Noche en Santiago

Enviado por Gabriel Prach el 13/08/2008 a las 20:58
Gabriel Prach

Santiago

                                                 

 

              La calle a las once de la noche está desierta; Está vacía y silenciosa como iglesia abandonada. Las luces difusas tras los vidrios empañados de las casas se mezclan con los haces azulados de algún televisor encendido. La noche está muda y solo la perturba el frenético ladrido de un perro furioso o el ulular siempre inquietante de alguna sirena que agoniza a lo lejos.

                Las cortinas verdes semicerradas dejan entrever el ocasional paso acelerado de individuos que pareciera que escaparan o desde o hacia su casa, con los ojos temerosos dispersos entre las sombras de la esquina y la poca iluminada vereda. Silenciosos, cuales espectros transitando la calle sin mirar y a la vez viéndolo todo. De alguna manera él se siente huyendo con ellos. En la vereda de enfrente de su ventana, una mujer se pasea con un bolso de cuero en bandolera y en su mano siniestra mueve nerviosa un cigarrillo humeante que ilumina una mirada maquillada en exceso cuando da una pitada. “Una puta” piensa.

                Cuantos como él viven solos en esta ciudad. En donde lo más conocido era el lugar en donde se encuentra el trabajo y el rutinario trayecto de regreso a casa, en su caso, al oeste de la torre de comunicaciones. Cuantos como él odian esta ciudad. Un lugar que complace los más mínimos deseos si se cuenta con el dinero suficiente para aquello. Todos los días el viaje de su casa a la oficina y viceversa. Esas habían sido sus fronteras imaginarias, aquellas que se van construyendo por la desazón, por el continuo machacar del tiempo que no sabe de sorpresas y que no desea tenerlas. Solo en raras ocasiones se había arriesgado a aventurarse más allá. Alguna vez para acompañar a algún familiar a algún sitio que él, por el hecho de residir tantos años allí, obligadamente debía conocer. También por razones de trabajo. Estas últimas muy de tarde en tarde, ya que siempre prefirió el trabajo en la oficina; Lo suyo eran los papeles y esa ruma de archivos y programas de computación que tan bien había aprendido. Su jefe siempre lo inscribía en cursos, pese a su resistencia. Pero en fin, siempre lo convencía que era necesario, que nadie más podría hacer las cosas como él y en cierta medida le gustaba sentirse así, tal vez por ser una de las pocas ocasiones en que se sentía apreciado. Aunque conciente o inconscientemente se daba cuenta que aquello era solo una ilusión de un alma desesperadamente sola como la suya.

                A pesar de llevar varios años en la ciudad aún no se acostumbraba bien del todo a ella. No obstante había aprendido a escuchar el ritmo que tenía. Esa especie de respiración que se escucha al subir en algún ascensor o cuando todos los pasajeros del subterráneo descienden al unísono en alguna estación. Esa suerte de caos ordenado que jamás se dispara en ningún sentido, pero que sin embargo esta latente en cada mirada o palabra que se cruza en el transcurso del día. Esos vaivenes insospechados que producen millonarios promocionados en la tv, o la muerte que avisa su presencia en un accidente que ocurre muy cerca o el peligro inquietante, morboso, de algún pasaje estrecho y oscuro con alguna mujer de aliento alcohólico y pasos inseguros. Aquella que invita a pasar una noche salvaje por solo unos pocos pesos. Siempre en algún hotelucho de mala muerte o en la calle, la plaza o donde la urgencia lo permita. Pero él aún se resistía a entender ese acelerado ritmo de vida. Siempre se sintió estar viviendo en el sitio equivocado. Como si siempre llegara atrasado a todas partes. Hoy más que nunca sentía que era así.

                La televisión entregó las mismas noticias de siempre, pero con diferentes actores. Luego la chica que predice el clima, con su blusa ceñida y esa mirada entre coqueta y seria que mira de frente la pantalla. Anuncia lluvias estrepitosas para este lado del mundo. ¿Dónde había dejado su paraguas? se preguntó. Volvió a mirar por la ventana. La puta seguía allí.

