¨Un muro alto y una barrera de policías armados hasta los dientes nos separaban del ghetto y de sus escondites. Todo aquello por lo que había vivido y luchado, había perdido su sentido. Mi papá estaba medio inconsciente, mi madre, como siempre, tranquila, incluso me sonrió. ´No te asustes, me susurró al oído, todos tenemos que morir, sólo morimos una vez. Y nosotros vamos a morir juntos, no tengas miedo por eso, no va a ser tan terrible´¨. Halina Birenbaum, sobreviviente del Holocausto
Al cabo de un rato la gillette ya no lastimaba. Recorría breves trayectos desgarrando ligeramente su piel. Pequeños hilos de sangre le iban tiñendo la muñeca y dibujando azarosamente extrañas figuras, que se escurrían hasta estallar en el piso. Jugaba como con un caleidoscopio subiendo y bajando el brazo, girándolo a diestra y siniestra. Cada corte se convertía en un tributo ritual, en una pintura monocrómica con vocación de coagulo, mientras la brutal intemperancia de la luz revelaba la descarnada verdad de las figuras aplastadas. La sangre lo estimulaba y el filo de la hoja mutilaba momentáneamente su angustia. Cinco, diez, quince, veinte cortes leves ¿Por qué no podía traspasar la epidermis y desgarrar pasada tras pasada, la carne, buscando una vena palpitante? Un nuevo tajo, una mueca, eran la patencia de la más profunda de las cobardías; la confirmación del aniquilamiento del impulso. Al cabo de un rato la gillette lo estimulaba nuevamente. Recomponía las imágenes desperdigadas y acariciaba la piel que se extendía excitante, como una tela cuidadosamente preparada. Las yemas de los dedos de su mano izquierda se impregnaban de un delgado frío que crispaba, como la voz de Peter Hamill, herrumbrosa, como la quilla de aquellos barcos que continuaban acumulando algas y aullidos ultramarinos. El agua fría lo lastimaba y daba un matiz rojizo, luego, al lavatorio. El sol agónico de ese invierno erizaba su ánimo reverberando manifestaciones de otras latitudes: la culpa judeo - cristiana, los gemidos de los torturados que, a veces, desocultaba el viento en solitarias madrugadas o el pavor de la helada cayendo sobre las calles habitadas por un miedo omnipresente. Otro corte y otro después del agua, y la voz de Peter Hamill diciendo When she comes y develando, en ese instante, la fatiga, la irrelevancia de la flagelación como expiación de la imprudencia. Al cabo de un rato la gillette había perdido el filo y la agonía la urgencia. Una masa inflamada y sanguinolienta, latía ausencias, latía tristezas; cuestionaba las órdenes del sistema nervioso, cuestionaba la vocación de vivir a la altura de la desesperación entre tanta muerte, miseria y horror en países impensados que abrían sus bocas como los peces de un acuario. Ahora, muchos años después, una luz mortecina forcejea con la desvencijada persiana intentando ganarle un espacio a la oscuridad. Como los zapatos, los lentes o los dientes de oro que se apilaban en Treblinka, Auschwitz o Dachau, en una esquina de esa misma habitación se amontonan otras muertes y otras impunidades. Tal vez sea el anochecer de un lunes o quizás el de un martes. En Bergen - Belsen se recuerda permanentemente que Ana Frank nunca llegará a Hollywood mientras en la penumbra, las pupilas se dilatan para poder seguir la trayectoria de las cucarachas. Como una mina que se fragmenta lentamente, como una bala que se demora en atravesar una nuca, como una muerte prematura y prolongada en una comisaría, penden las sombras a modo de un ser mitológico, -como un hipogrifo, como una hidra o una serpiente marina- triturando denticiones, quijadas y encarnaduras. La habitación es un país macheteado, un animal descoyunturado, arrastrándose agonizante, probablemente a ninguna parte. Las lauchas recitan el Deuteronomio y las paredes repiten con voz de cal: justicia, justicia perseguirás. La amnesia no encuentra asilo al ángelus y Pandora libera sus monstruos: redes ferroviarias, gases de motores, deportaciones, exterminios, submarinos y picanas; capuchas, un falcon verde, la extradición de la solidaridad, la desesperanza, la miseria. Tal vez sea la anochecida de un lunes, piensa. Quizás la de un martes o la de un domingo de fútbol y hastío. Los olvidadores arrojan desde un avión al mar cualquier vestigio. Las cucarachas resisten. Las astillas de los huesos reclaman. Los ojos aullan. Los diáconos de la intolerancia pintan en paredones fusilados: ”Somos derechos y humanos”. ”Arbeit macht frei”. “¡Muerte a los extranjeros maximalistas! ” En la penumbra, ve como una madre despide a un hijo que parte hacia la muerte y viceversa. Otra, inicia un revuelo de pañuelos y los gusanos recuerdan que en los campos de concentración nunca entraban flores ni volaban las mariposas. Una luz mortecina al sur de Odessa al sur forcejea con la desvencijada persiana intentando ganarle un espacio a la oscuridad. Las cucarachas resisten. Las astillas de los huesos reclaman la liberación del anonimato de las fosas comunes y la puerta soporta el lamento de los cerrojos oxidados. La baba de los caracoles transforma en senderos, el bramido de millones de gargantas. La oratoria de aquellos puños y esas muelas, de las cuerdas vocales y las lenguas babilónicas, se adhiere a la cal ligera y talla con gesto sereno y fiero: justicia, justicia perseguirás. La memoria de la masa tumefacta de aquel brazo de hace muchos años intuye que pronto llegara el día liberando las voces de las sombras, cicatrizando los cortes añejos y desnudando nuevas ulceraciones, como, por ejemplo, pensar que tal vez, en ese momento, ella estuviese volviendo a su casa, huyendo furtivamente de un lecho ocasional, sintiéndose nuevamente vacía y asqueada, aún después de haber aprendido duramente que el deseo no necesita coartadas ni disculpas. Pensar que, tal vez ahora estaría detenida en un semáforo, mirando sus ojeras en el espejo retrovisor o acomodando con movimientos nerviosos sus cabellos. Suponer que, nuevamente estaría preguntándose cómo un deserotizante té de boldo no había podido mutilar la necesidad real de satisfacer esa tensión que, inevitablemente, la invadía; cómo, a pesar del espanto, la imaginación siempre estimulaba la posibilidad del placer, la habilitación de la piel. Imaginar que tal vez estuviera prendiendo un cigarrillo que, a diferencia de todos los consumidos anteriormente buscando estímulo en la nicotina, la liberaba del empeño dramático de la insatisfacción, bocanada tras bocanada. De pronto siente que la lengua se le seca. El aire le quema los pulmones. Las piernas le pesan. El corazón se le desboca. Se ahoga con su propia sangre. El sudor lo hiela. Le laten las sienes y la vista se le nubla.La osamenta se le oxida como los clavos incrustados en los durmientes de una vías que ya no llevan a ninguna parte. Su cuerpo busca un lugar debajo de los cientos de cuerpos rígidos y verdosos que se amontonan como ropa sucia en un rincón de la habitación. Deja que la sangre, ajena y putrefacta, que gotea de fosas nasales obsoletas. lo empape. Regula su respiración. Cierra los ojos. Clausura el olfato. Se acostumbra al zumbido rabioso de las moscas. Se desliza por sobre extremidades y cráneos lubricados por secreciones fétidas y humores viscosos. Mata cientos de muertes. Las niega, para poder morir tranquilo. Acompañado y verde. Frío y gris, como el filo de aquella de gillette.






