Omar Antonio Audicio Bache

Equidad

Equidad. Concepto manoseado, algo vago, que frecuenta muchos discursos hoy en día. Pocos se atreverían a expresarse mal de esta palabra, aunque paradójicamente muy pocos serían capaces de dar una buena definición de ella..

 En occidente, los griegos fueron los más conspicuos buscadores de cierto nivel de equidad, vinculada a la eclosión de la Ciudad Estado democrática. Creían que la democracia suponía la isonomía (igualdad ante la ley) y la isegoría (igualdad  en  el derecho de hablar en la asamblea o ágora). Sin embargo, nunca pensaron que todos los seres humanos debieran tener la misma cantidad de riqueza o poder político.

 Mayormente se entiende la equidad como "repartición justa de riqueza y/o derechos civiles". Cuando notamos que el 20% más rico de los chilenos gana en promedio 30 veces más que el 20% más pobre, decimos que aquello es inequidad. Solemos decirlo también cuando un magistrado corrupto favorece injustamente a un poderoso en un litigio, o cuando consideramos que no hay en Chile igualdad de oportunidades de acceso a salud, educación, etc. Las manifestaciones estudiantiles de rechazo a la Ley General de Educación que se discute en el congreso tienen como consigna la equidad mediante la eliminación del lucro en educación (aparte de exigir cosas exageradas como la gratuidad del pasaje escolar). Sin embargo, lo único que hacen es presionar para ganar derechos especiales, lo que es todo lo contrario a la equidad. En gran medida, estas manifestaciones se basan en los prejuicios errados de que "educación de mercado", "negocio", "lucro" y otros términos son intrínsecamente perversos porque su aplicación generaría inequidad.  En realidad, lo verdaderamente poco equitativo es el prejuicio desinformado, la presión grupal egoísta, el desorden y la destrucción del patrimonio público que a veces ocurre en estas manifestaciones, todo lo  cual merma la capacidad de diálogo, la libertad de desplazamiento y la comodidad de muchos chilenos no representados por una agrupación tan numerosa y vociferante. Las protestas de los trabajadores subcontratados de Codelco también rebosan egoísmo e inequidad.

 Equidad tiene mucho que ver con igualdad. Pero es evidente que no podemos ser iguales en todos los aspectos: al hecho de que los seres humanos somos naturalmente distintos, y por ende, deseamos cosas muy diversas, hemos de sumar el problema del mérito. Casi todos los buscadores de equidad estaríamos de acuerdo en que debe premiarse el mérito. Y como no todos harán los mismos méritos con las mismas oportunidades, no tiene sentido una igualdad total de riqueza o poder político. Este es el motivo por el que los sistemas socialistas fracasan y condenan a los pueblos a la pobreza, a la represión y al atraso: al considerar generalmente estos sistemas un ente planificador central (el Estado) que determina gran parte de los bienes que producen y reciben las personas, no puede tomar en cuenta las distinciones y ambiciones de los seres humanos con la misma eficiencia con que lo haría el libre mercado. Este siempre será más eficaz para determinar qué producir, cuánto producir y para quién producir, comparado con un planificador central que distribuya los recursos premunido de un oscuro criterio de justicia y equidad. Criterio que forzosamente ha de ser impuesto mediante dolorosos y permanentes actos represivos, buscando encauzar la libertad humana como se busca desviar un río, el cuál siempre pugna por volver a su cauce original. El mercado, por el contrario, busca ser una turbina en el río de las inclaudicables aspiraciones libres de las personas, y por eso siempre funcionará mejor creando riqueza.

 Pero el mercado falla en que crea demasiada desigualdad. Es, entonces, legítimo que exista un Estado que aplique ciertas políticas redistributivas, tomando mayores impuestos de los más ricos para financiar programas sociales en que los más pobres sean los principales beneficiarios, contribuyendo así a la equidad. Debemos asegurarnos siempre de que nuestro prójimo más débil tenga un umbral básico de oportunidades garantizadas Además, debemos asegurar la ecuanimidad de la ley y la igualdad de dignidad y  derechos civiles, consagrados constitucionalmente. Eso es equidad.

 Equidad no es caridad. La caridad ayuda y debe practicarse, pero cuando se manifiesta en excesos asistencialistas, perpetúa en la pobreza y humilla a los débiles, creando brechas de odio e inequidad entre los seres humanos. El libre mercado, adecuadamente tutelado por el Estado para atenuar sus falencias, premia el emprendimiento y la industriosidad, permitiendo que las personas alcancen sus propios fines por sus propios medios. No es en modo alguno exagerado afirmar que todos los países en que la pobreza no es miseria, en que los pobres tienen garantías y protección, han crecido debido al libre mercado, redistribuyendo mayormente una vez enriquecidos, y no antes. Para vencer la pobreza material, se necesita primero generar riqueza material.

 Respecto a esto, la Comisión de Trabajo y Equidad formada hace ocho meses por la Presidenta ha formulado interesantes propuestas, más de alguna de las cuales será anunciada aprovechando la plataforma mediática del discurso del 21 de mayo. Se propone, entre otras cosas, subsidiar el ingreso al trabajo de los más pobres, instaurar fondos concursables juveniles, premiar el desempeño académico, mejorar la intermediación laboral,  perfeccionar el seguro de cesantía, bonificar la capacitación de trabajadores, flexibilizar y subsidiar el post natal para que sea más conveniente al empleador contratar mujeres, aumentar la sindicalización y potenciar la negociación colectiva, evitando el fraude de subdividir las empresas artificialmente para debilitar a los sindicatos. Estas propuestas son buenas, pues no son "regalos" ni "caridad" para los más pobres, sino que incentivan su incorporación al mundo laboral, su contratación y su capacitación. Sería bueno también flexibilizar los contratos laborales, reduciendo el salario mínimo para los jóvenes cuando la coyuntura económica lo amerite (para que así sean contratados con más facilidad), y aprovechar la exuberancia actual de las arcas fiscales para reducir los impuestos (para que los ricos creen empresas nuevas en vez de pagar impuestos, y así, generen plazas de trabajo). Avanzar en la privatización controlada de la salud, para que, habiendo más competencia bajen sus precios y aumente su calidad. Incorporar Codelco al Sistema de Empresas Públicas (SEP), convirtiendo nuestra cuprera en sociedad anónima, abriéndola a la bolsa,  y hacer más pequeña y eficaz nuestra burocrática maquinaria estatal, que está entrampando el crecimiento y la competitividad de Chile desde hace mucho.  Todo esto contribuye a la equidad, aunque personas mal informadas, sin conocimientos básicos de economía y política, y autoridades populistas ávidas de figuración, crean lo contrario.

 Amar al prójimo como Dios manda significa desear su bien con un deseo supremamente poderoso y puro. Significa no sentirse libre mientras exista un humano encadenado a la pobreza, de cualquier tipo. Mejorar el crecimiento económico del país y ser sabios en la redistribución significa amar al prójimo conforme al mandato de Dios. Hay que buscar la equidad, cuando ella es sinónimo de igualdad de oportunidades, igualdad de dignidad y ecuanimidad. Planteo que nada hay en la Biblia, bien entendida, que se oponga a la economía social de mercado como generadora de riqueza y equidad.

 

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