Asuntos de público conocimiento
A propósito del comentario ¿Quién es el público y dónde se le encuentra?, que aparece en el libro Artículos de Costumbres cuyo autor es Mariano José de Larra, se me ocurre la siguiente gansada, y, peor aún, las ganas de escribirla. Escribirla porque cuando un tema nos comienza a rondar, y nos susurra y nos zangolotea y golpea y macanea hasta acabar por agarrarnos de las partes más “grises e iluminadas de nuestras ocurrencias”, no hay caso: Uno debe escribirla sino debe olvidarse del sosiego. Las palabras pujarán, se retorcerán, bramarán e insistirán tanto que no habrá otra opción que sacarlas y colgarlas bien o mal en el abismo de la página en blanco. El problema es que a veces (muchas veces, en realidad) mis iluminadas neuronas apenas producen un guatapique ceniciento, una bengala negra que en la oscuridad se hace humo y nada más. Minucias sin mayor importancia para nadie. Salvo para mí y el corto alcance de mis peludos (perdón: sesudos) análisis.
Pero antes de empezar con mi nunca pedida y desaforada opinión, debo decir (Biblioteca Encarta de por medio) quién era -es- el joven Mariano José de Larra, porque deben ser pocos los que han oído de él y pocos también los que han leído alguno de sus libros. Para comenzar, diremos que nació durante la ocupación francesa en Madrid el año 1809 (…¡¡Hombre!... qué doscientos años son nada!!…) y se suicidó el año 1837. Es decir, vivió solamente 28 años. Su infancia fue muy difícil al tener que vivir en París, pues su padre fue acusado de colaborar con los invasores galos. Ya de vuelta en España, estudió con los Jesuitas y luego en las ciudades de Valencia y Valladolid hasta transformarse en periodista, profesión en la cual llegó a ser uno de los más famosos y mejor pagados (en esa época no abundaban los apóstoles de la prensa; no como hoy que la situación es tan distinta). Larra es famoso por sus lúcidos retratos mordaces y satíricos de la sociedad española de la época. Pero es sobretodo conocido por sus Artículos de Costumbres. Al revés de sus colegas, que daban a sus artículos un aire nostálgico, Larra emplea un tono en extremo punzante, cáustico, donde ironiza respecto de las costumbres, la complacencia, superficialidad y corrupción de la sociedad española. En cuanto a su vida privada y amorosa (dice
¿Qué puede aportar a la sociedad de hoy un escritor de hace dos siglos, y que además muere tan joven?.. Recordemos que él escribía sobre las costumbres buenas y malas de su época (más malas que buenas, por cierto). Usted, paciente lector (“paciencia…, divino tesoro/ que te vas para no volver”), se preguntará ¿cómo las características de esa ya dos veces centenaria época se reflejan en la actual?
El público de ese tiempo, dice Larra, es respetable, es ecuánime, es ilustrado, el público es imparcial. (Como usted ve, las cosas siguen tal cual en este computarizado Chile del nuevo milenio). Mariano José de Larra, a partir de esas y otras deducciones, se dedica a recorrer Madrid para encontrar a tal dechado de virtudes. Sin embargo, su búsqueda tan particular lo lleva a comprobar - con desconsuelo- que ninguna de estas afirmaciones son ciertas. (En este lado, la sociedad chilensis sigue igual pascual)
Hoy, (¡¡Gracias Mariano José de Larra por tan deliciosa lectura!!) y ya por mi cuenta y riesgo, digo (algunos dicen que vocifero) lo siguiente: Sabemos a ciencia cierta que la masa humana que conforma el público es voluble, manejable; lo era entonces y lo es más ahora. Ahora que los poderosos medios de comunicación tienen la sartén por el mango, el respetable público suele ser “informado” de acuerdo a los penumbrosos objetivos editoriales y sociopolíticos de los empresarios y otros que manejan los grandes conglomerados informativos. Además, el ilustrado público tiende a creer a pie juntillas, sin cuestionarse si será cierto o no lo que le están diciendo. “Lo dijeron en la televisión, lo decía el diario; entonces es verdad” Esa parece ser la máxima apetencia de muchos medios de comunicación. Se trata de convencer a la ciudadanía, es decir, al ilustrado público, que la verdad es la que se nos muestra o nos quieren mostrar.
