Fernando Flores, lecciones para demócratas
Un resumen sobre la discusión de la corrupción en Chile y el papel jugado por el senador Fernando Flores
Antes que nada un poco de contexto. Chile está viviendo un goteo permanente de pequeños casos de corrupción, clientelismo y malas prácticas partidarias. Un fenómeno que hasta ahora recordaba a la calma complaciente inmediatamente anterior a los años de los escándalos de corrupción en España.
En ese marco, como os contaba el otro día, el senador Fernando Flores pegó un puñetazo en la mesa. Un ya basta. Miembro destacado del PPD (el partido de los presidentes Lagos y Bachelet), solicitó a su partido en una carta que se hizo pública la suspensión de militancia. Flores no aceptaba la estrategia del cierre de filas sin cuestionar, de la defensa corporativa de una élite política, que como en su momento el PSOE de González, prefería apretar fuerte los ojos a asumir el dolor de tener que limpiar la casa y encontrarse bajo la alfombra con cosas que no les iban a gustar. Hoy, en España, sabemos por experiencia que esa actitud fue un suicidio, que al final, como escribía en su carta el senador:
La respuesta social al pronunciamiento de Flores no se hizo esperar. Como os contaba el otro día:Los cuestionamientos a la rendición de cuentas electorales están dañando profundamente el prestigio del partido y la política, el que sólo puede ser restablecido sobre la base de un compromiso irrestricto con la verdad, lo que es incompatible con defensas corporativas. En estas circunstancias, deseo tener la más plena libertad para obrar del modo que mi conciencia me indica, lo que considero incompatible con tareas directivas.
Tuve la suerte de poder asistir a los debates de Atina, a las discusiones en la calle, a la extensión en cascada de la campaña "Manos limpias por Chile" de blog a blog, de celular a celular...El debate se abrió paso como un trueno en la más tranquila mañana. La respuesta a la carta de Flores fue un contraataque duro de la dirección de su propio partido. Las televisiones y periódicos entraron en la liza:
61,2% de los chilenos cree que la corrupción es generalizada. La encuesta revela que un 65% de la población cree que las medidas propuestas por la Presidenta son insuficientes. Un 64,4% de los chilenos cree que es necesario que el Gobierno y la Oposición hagan un pacto político para resolver el problema.
¿Matar al mensajero?
Pero a pesar de todo, la línea oficial, incluso hoy mismo, cuando el mayor de los escándalos de corrupción (ChileDeportes) amenaza ya con llevarse por delante la coalición gubernamental, es literalmente "poner paños fríos" cuando no hacer declaraciones despectivas hacia los que señalan el problema. Para muestra un botón, Sergio Bitar, viejo conocido de este blog, presidente del PPD tras ganar a Flores la elección interna:Yo creo que nos hemos excedido ahora y tenemos que poner coto con un esfuerzo mayor (...) Están un poco agitados los muchachos, yo pensé que era consecuencia del calentamiento global que había afectado algunas mentesDesde luego no parece la actitud de alguien comprometido con limpiar la casa y dar una respuesta satisfactoria a los ciudadanos. De hecho, la respuesta oficial a Flores no ha sido otra que convocarle al Tribunal Supremo de su partido. ¿Para aportar su visión? No. En realidad como imputado por acusar a miembros de la dirigencia del partido y mermar la imagen del grupo. La respuesta de Fernando Flores ha sido, a mi juicio, una reflexión ejemplar, porque parte de constatar que
Hay un conjunto de fenómenos que, de extenderse, nos llevarán a una situación de pérdida de la fe y la confianza pública. Es trascendente hablar de ese punto, pues es uno de los sustentos de la democracia y que permite la existencia de los partidos políticos. Ese patrón lo quiero ilustrar en tres grandes rasgos que me son imposibles de obviar y que requieren una autocrítica profunda por todos nosotros. Primero, entender la política y los partidos como una maquinaria de clientelismo político, que ineludiblemente lleva a la captura del Estado por parte de operadores políticos, que terminan por distorsionar la función pública. Su misión es qué lugar del Estado se captura, no qué política se lleva a cabo. Lo que deriva de esto puede resultar más terrible, pues toda consideración de merito es dejada de lado, produciéndose una organización de bandos al interior de los estamentos estatales que se basa en lealtades y no en una ética de servicio, que a mi juicio es la razón de ser de fondo de la izquierda. Segundo, cuando esto ocurre, el partido es visto como una organización de clanes y servidumbres, deja de ser una escuela de formación política, de reclutamiento de personas que están al servicio de ideales y se convierten finalmente en una cadena de lealtades mal entendidas, en que tanto el aparato de gobierno, municipios o incluso los cargos de representación popular se transforman en la moneda de cambio. Aquellos que no están de acuerdo, son excluidos o amenazados, muchas veces con el pan de la mesa. Aquellos que aceptan son favorecidos con recompensas. Por supuesto que este severo diagnóstico no involucra a todos, hay mucha gente honesta, preocupada por un servicio público de calidad, con un gran compromiso con el país. Esa gente debe ser honrada y celebrada por el país. No merecen verse mezclados ni ensuciados por estas prácticas corruptas. Tercero, cuando una situación de escándalo publico aparece, la primera reacción es usar las instituciones partidarias para una defensa corporativa, lo que deriva en un descrédito total del partido, de la clase política y del gobierno. Eso es un peligro para la democracia.
Moraleja para demócratas
De lo que está hablando Fernando Flores no es otra cosa que de la ética de las organizaciones. La necesidad de abrir un debate sobre su naturaleza. No es un asunto interno chileno. ¿Recuerdan el escándalo de Tamayo y Saez que llevó a torcer el resultado electoral en la comunidad de Madrid? Y no sólo los partidos: vean qué pasa hoy mismo en Iberdrola o cómo la relación entre la cúpula de Endesa y la empresa semipública alemana E.On se ve cuestionada en los tribunales. Lo que nos está diciendo Flores es que la forma de organización de un colectivo, partido o empresa, no es una cuestión técnica. Es la manifestación más clara y fuerte de su naturaleza política. Aceptar que los partidos se conviertan en conglomerados de tribus e intereses, que los consejos de las empresas se conviertan en delegados no de los accionistas sino, incluso, en agentes de políticas de Estado de otros países, es una cuestión ética porque pone en cuestión el ethos, el ser mismo de las instituciones sobre las que basamos nuestra convivencia y nuestro bienestar. Y los ciudadanos, manos limpias al frente, tenemos algo que decir. En Chile, en Europa y en cualquier lugar. La corrupción de las formas democráticas no es una capa de suciedad sobre la casa, es una carcoma. Si quedamos quietos, perderemos la casa entera. David de Ugarte www.deugarte.com






