Acerca de los turbios acontecimientos que precedieron a la muerte de Edgar Alan Poe
Enviado por Fernando Russo
el 26/08/2008 a las 19:01
La noche en que conocí a Edgar Alan Poe, él acababa de decretar la bancarrota del Broadway Journal y yo venía de enterrar a mi enésima Morella. Llovía en Cipolletti y a falta de opio y láudano, compramos una botella de caña.
?Mi vida no ha sido más que capricho, ilusión, pasión, deseo de soledad, desprecio del presente, anhelo del porvenir?? me dijo mientras confirmábamos en el cementerio que, como de costumbre, la tumba de la nueva Morella estaba vacía. En ese momento supe que, nuevamente, se me incrustarían cipreses en la médula espinal, que a partir de ese instante comenzaría a girar como un barco en un cañadón de olas feroces y serían torbellinos gélidos el dolor y el espanto, persistentes, más allá de una fugaz tregua.
??hay una conciencia que siempre acompaña al pensamiento, es ella la que nos hace ser lo que llamamos nosotros mismos, distinguiéndonos de otros seres que piensan y dándonos nuestra identidad personal?? aseveró Edgar a modo de ineludible condena, mientras me pasaba la botella para poder tener las manos libres y orinar sobre unas calas marchitas que ensombrecían una tumba olvidada.
El cielo comenzó a latir cual si fuera un corazón recluido que nos devolvía miradas estáticas y frías como las de un ojo de vidrio que taladraba mis sienes.
Un resplandor extraño iluminó brevemente el camposanto mientras recrudecía la lluvia. La noche palpitaba, percutía desmoronamientos inmateriales que retumbaban en mi cráneo fisurando sus paredes. Fragores en el cielo daban cuenta de la presencia espectral de Morella
lacerando mi hígado, masticando mis labios hasta dejarme un feroz agujero en el rostro para que la muerte solo pueda reconocerme por las excoriaciones de mis dientes.
La atmósfera se desplomó liberando almas anquilosadas. Las ratas que fluían de los drenajes,
resistían al naufragio aferradas a botellas plásticas, junto al cordón de la vereda. Los faroles de la calle, como huevos astillados, confirmaban el nacimiento de basiliscos que, con sus ojos infartaban nuestros pasos titubeantes.
??la noción de identidad (?) en la muerte, se pierde o no se pierde para siempre?, vomitó Edgar Allan, y en tanto que su bilis se mezclaba con el agua pestilente, Morella, con amorosa parsimonia y dedicación me evisceraba, huyendo luego con mis intestinos enrollados en sus brazos, mientras los perros se disputaban el páncreas, el hígado, los riñones, buscando proteínas.
Los automóviles parecían canoas fantasmagóricas. Navegaban con lentitud, evitando mojar cintas de freno y bujías y nos esquivaban negándonos la posibilidad de ser triturados por sus tragaderas mecánicas, tan parecidas a las de los monstruos que me atormentaban
durante la infancia.
Un arrumbado tronar abultó las aguas. Efluvios nauseabundos trepaban las oleadas como camalotes poblados de sombras y espectros perturbados. La noche de deshilachaba y el agua hería con algas putrefactas, como navajas oxidadas, degollando voluntades.
Cinco días después, sin saber muy bien cómo, amanecí en la Sala General del Hospital Local. Morella, rejuvenecida y fascinantemente enigmática, se acercó a mi cama y me informó que ya podía volver a casa. Sobre una silla, envuelta en una hoja de diario, estaba mi ropa.
Dispuesto a quedarme indefinidamente allí, tomé la página del ?Río Negro?. Era la edición del día 8 de octubre de 1849. Junto a un recordatorio de mi esposa, la prensa daba cuenta que el día anterior en el Washington Hospital, había fallecido un borracho encontrado días atrás en un callejón, cercano al Cementerio de Cipolletti, en estado de semi - inconsciencia. Pensé en las calamidades de los desangelados y cerré los ojos. Necesitaba dormir. Sólo necesitaba dormir.
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