

El arte de gobernar.
(Publicado en Revista Paréntesis, 2005)
La expansión de la creatividad tecnológica y nuestra maravilla por lo que se puede hacer desde ella, nos lleva a pensar en nuestro presente histórico que tal vez todos los problemas humanos se pueden o podrían resolverse desde ella. Todo parece tan sencillo. Sin duda hay ingenio, dedicación, y voluntad de acción para hacer todo lo que actualmente se puede hacer en ingeniería, comunicación, medicina, y robótica. Así mismo se pensaba cuando, en los siglos XVIII y XIX, comienza la gran expansión del pensamiento racional y el explicar científico desde el sentir íntimo que la razón derrotaría a los abusos, las injusticias y los fanatismos, en la creencia de que gobernantes ilustrados llevarían a la humanidad por el camino de la justicia y el bien-estar. No ha sido así, y ahora parece que hemos puesto nuestras esperanzas en la tecnología.
Miremos un poco a los seres vivos. Años atrás, cuando estudiaba medicina, en el curso de fisiología tuve que hacer un trabajo experimental. Yo escogí lo que entonces llamé un estudio de aprendizaje. Era el año 1951, la Dra. Teresa Pinto había traído algunos monos macacos, y me propuso que trabajase con ellos. Yo propuse observar cuanto se demoraban los macacos en aprender a distinguir entre un cuadrado y un círculo. Mi proyecto de estudio tanto como el procedimiento que utilizaría para llevarlo a cabo, fueron aceptados por los profesores del Departamento de Fisiología. El macaco debería escoger la caja que tenía un círculo dibujado sobre ella y no la que tenía un cuadrado, o al revés, cualquiera fuese su posición en el espacio experimental, después de haber encontrado comida en una de ellas. Al hacer las observaciones llegué a la conclusión de que los macacos requerían veinte y siete ensayos para hacer la distinción y no equivocarse jamás. Encantado, me pregunté cuantos ensayos requeriría para aprender a distinguir una cruz de dos líneas paralelas. El experimento con los macacos me mostró que les bastaba un ensayo. ¿Sorprendente? Al hacer mi informe dije que los macacos no tenían dificultad en hacer las mismas distinciones que nosotros en el ámbito visual, y que la aparente demora de aprendizaje no estaba en hacer la distinción, sino que estaba en descubrir como una ley general del cosmos que yo era consistente, y ponía la comida en cada serie de ensayos siempre debajo de la misma figura, fuese ésta la que fuese. Todos se rieron de mí, pero los profesores aprobaron mi trabajo después de escuchar mis argumentos.
Los seres vivos aprenden, cualquiera sea su clase, leyes generales del cosmos que les toca vivir, y guían su vivir con esas leyes generales. Los seres humanos como seres vivos hacemos lo mismo, pero lo peculiar nuestro es que desde este aprendizaje de leyes generales del cosmos creamos tecnologías, religiones, ciencias, filosofías,... como ámbitos de pensar y acción sustentados por teorías que guían nuestro vivir y que usamos para justificar nuestro hacer. Después que se inventa la radio a pilas, surge toda la robótica desde la transformación de la estructura de la radio y la visualización del espacio relacional en que pondrían operar los nuevos artefactos. Nada extraordinario, sólo más de lo mismo bajo nuevas intenciones y deseos.
Los seres humanos, sin embargo, queremos algo más que el encanto del conocimiento de las leyes generales del cosmos. Queremos certidumbre en nuestro manejo del mundo que vivimos. Y la queremos mediante la aplicación de las leyes generales del cosmos, pensando que su aplicación no sólo nos da poder de acción, sino que además nos libera de responsabilidad por nuestro hacer porque usamos procesos naturales: queremos que todo suceda como queremos que suceda en cualquier dominiono humano y humano. Y para lograr este doble intento inventamos teorías sobre la conducta y el bien-estar humanos, buscando leyes generales del cosmos que justifiquen lo que hacemos, con el propósito de obtener los resultados que queremos a cualquier costo bajo el argumento de que al usar esas leyes nuestro hacer es racional y objetivo, y por lo tanto de validez universal y trascendente. En este sentir queremos también gobernar: queremos ser gobernantes racionales, justos desde la razón. Pero el ámbito humano no es como el ámbito no humano: las moléculas, las células, los metales, los plásticosno se quejan, los seres humanos sí. Estudiamos las leyes del mercado, las leyes de la mente humana, el cómo opera el sistema nervioso, el cómo operan las emociones,para a través de ellas asegurarnos de que las conductas de los consumidores, del público,de los ciudadanos, sean como las queremos. Pero en el fondo los seres humanos no queremos eso, no queremos ser manipulados, no queremos que otros determinen nuestro hacer y nuestro pensar; lo que queremos es ser responsables de nuestro hacer a través del entendimiento. No queremos ser seducidos, queremos escoger, no queremos ser sometidos al arbitrio de otros, queremos ser autónomos, éticos y con ello ser responsables conscientes de nuestros actos. Ningún ser vivo está bien sometido al arbitrio de otros. Lo peculiar nuestro en este respecto, es que nosotros los seres humanos podemos reflexionar y escoger nuestros deseos, podemos escoger lo que queremos vivir.
En estas circunstancias ¿cual será el arte de gobernar? Naturalmente, como todo lo humano, dependerá de lo que queramos conservar en nuestro vivir, y del mundo de convivencia que queramos contribuir a generar cuando nos corresponda la tarea de gobernar. Una de las leyes generales del cosmos es que no podemos determinar lo que sucede en un arbitrio absoluto, ni en el mundo natural ni en el mundo humano. No disponemos de una varita mágica. Por esto el arte de gobernar es el arte de coordinar voluntades, deseos, ganas de hacer lo que se sabe hacer en el momento oportuno y en el lugar adecuado, es decir el arte de gobernar es el arte de coordinar emociones. ¿Cómo? ¿Desde la exigencia y manipulación que niega al otro, o desde el mutuo respeto que acoge y posibilita?
El gobernar se mueve entre dos emociones extremas: la obediencia y la colaboración. La obediencia surge desde la negación de sí mismo en el miedo ante la amenaza, y la colaboración surge desde el respeto por sí mismo en el placer de hacer lo que se hace con otros. En la obediencia se exige rigidez y se restringen las conductas inteligentes, no se tiene presencia y no se pueden corregir los errores pues se niega el verlos ya que su descubrimiento amenaza el vivir porque se duda de la honestidad y se los castiga en una invitación a la mentira. En la colaboración se amplía la conducta inteligente y creativa, se pueden corregir los errores porque nunca se amenaza el vivir y hay respeto para verlos porque no hay duda de la honestidad. Pero, por sobre todo, qué camino emocional queremos seguir en el gobernar depende del mundo que queremos vivir. ¿Queremos un mundo de personas íntegras, o un mundo de seres resentidos? ¿Un mundo abierto a corregir los errores o un mundo encerrado en las apariencias?
Sólo en la convivencia democrática generada día a día en la colaboración se vive en el respeto por sí mismo y por los otros de modo que los niños y niñas aprenden ese vivir como su convivir espontáneamente deseable. Sólo en un gobierno que se funda en el respeto mutuo desde la honestidad y la confianza en la honestidad, cabe la democracia como un ámbito de convivencia en el proyecto común que genera día a día ese modo de convivir como un ámbito de colaboración para la conservación de ese convivir.
Humberto Maturana
UN APORTE