recuerdos del pasado

Enviado por holaaa el 30/06/2008 a las 0:01
holaaa

HEROE ANONIMO

 

El amanecer del 11 de Febrero de 1974 fue un típico despertar de verano en el norte de Chile.  Asoleado, de tímida tibieza pero luminoso.  Sin embargo, su esplendor no reflejaba la inmensa tragedia vivida en el interior de la carcel de Pisagua transformada por la dictadura militar que encabezó Augusto Pinochet en carcel para prisioneros de guerra.  El drama que se desarrollaba en el interior del viejo recinto carcelario se derivaba de la conclusión del Cuarto Consejo de Guerra iniciado el día anterior.  Dicho Consejo de Guerra había sido diseñado para castigar al Partido Comunista de Iquique.

 

Aún faltaba para las 6 de la mañana cuando ingresaron a la carcel dos de los autores de la farsa, Ramón Larraín Larraín, comandante del campo y Mario Acuña Riquelme, el juez convertido en Fiscal Militar.  Luego se procedió a leer las sentencias las que variaban desde libertad, relegación, diferentes grados de prisión y llegaban hasta la pena de muerte.

 

Debe hacerse notar algo muy decidor: los “valientes soldados” leerían todas las sentencias pero no la de pena de muerte.  Las víctimas condenadas a la pena mayor sólo se enterarían de su fusilamiento si sus nombres no eran mencionados.  El último en ser nombrado fue Ricardo Torres Morales; sin nombrar quedaron Luis Toro Castillo y Alberto Yañez Carvajal.

 

En una demostración de crueldad y suprema arrogancia, Larraín ordenó a ambas víctimas a despedirse de sus compañeros antes de ser llevados al altar de su sacrificio.  Mientras Toro, con voz quebrada y quejumbrosa, entregaba su adiós, por entre los barrotes de la celda en que me encontraba, noté que en un aparte Acuña, de espaldas a mí, le hablaba a Yañez y que éste respondía con voz que reflejaba su ira e impotencia: “No, señor Fiscal... No, señor Fiscal repetía airado.

 

Nunca supe lo que el cobarde decía a Alberto que creaba tan fuerte respuesta.  Me imagino que tendría que ver con crueldad, burla, arrogancia y cobardía.  Estoy cierto que Alberto debe haberse cruzado con el Juez Acuña por razones de su trabajo como administrativo del Servicio de Prisiones de Iquique.  Acuña había sido investigado y castigado por su envolvimiento con actividades de narcotraficantes.  Seguramente había mala sangre entre ambos  y ahora el Fiscal Militar podía desplegar su rencor acumulado desde los días en que cayó en desgracia con la justicia, durante el gobierno de Salvador Allende. Ha sido mi opinión desde siempre que el sacrificio de Alberto tuvo más que ver con la venganza personal de Acuña que con razones politicas.

 

Minetras contemplaba la extradordinaria escena entre el Fiscal y su víctima, mi mente viajó con la velocidad cósmica con que el pensameinto visita las habitaciones donde reside la memoria y el recuerdo, llevándome a revivir como conocí a la familia Yañez. 

Entre mis compañeros de escuela primaria se contaba Angel Yañez Carvajal, hermano menor de Alberto con quien, por razones de edad, no llegué a tener una amistad estrecha.  Yo sentía gran simpatía por Angel por su caracter tranquilo y por ser bueno para el fútbol.  Mi cariño me llevó un día hasta un pequeño grupo habitacional perteneciente a ferrocarriles, ubicado en un lugar muy remoto de Iquique, a los pies del cerro.  Se le conocía como  “La Siberia”. 

 

Hasta alli llegué una tarde para jugar unos minutos con Angel. No volví pues la jornada era larga y cansadora para un niño de pocos años.

Envidiaba a Angel y a sus hermanos ya que para llegar a la escuela eran transportados en un “autocarril” hasta la estación de trenes en Sotomayor con Vivar.  Para mi viajar en tal vehículo era una aventura maravillosa.  Gustoso habría cambiado mis mejores juguetes por sentarme a su lado aunque fuese por una sola vez. 

