En rotundo "nee" (62%) que los holandeses han dado al Tratado Constitucional Europeo, ha seguido a un buen "non" (54%) de los franceses (y eso que el prêt-à-porter es hechura francesa), todo en menos de una semana.
Vista desde lejos no entendemos fácilmente esta negativa a algo que se nos ha presentado como tan promisorio. La UE nos vende la panacea de aquello que "la unión hace la fuerza" (el argumento del colectivo) y pretende erigirse como una alternativa de poder frente al mundo unipolar dominado por los EE.UU. o a la bipolaridad emergente con una supertpotencia China. Los europeos ven en su Unión la alternativa de no quedarse atrás en la lucha por la hegemonía mundial.
Cualquiera mínimamente familiarizado con el derecho político sabe que la redacción de un texto constitucional exige la elección previa de una Asamblea con ese mandato, que precisamente por ello se llama "Constituyente". El pueblo (ya sé que es una ficción; una más del sistema oligárquico-partitocrático) elige así a los representantes a quienes encomienda la creación de su nueva Carta política.
¿Quién ha elegido a Giscard? ¿Chirac?
En realidad, la elaboración de todo el mamotreto (60.000 palabras, 300 páginas) del tratado constitucional europeo (TCE) no obedece a un mandato popular expresado mediante el sufragio, sino a la voluntad de la clase política de Bruselas, encantada de imponer una Carta Magna a todo el territorio para ampliar su campo de influencia en todos los órdenes.
El TCE no es, por tanto, una constitución cuya redacción se encarga por mandato popular, sino una carta autootorgada por una elite política que busca legitimarse, exactamente igual que las concesiones jurídico-políticas que los monarcas absolutistas del XVIII hacían al pueblo para aplacar los ímpetus revolucionarios del liberalismo ilustrado que originó las democracias modernas.
¿Dirán ahora los daneses "nej" a la burocracia buselense? Blair ya está hablando de no realizar el referendum programado para fines de año, en el Reino Unido se da por descontado el "not".
Fragmentada hace siglos "la cristiandad" europea en los Estados-Nación del siglo XVII, se ve muy difícil recomponerla con el pegalotodo socialista-masónico.
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