ocaso. La Concertación sigue gozando de buena salud, no obstante las tensiones que suelen expresarse en su seno. El apoyo a la gestión del gobierno de la Presidenta Bachelet ha mejorado y la gobernabilidad no corre peligro. Tampoco se encuentra amenazado el progreso global del país, pese a que las cifras de la actividad económica de los últimos meses han generado razonable inquietud acerca del ritmo de crecimiento. Una cuestión muy significativa es el amplio consenso respecto de lo que Chile debe hacer para consolidar sus logros y no desperdiciar las oportunidades de hoy para avanzar hacia el umbral del desarrollo. Así quedó de manifiesto, por ejemplo, en las intervenciones de la Mandataria y de Bruno Philippi, presidente de la Sofofa, en la cena anual de la industria.
Podría pensarse entonces que la coalición de gobierno tiene el horizonte despejado, sobre todo si la oposición de derecha se muestra errática y concentrada en la ingeniería política para definir los candidatos presidenciales que competirán en tres años más. ¿De dónde puede venir entonces el debilitamiento de la Concertación? Es muy claro: de la pérdida de autoridad ante el país en asuntos tan decisivos como la probidad de los funcionarios de gobierno. Su eventual erosión política puede originarse en el arraigo de malos hábitos en la administración del Estado y, específicamente, de prácticas corruptas.
Es casi inevitable que, después de tantos años en el gobierno, los partidos concertacionistas tiendan a actuar como si el Poder Ejecutivo les perteneciera. Se trata de la inercia del éxito, que genera acostumbramiento y hace perder de vista los compromisos contraídos ante los ciudadanos en materia de rectitud en el manejo de los fondos públicos. Si los casos turbios, como el de Chiledeportes, no son atacados en su raíz, la Concertación iniciará el camino de la decadencia.
Es indispensable consolidar el proceso de modernización del Estado, que incluye entre otras cosas la provisión mediante concurso público de buena parte de los cargos de dirección. Además, se requiere una firme voluntad del Ejecutivo orientada a levantar barreras más sólidas frente a la corrupción. Ello supone un control estricto de las partidas presupuestarias de todos los ministerios y reparticiones del Estado. Salta a la vista que la ausencia de seguimiento del gasto de los recursos que asigna el Ejecutivo en diversas áreas puede ser el caldo de cultivo para la arbitrariedad, la desaprensión y el aprovechamiento. La cultura de la rendición de cuentas no se ha extendido lo suficiente en Chile y sucede que allí se juega en buena medida la posibilidad de contar con un Estado moderno y eficiente.
Los partidos de la coalición gobernante tienen una inmensa responsabilidad en este terreno, puesto que deberían ser el primer filtro de la calidad moral y profesional de los militantes de sus filas que son propuestos para asumir responsabilidades en el aparato del Estado. Si los partidos no son rigurosos en este ámbito, si en los hechos se convierten en prisioneros del clientelismo y el tráfico de influencias, las cosas pueden ir muy mal. En este sentido, los parlamentarios tienen la obligación de no conciliar con las malas costumbres y, en lo posible, encarnar las virtudes de la transparencia y el celo republicano.
No puede haber contemporización con las prácticas viciosas en la administración del Estado. Es cierto que nuestro país posee una tradición de probidad que lo hace destacar en la región, pero nada está garantizado indefinidamente. El desorden y la dejadez pueden favorecer la aparición de nuevas formas de corrupción frente a las cuales hay que proceder sin contemplaciones.
La Presidenta ha dicho que su gobierno actuará con energía frente a las irregularidades y delitos en Chiledeportes, ???caiga quien caiga???. Es lo que esperan los ciudadanos. Lo ideal es, por supuesto, que se acoten las responsabilidades y que no paguen justos por pecadores. Independientemente de la fiscalización de la Contraloría, es necesario que los controles internos del Ejecutivo sean cada día más estrictos.
Es esencial que el Ejecutivo muestre coherencia y firmeza frente a las faltas a la probidad en cualquier nivel que se produzcan y cualesquiera que sean los montos de dinero comprometidos. Toda señal de indulgencia frente a esas faltas será juzgada severamente por los ciudadanos. La corrupción no es un fenómeno extendido en nuestro país afortunadamente, pero puede llegar a serlo si no se actúa hoy de manera ejemplarizadora.
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