JESUS: El Revolucionario ( III )...final
JES??S. Y EL PODER POLÍTICO.
La forma más común de la obediencia es la sumisión a las diversas autoridades que ejercen un poder. Jesús ha conocido esta obediencia, ha vivido sumiso a los hombres.
La mayoría de las gentes con quienes se codea en los caminos y en los Burgos no tienen con la autoridad sino relaciones distantes, a través de los impuestos y reglamentos de administración y policía.
Jesús, porque su persona y mensaje replantean todo de nuevo, es llevado a tomar posición ante las autoridades más altas de Jerusalén y de Roma. No tiene ciertamente en grado alguno la superstición de la autoridad: habla de los detentadores del poder, de Heredes "el Zorro" (Lc. 13, 32 , de escribas y fariseos, sucesores legítimos de Moisés Mt. 23, 2), con franqueza vigorosa (Mt. 23, 13 y ss,); no se hace ilusiones sobre las segundas intenciones y los procedimientos ordinarios de los poderosos del mundo, que "se hacen llamar bienhechores" (Lc. 22,26), pero "mandan como amos y hacen sentir su poder" (Mc. 10, 42) Jamás, sin embargo, Jesús predica ni practica la revuelta, ni siquiera contra las autoridades más indignas. Le parece natural obedecerlas, tan natural que apenas habla de ello. Sus discípulos San Pedro y San Pablo recomendarán a los cristianos la obediencia a los poderes constituidos, pero ??l, que la vive diariamente, no se entretiene en ello. Es preciso obligarle a que se decida y responda: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Mc. 12, 17) ¿Será esto un punto sin importancia? De ninguna manera, pero es un punto sobre el cual no pretende innovar. La obediencia a la familia o al estado no es una consecuencia del Evangelio; descansa en la condición natural del hombre. Habiendo adoptado totalmente esta condición. Jesús vive como hijo sumiso, como sujeto legal, sin fanatismo, sin miedo, pero sin reticencia.
Permanece intacta hasta su última hora. Esta hora, para la que ha nacido, y que revela el secreto de su corazón, es la de la obediencia suprema: "Es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que obro según la orden que me ha dado. Levantaos, salgamos de aquí" (Jn. 14, 31). Pero es en la obediencia a los hombres como va a alcanzarle la orden de su Padre, en el gesto de Judas, en la intervención de la autoridad. Jesús va a someterse a ellos, pero demuestra que lo hace libremente, o sea, que obedece. Su última palabra en el momento de ser arrestado expresa exactamente su obediencia: "¡Levantaos! ¡Vamos! Aquí cerca está quien me entrega" (Mt. 26, 46). No hace falta que Judas y su tropa le sorprenda y crean cogerle a pesar suyo. Rehuirá para defenderse, pero no será inercia o fatalismo: quiere tener la iniciativa, entregarse libremente en sus manos. ¿Si fuera obligado por la fuerza cómo podría testimoniar aún que ha venido a este mundo a obedecer?
Todos los evangelistas han recogido en la Pasión el desarrollo inexorable de esas "entregas" sucesivas. Judas le entrega a los sumos sacerdotes (Mc. 14, 10 y ss.), quienes le entregan a Pilato (Mc. 15,1) quien, tras intentar descargarse en Heredes, le entrega a los judíos para que sea sacrificado (Mc. 15, 15). Jesús pasa de mano en mano, juguete de todas las crueldades que pueda inventar el "poder de las tinieblas", al que le abandona, antes que Judas, antes que Pilato, Dios su Padre, quien el primero "ha entregado por nosotros a su Hijo único" (Rom. 8, 32).
La obediencia de Jesús en su pasión tiene algo de excepcional, pues las autoridades que le condenan, si bien son legítimas, cometen una injusticia. Jesús no discute la autoridad del sumo sacerdote o de Pilato; su poder sobre su persona es anormal, pero legítimo.
El se somete a su aparato judicial, responde a los interrogatorios y muere por haber satisfecho al requerimiento solemne del sumo sacerdote: "¿Eres el Hijo de Dios?". Pero si reconoce la validez de sus tribunales, su docilidad ilumina la iniquidad de sus veredictos.
