profe marlys

Reflexiones.

Vivimos en una sociedad que ha experimentado enormes y acelerados cambios. No sólo la nuestra, sino la del  mundo entero. La idea de "aldea global" cobra más y más sentido.

Se nos ha convencido de tener una "experiencia comunicativa". Cada vez más cerca, a través de los numerosos medios masivos de comunicación. Cada vez más rápido, pero no necesariamente mejor.

La pregunta que se desprende de estas afirmaciones es si estamos o no verdaderamente comunicados. Si el ser humano está preparado para recibir, descifrar y procesar la cantidad de información a la que está expuesto. Si el desarrollo tecnológico se mueve al mismo ritmo que nuestra evolución como seres humanos.

Sucede que en cuestión de minutos podemos informarnos de sucesos que han ocurrido a miles de kilómetros de distancia, sin movernos de nuesta silla, ni quitar nuestros dedos del teclado o el control remoto.

Mi propuesta es admitir que no sabemos qué hacer con toda esa enorme cantidad de información. Que no sabemos discriminarla, ni jerarquizarla, determinar qué es importante saber, y qué ocupa un lugar innecesario en nuestro cerebro (colocamos al mismo nivel las noticias de orden político y social, con los programas de farándula, o los reality shows, que venden muy barato "la experiencia de realidad").

Mi propuesta es admitir que no experimentamos mayor compañía ni comprensión por pertenecer a una red social, o por crear un grupo. Que no estamos realmente informados por ver los noticieros o leer los diarios. Si no somos capaces de discriminar qué porcentaje de esa información es objetiva, y qué porcentaje no lo es. Si no somos capaces de aplicar una mirada crítica a esa información.

Mi propuesta es establecer que una parte, no menor, de la violencia que nos rodea proviene de este flujo incontrolable que nos arrebata como una ola ineludible.

Nos desesperamos cuando debemos esperar unos segundos más para cargar una página, nos genera molestia y frustración. Ya que nos produce una falsa sensación de inmediatez, que en el mundo real, el de las personas de carne y hueso, no sucede. A veces hasta puede generar la violencia suficiente para golpear (un teclado, un teléfono, una máquina de bebidas, un televisor.....), como si eso fuera a darnos la respuesta que necesitamos.

El café instantáneo, la leche instantánea, el puré instantáneo, la comida preparada, las relaciones sustituíbles, los matrimonios desechables.

El amor... irremplazable.

No podemos remplazar una caricia en la espalda, un beso en la mejilla, el tono de una voz cálida dando un consejo. No podemos remplazar la presencia del profesor en la sala, la mirada cómplice del amigo, o la madre sentada a la orilla de la cama (leí en el diario, hace unos días, cómo es que los científicos están trabajando en la tecnología que permita a los usuarios de las redes sociales experimentar un "beso virtual", con un dispositivo que contiene una bombilla en la cual, ambos "interlocutores" pueden pasar la lengua para replicar un "beso francés virtual").

El primer paso para mejorar de esta enfermedad contemporánea es reconocer que no existen sucedáneos. Que debemos hablar de la muerte. Que debemos pedir perdón. Que debemos hablar de los problemas. Que la presencia, las emociones, el contacto humano son absoluta e indudablemente irremplazables. Que sentir dolor es necesario. Son necesarios el duelo, el hambre, el frío, la soledad, la derrota. Porque básicamente estamos construyendo una sociedad incapaz de comunicarse de forma efectiva. De sentir dolor propio y ajeno. Y este dolor que evitamos es tan necesario en la condición de ser humano, de ser persona, de ser trascendentes (cuerpo y alma). El dolor que tan eficazmente eludimos es una herramienta de crecimiento, así como el miedo es una voz de alerta ante el peligro.

Estoy conciente de que son muchas las aristas que se exponen en esta reflexión: la comunicación, la información, la experiencia de la realidad, el dolor. Por lo cual debo admitir que ésta es sólo la primera de muchas reflexiones, y que, al paso de "las horas", mi percepción de estos temas pueden variar de perspectiva. Pero eso es innegable y necesario. La evolución, el cambio, el desarrollo, nos dan la sensación sublime de que estamos vivos. Y el expresarnos con palabras, aunque bien sea un monólogo, nos otorga la sublime sensación de que seremos oídos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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