he caminado más de mil caminos
he recorrido más de mil vidas
y he visto a la muerte a la cara
sentado en la inmensidad de Orión
he visto y he oído siglos
he bailado con Gaia entre mis brazos
y he puesto música a la cantata de leviatán
cuando el manto de la noche cubrió la tierra
yo estaba ahí para guiar los luceros
y estaré de nuevo
cuando las sombras se transformen en cuerpos
y se pongan a esperar, con la cabeza gacha
su juicio.
El Atlas que carga con la culpa del mundo
no descansa entre sus sueños,
Ha tratado de cosechar perdón y olvido
pero llenó su arado de desprecio y olvido.
Cómo acariciar?
si sus manos fueron hechas para destruir.
Cómo mirar?
si sus ojos se han secado en agua.
Cómo encontrar a su princesa?
si sus pies no llevan a ningún camino.
Nuevamente entregado a las divagaciones de mis propias y retorcidas reflexiones, me encuentro, una vez más, frente al pelotón de fusilamiento, como aquella tarde fatídica en que mi padre me obligó, por primera vez , a ser hombre. Luego vinieron otras veces más, pero por esa entonces la ciudad condenada a desaparecer de la memoria de los hombres, no era más que unos 20 años de recuerdos de barro y paja brava, cimentados a la orilla de un río de experiencias diáfanas, en cuyo fondo se podían ver unos traumas no enormes, pero si antiguos, como huevos prehistóricos, dinosaúricos y anacléticos. Si he de ser sincero, en ese entonces todo parecía ser más fácil, los caballeros lustraban sus zapatos, portaban pañuelos de tela en el bolsillo trasero y sonreían cuando saludaban, casi con la cordialidad folletinesca de una guía de turismo, usar aro era un sinónimo de rebeldía controlada y autorizada, el interior de los corazones poseía cierta candidez y aún era posible encontrar los resabios de la infancia feliz de las películas de Disney, incluido Pedrito el avioncito y su nacional antítesis, Condorito. Eran los tiempos en que todavía juntábamos las ediciones quincenales de "Mi primer Diccionario", ese que auspiciaba canal 13 y que venía con cuentitos pequeños, algunos parte del adoctrinamiento católico ochentero, disfrazados de cuantos inocentes o relatos escolares en pocas, muy pocas y caras páginas que, con no poco esfuerzo, eran encargados y comprados por mi tía. En esos tiempos las lecturas eran inocentes , se limitaban a unos cuantos cuentos de vez en cuando, y al viaje por el mundo que me daba mi libro de ciencias naturales, parte de una enciclopedia inconclusa cuyo primer número me llegó durante la visita de la peste cristal, a veces las visitas furtivas a "Memorias de una Pulga", más por curiosidad morbosa que por placer, luego descubrí a Patrick Bateman y a todos los monstruos de Stephen King, incluidos aquellos que atacan desde el subconscientes y que, en algún momento, fueron los que dieron cuenta del cadáver de Ícaro luego de su vuelo rasante por en que concluyó se caída. Hoy, recordando los favores de antaño y la inocencia perdida entre gritos, enojos y errores, he comprendido que la espalda de Atlas no descansa entre pasos.
Todos llevamos sobre nuestros hombros los pesos de nuestros pequeños e insignificantes mundos, pero a veces logran concentrarse tanto que pasan a formar una galaxia entera a las luz de los requerimientos sociales. Cargamos con nuestras culpas y miedos, visitamos constantemente esos espacios que, de niño, significaban solar y consuelo, casas de adobe con las que cargamos en una minga interna donde a veces, y en muy pocas y contadas excepciones, logramos tirarla con la ayuda de amigos y vecinos fieles, esos que forman nuestra propia comunidad ecológica, preocupada del cuidado y mantenimiento de nuestro ecosistema espiritual. La espalda de Atlas a de verse cuidada, lamentablemente, las heridas provocadas por el peso de los años y los caminos pedregosos con almohadas de guijarros, no está al alcance de nuestros ojos, lo que dejamos atrás marca nuestro lomo animal, y no somos capaces de ver como se desangra y bullen en heridas, como tampoco somos capaces de darnos cuenta de nuestros daños al girar para mirar atrás, después de todo, la espalda siempre es espalda. Sin embargo, los ojos que a veces logramos pedir prestados y que encontramos enclavados en las miradas de nuestros amigos, jamás se negarán a dar la mirada necesaria para descubrir las heridas y, luego de un balsámico abraso, curarlas o aliviarlas, sacando la armadura y compartiendo el peso. Continuará…



















Esa espalda que
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constituir reservas de agua dulce, generar recursos orgánicos es inevitable.
carga con tanto peso, que fué aumentando su volúmen a través del tiempo,
Sólo Gaia puede soportarlo como lo ha hecho. No debemos abusar, no debemos des-conocer, ni debemos sentarnos indiferentes y fríos.
La pasión por ella, y por todos sus regalos debe hacernos reaccionar.
Saludos Juan Pablo
bellisimo relato.
Luz..