Obedeciéndoles, Jesús, el acusado, toma el puesto de juez, y su muerte inocente condena todos los abusos de poder. Sin saberlo perfectamente sin quererlo en absoluto, sabiendo siempre bastante y queriendo lo suficiente para empeñar su responsabilidad, sus jueces y sus cómplices han crucificado al Hijo de Dios. El designio divino ha querido que Caifas y Pilato se hayan encontrado ese día ante El, pero tras ellos estamos todos los que preferimos la injusticia a la voz de nuestra conciencia.
Obedeciendo a los jueces y a sus verdugos, Jesús no disimula nunca la ignominia de que se hacen culpables y su perdón, si borra su pecado, revela también su bajeza. Su sumisión no tiene nada de la cobardía resignada que se imagina aplacar el mal dejándole obrar libremente y no justifica ninguna iniquidad. Demuestra solamente hasta dónde el Hijo de Dios ha llevado su obediencia: hasta las peores condiciones conocidas del pecado, la esclavitud. Jesús ha querido conocer la angustia más profunda, la suerte más dura que ha conocido la humanidad, la espantosa sensación de ser entregado sin defensa a todos los caprichos del odio y de la crueldad. Así triunfa del pecado, por cuya causa muere; así concede a los suyos, a todas las víctimas del pecado, unir su sufrimiento a su Pasión, transformar su esclavitud en obediencia.
Saludos.
Todo esto está dedicado a las personas sensatas que puedan distinguir a Jesús desde múltiples ángulos...religioso, social, político, humanista, etc.....personalmente lo admiro como un Maestro humano y espiritual...que la Iglesia Católica u otras religiones hayan hecho de Jesús fuente de sus ideales tamnbién es respetable, más no comparto de ningún modo las crueldades que cometió la Iglesia Católica en nombre de su Dios contra la humanidad, mas bien condeno ese pasado.No por ello he de vivir odiando a todos los católicos o cristianos como lo hacen los extremistas de la ciencia o de la izquierda.
karma.
La forma más común de la obediencia es la sumisión a las diversas autoridades que ejercen un poder. Jesús ha conocido esta obediencia, ha vivido sumiso a los hombres.
La mayoría de las gentes con quienes se codea en los caminos y en los Burgos no tienen con la autoridad sino relaciones distantes, a través de los impuestos y reglamentos de administración y policía.
Jesús, porque su persona y mensaje replantean todo de nuevo, es llevado a tomar posición ante las autoridades más altas de Jerusalén y de Roma. No tiene ciertamente en grado alguno la superstición de la autoridad: habla de los detentadores del poder, de Heredes "el Zorro" (Lc. 13, 32 , de escribas y fariseos, sucesores legítimos de Moisés Mt. 23, 2), con franqueza vigorosa (Mt. 23, 13 y ss,); no se hace ilusiones sobre las segundas intenciones y los procedimientos ordinarios de los poderosos del mundo, que "se hacen llamar bienhechores" (Lc. 22,26), pero "mandan como amos y hacen sentir su poder" (Mc. 10, 42) Jamás, sin embargo, Jesús predica ni practica la revuelta, ni siquiera contra las autoridades más indignas. Le parece natural obedecerlas, tan natural que apenas habla de ello. Sus discípulos San Pedro y San Pablo recomendarán a los cristianos la obediencia a los poderes constituidos, pero ??l, que la vive diariamente, no se entretiene en ello. Es preciso obligarle a que se decida y responda: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Mc. 12, 17) ¿Será esto un punto sin importancia? De ninguna manera, pero es un punto sobre el cual no pretende innovar. La obediencia a la familia o al estado no es una consecuencia del Evangelio; descansa en la condición natural del hombre. Habiendo adoptado totalmente esta condición. Jesús vive como hijo sumiso, como sujeto legal, sin fanatismo, sin miedo, pero sin reticencia.