Así tenemos que el público, la masa, camina dormida, sonámbula. Se mueve de acuerdo a la música que le tocan. La función de la masa (llámese público) sería la de no pensar. Ser apagados borregos consumidores que se perpetúen para continuar el círculo “virtuoso” que conviene a los que se creen dueños de la manada, dueños de la verdad, dueños del mundo.
Por mi parte, si se me pide hablar respecto del público moderno, digo que la forma más retrógrada de público hoy es la que asiste a los sets televisivos. Ese respetable y pensante público asiste al Olimpo de las comunicaciones (llámese estaciones de televisión) como mansos y semi-cerebrados espectadores. Por aparecer en la ilustrada televisión, por permitirle asistir a su hez cultural el homo sapiens renuncia a su libertad de opinar, de discrepar, de abuchear, de mostrar mala cara, etc. Si usted es invitado o asiste por su cuenta y riesgo a un estudio de televisión, ya sea para un programa en vivo o envasado, debe estar dispuesto a hacer todo lo que los animadores, productores, directores, publicistas y porteros, le pidan. ¡¡NO OLVIDE QUE PARA ESO LO ACARREAN O LO ACEPTAN ALLÍ!!... Acto seguido, usted batirá palmas hasta el escándalo. Si se llaga las manos, tanto mejor su rol de público. Usted se pondrá de pie y gritará vivas y más vivas en cuanto le muestren un cartelito que diga ¡¡APLAUSOS!! Usted mostrará una sonrisa bobalicona y felicísima apenas lo enfoque la cámara. Llorará como un consumado actor o actriz en cuanto la situación lo requiera o se lo exijan. Contestará como un lúcido y señor filósofo o con un rebuzno (da igual) a cualquier patochada que se les ocurra a algunos de nuestros intelectuales televisivos. Me refiero a la pléyade que se especializa en lo farandulero, los Doctores Honoris Causa en
Si ustedes ¡lectores todos! creían que el peor público es el de las bravas barras que apoyan a los insignes futbolistas, debo decirles que se equivocan. El de las barras bravas, pese a su fanatismo e incondicionalidad troglodita, es más inteligente que el público televisivo. El integrante de la barra futbolera, si su equipo no da en el tono requerido, aguantará una o dos cosas, pero luego reaccionará de manera crítica, y (aunque usted no lo considere así) de modo pensante. Acto seguido, como resultado de esa profunda meditación, vendrán los nobles frutos: empapelarán a bravatas y chuchadas de grueso formato a sus ídolos peloteros y al Káisermariscaldecampoestrategadirectortécnico (¡Uf, vaya título!) incluidas sus santas madres y todas sus solemnes y umbrosas ramas del árbol genealógico. Este público no será muy intelectual que digamos, pero es visceral… No comulga con ostias ni con ruedas de carreta. Por último, mostrará su parecer con puteadas de todo calibre, dialogará a peñascazo vil, esgrimirá un convincente garrote, argumentará con inicuas patadas de karateca a la yugular o amígdalas del contendor. Le cascará con ánimo descrestante (sacar la cresta) a quien se le cruce por delante, especialmente si ese alguien viste de verde policiaco o la camiseta del equipo rival. Pero pese a toda esa muestra grandiosa de leso entusiasmo, las multitudes futboleras no le llegan ni a los talones al respetable e idóneo público que asiste a los sets televisivos, que es, según mi rebuznal criterio, la más concentrada y civilizada (pero nunca inocente) forma de estupidez humana.
¡¡He dicho!!
¡¡¡APLAUSOS!!!
Wilfredo Castro.
Escritor.







He aplaudido pero por lo interesante y entretenido de tu opinión......
Bieennnnnnn