Por Basthián C.
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Llegó callada. Los otros, nosotros, metimos bulla. Llegó como es y como fue: callada, secreta, incompleta. Todos los poetas mueren incompletos. Es que nunca alcanzan a decir todo lo que quisieron y trataron de decir. Ella, Lucila Godoy primero, luego Gabriela Mistral, hoy,
Mi madre tuvo la suerte de verla una sola vez en su Liceo Gabriela Mistral de Temuco, donde fue y hablaron de las mujeres y los niños, de sus viajes, de la poesía y los animales, de las yerbas que conocía bien, de la palma chilena, que no es palmera, niñas le decía, es palma, como su entrañable amiga Palma Guillén, la jubea chilensis es única y cogolluda, así recuerdo a los papayos de mi tierra, largos y flacos, doblándose bajo el peso de la fruta carnosa y perfumada, criados en esa tierra seca y mineral. Es muy perfumado el papayo y su fruta es digestiva.
Así hablaba. Iba y venía por las cosas, siempre miró las cosas de manera entrañable. No fue odiosa ni alevosa. Creo que se fue poniendo mañosa al alba fría, como dice un poema del notable Alberto Rubio. En el que no habla de ella sino de las viejecitas de Chile. Sufrió mucho con la muerte de su madre y de Yin-Yin, su hijo, que finalmente ha salido a la luz como quien era. Un joven misterioso que en Petrópolis no pudo hallarse, como habrá dicho ella, que nunca perdió la santidad de la palabra, su trascendencia en la simplicidad, ese oculto depósito mineral de la belleza.
Tuvo largos amores y el único que no se le puso transido, otra de sus palabras preferidas, fue la poesía. Los hombres no la amaron largamente; la política, ese gusano intrépido que hecha sus larvas en la entraña y transforma a las personas en otro, la picó con su lanceta social, caritativa y justiciera. Pero volvió rápidamente a su concha, se encerró en su caparazón poética y meditabunda, se recogió como una ostra a la que le echan limón cuando empezó el disturbio intelectual y los poetas de Chile se dieron con la palabra como bichos coléricos, tremenda insolencia de tres grandes poetas para desgracia de sí mismos. Neruda, Huidobro, De Rokha. Cómo se dieron los poetas.
Ella siguió viviendo al pairo o cogiendo los vientos de la paz allí donde le aparecían propicios. Desdeñó la insolencia y la barahúnda. Cautiva de la palabra escrita con lápiz de mina, la tinta le hacía doler los ojos, escribió mucho más de lo que publicó. Se cuidaba de sus excesos. Se exilió como lo hicieron muchos, amparada en la diplomacia, aunque a decir verdad no fue muy diplomática. A veces,
Murió en Nueva York, la ciudad de los rascacielos, después de haber nacido en Vicuña, la tierra del puro cielo. Creció en la pobreza nortina e hispanoamericana, en la tierra de las montañas cardenosas, donde se produce el milagro del desierto florido. Es el más seco del mundo pero guarda en su tierra parda semillas núbiles que florecen apenas una lluviecita les cae cada encima.
Durante muchos años fue corresponsal de El Mercurio. La prosa de Gabriela Mistral se deshace de las artimañas banales, esquiva los tópicos, escarba en el ser humano y su realidad atrabiliaria. Es amiga de la sencillez y del ingenio. Pero es tan delicada en su uso como si estuviera tomando entre los dedos una mariposa. Conoce los peligros del ingenio. No cayó jamás en la chabacanería.
Pido un minuto de silencio por Gabriela Mistral. No la distraigamos de su quietud. Dejémosla descansar en su tierra, rodeada de lo que amó.
Pero es deber leerla. Acojamos lo que es ella, no lo que queremos que sea. Leamos cuando nos pide "más huemul y menos cóndor". Cuando denuncia la injusticia y la levedad. Nos está pidiendo a gritos silenciosos que dejemos la trifulca y la necedad para recuperar el sentido de la vida, que no es vulgar ni admite por mucho tiempo a los vulgares.
De la poesía no se ríe. Sufrió porque la tenía adentro:
¡Terrible don! Socarradura larga
que hace aullar!
El que vino a clavarlo en mis entrañas
¡tenga piedad!
Hay que leerla pero hay que entenderla. En tiempos de cóleras y desacatos, pero sobre todo de egoísmo y narcisismo exacerbados, hay que entender el de profundis de
Señora doña Gabriela: Le doy la bienvenida porque, sin saberlo, me dio la bienvenida a la literatura cuando leí Tala. Fue un libro conmovedor para un niño. Yo sé que usted no necesita que le digan estas cosas. Créame, no quiero agraviarla.
Solo decirle en nombre de Chile: Muchas gracias, Gabriela Mistral.



















Que hermoso reflejo de Gabriela...
...has entregado en tus palabras, esa mujer que parecía seria y sin embargo tenía en su interior la blandura del pan al que escribía versos tibios y olorosos... que verdades has dicho acerca de leerla, debemos fomentar la lectura de los poemas de Gabriela, en mi grupo, así como cada jueves leemos a Pablo Neruda, al comenzar la reunión, propondré que también se lea a Gabriela, como una forma de seguir conociéndola más profundamente como persona y como poeta... hermoso post... saludos, Jeniffer.