Más adelante, la familia Yañez se mudó mucho más cerca de la ciudad, en la vieja estación ubicada enfrente del estadio Iquitados próximo al barrio El Colorado.  Nuevamente fui a visitar a mi querido amigo.

 

Finalizada mi educación primaria, ingresé al Instituto Comercial donde ya estudiaba Alberto, el mayor de los hijos hombres de los Yañez.  Por ser éste compañero de curso de un vecino mío, era costumbre que hiciéramos juntos el recorrido hasta nuestro colegio.  Así me enteré que Alberto tenía gran talento para el fútbol.  Dicho talento le ganaría un puesto en la selcción juvenil y más tarde en la adulta de nuestra ciudad.

 

También y por la misma amistad común que teníamos con mi vecino, estuve presente en el patio principal del Regimiento de Infantería Carampangue # 5 durante la ceremonia de “entrega de armas” en 1960. 

Poco después, pude verlo jugar fútbol por Iquitados y por Sportiva Italiana tanto en el estadio del Iquitados como en el Municipal.  Ambos equipos pertenecían a la Primera División del fútbol iquiqueño.

 

Una vez convertido en empleado del Banco Central, le divisaba en su bicicleta yendo en dirección a su trabajo en el Servicio de Prisiones un par de cuadras más al sur del banco.  Fue por entonces que supe que Alberto era militante del Partico Comunista donde destacó como un excelente dirigente poblacional. 

Y ahora, en esta mañana, seguía manteniéndome cerca de Alberto en el patio de la carcel de Pisagua donde estaba a punto de entregarnos sus últimas palabras, un adiós prematuro.  Llegado su turno, dio unos pasos al frente para ocupar el estrado de su despedida.  La audiencia la formaban los cientos de prisioneros, los guardias y sus asesinos: el comandante Larraín y el cobarde Fiscal Acuña.   A unos pocos kilómetros al norte, en Playa Blanca, a un costado del cementerio, sus ejecutores se preparaban aguardando a sus víctimas como buitres en el desierto que sobrevuelan siniestros y amenazadores.  Estaban formados a pocos metros de la fosa con sus fusiles cargados con balas de guerra.  Eran casi las seis de la mañana.

 

Nunca sabemos la reacción que desplegaremos cuando estemos mirando a la muerte directamente a su cara.  Alberto lo aprendió esa mañana del 11 de Febrero de 1974.  Con increíble elocuencia, calma, claridad y valor compartió con nosotros, sus hermanos de infortunio, su reencuentro con Dios. Nos aseguró que moría tranquilo condenado por los hombres pero que una justicia superior le sabía inocente.  Que no guardaba rencor hacia quienes apretarían el gatillo asesino que truncaria su joven vida.  Que habían otros seres a quienes responsabilizaba de su muerte, aquellos que tan injustamente le condenaban conociendo su inocencia.

 

Pidio que su sacrificio no fuese en vano.  Que ojalá sirviera como ejemplo para que tamaña injusticia no se repitiera.  No imploró por su vida ni renegó de sus ideales por conseguir justicia social para los chilenos más desposeídos.

Alberto vivió como un hombre y murió como tal.  En realidad, ayudó a muchos de los presentes a tratar de hacer lo mismo llegada nuestra hora.  Cuando las cosas se ponen feas, cuando la tormenta arrecia y perdemos las fuerzas, muchos o quizás todos los presentes en Pisagua esa mañana nos aferramos a su ejemplo y usándolo como peldaño nos mantenemos erguidos y con la frente en alto, luciendo el pecho inflado de orgullo.  Es decir, de la misma manera que él caminó a enfrentar el final de su joven vida.

 

Sus restos descansan hoy en el Cementerio # 1 de Iquique tras haber sido hallados en la fosa de Pisagua.  Yo invito al lector de estas líneas a meditar sobre lo narrado, recordar el nombre de este héroe ignorado y esta su historia que es la historia de muchos chilenos.

 

Germán Altamirano

Vancouver, Canadá.

 

 

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