         La culpa fue de él y lo sabía muy bien. Pero las cosas eran como eran así es que ella arreglo la pocas pertenencias que tenía y se marchó. Supuso entonces que volvería, como muchas otras veces lo había hecho. Sin embargo aquella vez fue la definitiva. ¿Por qué nunca le pidió que se casaran? La pregunta se la hacía a diario. Cuando la soledad aprieta el alma, cuando se asienta y aplasta con su infame sosiego. Cuando los ruidos cotidianos, ya sea la gotera que se precipita incansable en la tina del baño o un choque de vasos de cristal, semejan estampidos y se acrecientan y rebotan por todos los rincones. ¿Por qué?...

                 Él trata de mantener la calma, el silencio; Casi aguantando la respiración para no perturbarse, para no asustarse de tanto olvido. Para no tener que soportar el sentirse olvidado. Porque la cruda realidad es ésa. Nadie se acuerda de él y lo terrible y peligroso es que se ha acostumbrado a aquello. Es posible que ésa sea la respuesta a la huida de Flora en una tarde lluviosa a comienzo de Agosto. El terror a esa soledad que lleva él en la médula y que nada puede cambiar. Esperó hasta el último instante con la mano en el pomo de la puerta y la mirada puesta en él, pero no la miró, al contrario, sus ojos permanecían clavados en la pantalla del televisor y no viendo nada. Pero cuando ella cerró la puerta y sus pasos resonaron al bajar la escala que conducía a la calle, lloró desconsoladamente, porque recién pudo comprender que sería para siempre.

                El reloj anclado a la pared por dos delfines metálicos indicaba las doce de la noche. Éste había sido un regalo de ella seguramente para que contara las horas de su regreso, cosa que nunca hizo. Buscó en la repisa la botella de vino abierta la última noche con Flora. Escanció un poco del líquido aromático en un vaso y encendió un cigarrillo, luego apago el televisor y puso música en la radio que tenía en el velador.

                La había conocido en la parada del bus. Tenía por entonces unos 40 años y su calvicie y barriga no tan desarrollados como ahora. No se atrevió a decirle nada, solo la miró nerviosamente, con ansias, deseoso de su cuerpo, pero con miedo y vergüenza. Lo más que llamó su atención de ella fueron sus labios finos, delicados como alas de mariposa y pintarrajeados con un tenue color roza. Aquella era una boca ávida de besos pensó y así lo comprobó cuando los labios de ella arremetieron en una cópula frenética sobre los suyos. Lo único lamentable de ésta aventura, fue el pago que debió realizar por sus servicios al término de la noche.

                Con el paso del tiempo continúo viéndola seguido. La invitaba a su departamento todas las semanas y se veían prácticamente como una pareja normal, de no ser por el temblor de su mano al efectuar el pago poco antes de marcharse después del desayuno. Pasaron tres meses y se dio cuenta que se había enamorado de ella y al mismo tiempo, un inesperado rencor comenzó a anidarse en su espíritu. Una rabia incontrolable producida por los celos ciegos a quienes poseían igual que él a Flora. Un odio a los olores extraños que encontraba en su cuello, a la delicada ropa interior que cada día ella preparaba en una estresante rutina, para él claro, porque sabía que serían otros los que sacarían esas prendas antes que él y el sólo hecho de pensar en ello hacía insoportable el hasta hablarle. El desastre se veía venir y no hizo nada por impedirlo. La miraba desde la cama cuando se levantaba y se imaginaba entre que sábanas iría a dormir aquella tarde, quien tocaría esa espalda nacarada, esos suaves muslos y sus enhiestos y desenfadados pechos. ¡Mierda!, todo aquello fue una verdadera tortura y estuvo bien después de todo terminar con aquello, y sin embargo el recuerdo persistía.

