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Por Basthián C.
basthián@hotmail.com
No soy economista ni psiquiatra, pero soy experto en equivocaciones, quimeras y terremotos. No paso por la vida como un pergüétano. La realidad nos manda unos cuantos aterrizajes forzosos que equivalen a un Ph. D. en vida y esperanza. Entiendo, en parte, la naturaleza de las cosas. Y cada vez más, la naturaleza humana.
Vi "La quimera del Oro", de Chaplin, hace un tiempo a tras. Ahí supe lo que confirmaría el difunto Juan Pablo II en su visita a Chile: "los pobres no pueden esperar". También leí "El Gatopardo". Lampedusa mostró el mundo desmenuzándose con su olor a flores ajadas en medio del temblor de la existencia. Mostró la riqueza pobre y la pobreza rica. Los italianos del neorrealismo nos mostraron la terrible pobreza de los años cuarenta en Italia.
"Tiempos Modernos", otra de Chaplin, fue una profecía. Esa jactanciosa máquina de comer choclos fue la epifanía del progreso tecnológico en su desquiciada eficiencia. Recuerdo a Carlitos saliendo de la fábrica con aspecto cansado, repitiendo compulsivamente el movimiento que estaba obligado a hacer en sus 8 horas de trabajo. Iba por las veredas apretando supuestos tornillos con ambas manos, cansado y soñoliento, quizás hambriento. Las máquinas comenzaban a reemplazar al hombre.
Difícil, entonces, que me sorprendan las cifras de desempleo o cesantía, tan porfiadas según los economistas. A mí me parecen lógicas. Un país que tiene la meta de exportar hasta el cuesco de las aceitunas, que renueva las fábricas gracias a la tecnología y recurre al "outsourcing" para bajar los costos, paga otro costo inevitable: la mano de obra se convierte en algo innecesario y los gerentes de producción proceden a despedir trabajadores.
Salta a la vista que mientras no generemos nuevas fuentes de trabajo la cesantía dura se incrustará en el cuerpo social como la rémora en las ballenas. Que el éxito de la producción no irá acompañado del éxito social mientras no tomemos conciencia del problema.
¿No se ha pensado en ello? ¿O por el contrario, se ha pensado, pero estamos dejando que cada uno se rasque con sus uñas?
No podemos aceptar una situación tan dispareja. Es cierto que se ha luchado contra la llamada "pobreza dura", vulgo miseria, pero demasiados chilenos están abandonados a sus propias fuerzas, muy exiguas.
No me gusta hablar de caridad y solidaridad suelto de cuerpo. No creo que la solidaridad consista en dar al que nos pide en una esquina ni en entregar sacos de leche gratuitos. No creo que hacernos el cucho, actitud tan común entre nosotros, sea la respuesta al vacío social que hemos creado. Una persona pobre y cesante es un ser desamparado, desesperado. Quien no tiene a qué recurrir en momentos de aflicción desciende un tramo en la condición humana. Termina asumiéndose como "bueno para nada" y se desgana, muere un poco por dentro.
Las poblaciones marginales irreductibles, que han tomado la peor vida en sus manos porque no tienen otra vida, nos demuestran que la receta es mala. Piedras, armas hechizas, fogatas con neumáticos viejos, asaltos violentos a la policía, droga y furia no serán una bomba atómica, pero harán estallar nuestra sociedad si no miramos al cesante con los ojos de la modernidad. La rapidez tecnológica de producción creó un nicho intelectual donde debemos movernos con agudeza, sin prejuicios.
Esta situación enquistada está llena de malos presagios. Muchos continúan viéndola como inevitable y se limitan a mostrar guarismos frenéticos, convertidos en numerarios del orden de la irrealidad. Su quimera es el fuego de la inquisición para muchos. Hay que detener el delirio del "ya pasará". Porque no pasará. Condenar a una generación a ser, como el Ulises de Homero, "Nadie", en nombre del mañana, es una crueldad social inaceptable.
La cesantía entre la juventud es tan alta como para requerir del porcentaje del presupuesto destinado a las catástrofes naturales. Debemos destinar nuestra inteligencia social a encontrar una manera de dar trabajo a la juventud. El trabajo se inventa. Se administra. Se crea. Habrá que ser más generosos de lo que somos, más lúcidos y más buenos.
Esto de buenos parecerá un exceso a demasiados chilenos llevados del afán eufemístico. Han confundido la bondad con la debilidad, la preocupación por los seres que hemos deshabilitado con una actitud "mujeril", pero me temo que en una sociedad extremadamente viril, donde la mujer ha necesitado de la creación de un ministerio para su defensa y protección, el pensamiento femenino es cada día más necesario. Ello, si pensar "en femenino" significara abrirnos a la realidad de la realidad, a los sacrificios que se le están pidiendo hoy a la familia chilena.
¿Nadie en el gobierno, en las empresas, en los locutorios, en el norte y el sur (casi no tenemos este y oeste), ha pensado que la cesantía forzada por la modernización exige una solución nueva y rápida? Llegó el momento de inventar la sopita de piedra.
Creo que ser mujer, entre otras cosas, significa administrar a un grupo humano en múltiples necesidades inmediatas. Significa batallar cotidianamente con una familia donde la enfermedad, la desocupación, la droga, el estudio, el fracaso, la felicidad, la muerte, el presupuesto insuficiente, no significan sino que hay que ponerle el hombro a lo que estamos viviendo.
Admiro mucho a la mujer que se desnuca trabajando, que educa a sus hijos hasta más allá del límite, que entierra a sus muertos y acepta sus asesinados y vive rodeada por la ingravidez de un presente peligroso e ingrato. Un presente que parece no tener solución. Qué desgaste, Dios mío. Y qué valor requiere.
Pareciera que en la fértil provincia y señalada los políticos andan de nuevo en una Cruzada personal, dejándoles a las mujeres la lucha por sobrevivir como familia y ellos entre discursos, aplausos y fotografías.
Pero las mujeres son muchas en Chile. Y votan casi todas. A ellas no les vienen con el cuento de la grandeza del país que no notan en sus casas. Ellas quieren que sus familias también tengan derecho a soñar. Y no le preguntan al marido, si lo tienen, ni al cura ni al edil por quien votar. Votan según sus necesidades, sus dolores y sus propias quimeras. Las mujeres seguirán votando por una mujer si los hombres continúan haciendo oídos sordos a los problemas que descalabran sus familias, ese milagro que día a día construyen solas demasiadas chilenas.