Permanece intacta hasta su última hora. Esta hora, para la que ha nacido, y que revela el secreto de su corazón, es la de la obediencia suprema: "Es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que obro según la orden que me ha dado. Levantaos, salgamos de aquí" (Jn. 14, 31). Pero es en la obediencia a los hombres como va a alcanzarle la orden de su Padre, en el gesto de Judas, en la intervención de la autoridad. Jesús va a someterse a ellos, pero demuestra que lo hace libremente, o sea, que obedece. Su última palabra en el momento de ser arrestado expresa exactamente su obediencia: "¡Levantaos! ¡Vamos! Aquí cerca está quien me entrega" (Mt. 26, 46). No hace falta que Judas y su tropa le sorprenda y crean cogerle a pesar suyo. Rehuirá para defenderse, pero no será inercia o fatalismo: quiere tener la iniciativa, entregarse libremente en sus manos. ¿Si fuera obligado por la fuerza cómo podría testimoniar aún que ha venido a este mundo a obedecer?
Todos los evangelistas han recogido en la Pasión el desarrollo inexorable de esas "entregas" sucesivas. Judas le entrega a los sumos sacerdotes (Mc. 14, 10 y ss.), quienes le entregan a Pilato (Mc. 15,1) quien, tras intentar descargarse en Heredes, le entrega a los judíos para que sea sacrificado (Mc. 15, 15). Jesús pasa de mano en mano, juguete de todas las crueldades que pueda inventar el "poder de las tinieblas", al que le abandona, antes que Judas, antes que Pilato, Dios su Padre, quien el primero "ha entregado por nosotros a su Hijo único" (Rom. 8, 32).
La obediencia de Jesús en su pasión tiene algo de excepcional, pues las autoridades que le condenan, si bien son legítimas, cometen una injusticia. Jesús no discute la autoridad del sumo sacerdote o de Pilato; su poder sobre su persona es anormal, pero legítimo.
El se somete a su aparato judicial, responde a los interrogatorios y muere por haber satisfecho al requerimiento solemne del sumo sacerdote: "¿Eres el Hijo de Dios?". Pero si reconoce la validez de sus tribunales, su docilidad ilumina la iniquidad de sus veredictos.
Obedeciéndoles, Jesús, el acusado, toma el puesto de juez, y su muerte inocente condena todos los abusos de poder. Sin saberlo perfectamente sin quererlo en absoluto, sabiendo siempre bastante y queriendo lo suficiente para empeñar su responsabilidad, sus jueces y sus cómplices han crucificado al Hijo de Dios. El designio divino ha querido que Caifas y Pilato se hayan encontrado ese día ante El, pero tras ellos estamos todos los que preferimos la injusticia a la voz de nuestra conciencia.
Obedeciendo a los jueces y a sus verdugos, Jesús no disimula nunca la ignominia de que se hacen culpables y su perdón, si borra su pecado, revela también su bajeza. Su sumisión no tiene nada de la cobardía resignada que se imagina aplacar el mal dejándole obrar libremente y no justifica ninguna iniquidad. Demuestra solamente hasta dónde el Hijo de Dios ha llevado su obediencia: hasta las peores condiciones conocidas del pecado, la esclavitud. Jesús ha querido conocer la angustia más profunda, la suerte más dura que ha conocido la humanidad, la espantosa sensación de ser entregado sin defensa a todos los caprichos del odio y de la crueldad. Así triunfa del pecado, por cuya causa muere; así concede a los suyos, a todas las víctimas del pecado, unir su sufrimiento a su Pasión, transformar su esclavitud en obediencia.
Saludos.
Todo esto está dedicado a las personas sensatas que puedan distinguir a Jesús desde múltiples ángulos...religioso, social, político, humanista, etc.....personalmente lo admiro como un Maestro humano y espiritual...que la Iglesia Católica u otras religiones hayan hecho de Jesús fuente de sus ideales tamnbién es respetable, más no comparto de ningún modo las crueldades que cometió la Iglesia Católica en nombre de su Dios contra la humanidad, mas bien condeno ese pasado.No por ello he de vivir odiando a todos los católicos o cristianos como lo hacen los extremistas de la ciencia o de la izquierda.
karma.
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