                ¿Qué se puede hacer con los recuerdos?, ¿Cómo arrancarlos del alma?, ¿Cómo levantarse cada día?

                No es nunca fácil continuar con la rutina de siempre; El diario vivir impostergable, la secuencia fotográfica del día y la noche que como juez implacable no se detiene y nos obliga a seguir representando el juego de siempre, esa rutina que nos abraza y nos aprieta de tal forma que nos ahoga dejándonos sin respiración, a veces para siempre.

                Y ahí estaban sobre la mesa, las cartas que le envió infaltablemente cada mes, todas ellas en sobres rosados y esquelas con flores estampadas en sus bordes. Parecía inconcebible que una mujer de la calle como Flora, pudiera ser tan sensible, tan delicada en cada detalle. Pese a ser lo que era o lo que fue, porque en sus líneas le ha contado que ha dejado de caminar las veredas, que se ha marchado al sur y a puesto un negocio de venta de inciensos, flores y artesanías diversas. Le dice que lo atiende a diario y que la vida le ha cambiado, pero que necesita su presencia para ser enteramente feliz. Le pide que se vaya con ella, que aún es tiempo de rescatar lo que vivieron, que lo que empezó como una noche más para ella se convirtió de pronto en verdadero amor.

                El nunca respondió aquellas cartas. Culpa de un orgullo estúpido, inútil, suicida en estos tiempos. Porque en un mundo con pocas oportunidades, especialmente en materias del corazón, las que a veces nos llegan y no aprovechamos son un desprecio a la vida. Al menos él ya la desprecia, la aborrece en realidad.

                Abrió la ventana de su departamento en el quinto piso y una fría brisa nocturna invadió la habitación en que se encontraba. La puta allá abajo miraba de aquí para allá y no aparecía ningún cliente. Si sólo fuera Flora pensó y comenzó a desvestirse.

                Ahora estaba esa carta en sobre blanco y con la esquela arrugada tirada en el suelo, debajo de la mesita de noche. No fue capaz de leerla de nuevo. Se casaba le decía, que era ésta la última despedida, que la soledad mata y que la perdonara, pero él estaba medio muerto ya. Quizás tenga razón se dijo. La muerte a veces nos llega y no nos damos cuenta. Algunos andamos como muertos y convertimos la vida de los demás en un verdadero sepulcro o velorio infinito y lo peor de todo es que no nos damos cuenta.

 

    

                Ella lo vio caer sin emitir ruido alguno. Fue todo sin alharacas, sin escándalo y si no fuese por el ruido sordo que hizo al estrellarse en el cemento hubiera pasado desapercibido. Se precipitó casi desnudo y su cuerpo quedó acurrucado como un niño a escasos metros de la mujer en la calle. Solo lo cubrían sus calzoncillos y en su mano derecha el anillo que había comprado para la boda que no se atrevió a realizar. La mujer lanzó el cigarrillo encendido a medio fumar y la brasa iluminó una tenue sonrisa en el hombre muerto en la acera; Apretó el bolso bajo el brazo y comenzó a andar por la vereda sin volver la vista atrás. Definitivamente ésta no era su noche.

Gabriel Pach

http://tallerbuceotactico.blogspot.com

                      

 

   

 

Etiquetas: | Regiones

noche en..........

Enviado por el 15/08/2008 a las 07:37 PM
gerardo

Gabriel, gracias por el aporte.

este relato novelado me hizo recordar a un amigo

del ayer y  escritor Armando Mendez Carrasco y sus novelas ,

una de ellas tiene  entre sus personajes a  un chico cupirtita

y su amada ninoska  una prostituta del puerto

donde está ambientada.

                                  


El puerto

Enviado por el 17/09/2008 a las 11:53 AM
Gabriel Prach

Y sus mujeres alegres.

Tema recurrente y actual.
Gabriel Prach


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