Fernando Russo

Mujer en una ventana. -Crónica de una suerte de breve exilio en Bahía Blanca-

Es la hora exacta en la cual el neón comienza a mezclarse con la bruma nocturna, y el frío desalmadamente, toma por asalto a los transeúntes. Es el momento justo en el cual las sirenas en las periferias, comienzan a llenar el vacío que entre hora y hora dejaron suspendido las campanas de las iglesias, y la clemencia y la misericordia se llaman a sosiego. Mientras tanto , en una habitación de un noveno piso, espero a que la chica del departamento de enfrente vuelva a aparecer como hoy por la mañana en la ventana: de espaldas al mar que yo buscaba, mate en mano, con las sombras de la noche aún dibujadas en su rostro y con una camisa, como única prenda. Tal vez en este preciso momento -pienso- en las rotativas de La Nueva Provincia, alguien esté imprimiendo una alabanza a un indultado, que mañana aparecerá disimulada entre los titulares de algún triunfo de Villa Mitre, Olimpo o Estudiantes, y el cronograma de misas del día. O quizás ahora, algún adolescente esté inhalando su frustración en la vereda, para dar de qué hablar al consorcio. Por un instante, el crujir de las ruedas del puesto de un vendedor ambulante, me permite sentir la vehemencia de su decepción por este nuevo mal día en el que se pregunta si tanta desolación será el preludio de otra nueva agonía, y me distrae de la lobreguez que invade la habitación, desnudando los peligros de esta travesía. La heladera se pone en marcha y me sobresalta. El perfil de los edificios se va desdibujando y prendo el velador para no confundirme yo también en la imprecisión del entorno. La vecina no aparece y el frío se cuela por la ventana semiabierta desde temprano, para que no se concentre el olor de los cigarrillos Más allá de la puerta, a mis espaldas, pasillos sombríos, húmedos y descascarados, acumulan polvo, sonidos amortiguados de aparatos de radio y de TV y voces apagadas que se refugian en la sordidez de las paredes o se concentran en el hueco del ascensor, que no ha dejado de rezongar durante todo el día. Adentro, el incesante gotear de la canilla del baño, inquieta la espera y acompaña el transcurrir. Hace frío y no me decido a prender la estufa. Desde los pies me trepa una descarnada sensación de soledad y trato de imaginar las historias que se estarán sucediendo detrás de estos muros. No sé por qué ( o tal vez sí lo sepa, y demasiado bien ), pienso en refugiados urbanos, solos y tristes como yo o como los desangelados que a esta hora de la madrugada recorren la ciudad entre policías y niebla, y se disputan la benevolencia y los tachos de la basura, con perros flacos y amenazantes. Algunos tal vez encuentren refugio en un beso desapacible, en el fondo de un vaso atormentado, en una triste complicidad entre las sábanas sucias de un hotel o en un pedazo de cartón que los aísle del frío y las miradas inquisidoras. Otros quizás, en la presunción de conseguir un trabajo, tal vez mañana, o esperaran como yo, una sonrisa impensada que los rescate de esta noche, para siempre. Esta madrugada siento que quieren cercenarme la esperanza y como acto de resistencia pienso en vos, compañera. ¿Te acordás de aquel punto que buscábamos?, ¿de aquel punto de inflexión para torcer el rumbo de este mundo triturador de hombres y utopías? Hoy tengo miedo, te lo confieso. Miedo a que venzan mi miedo a tener miedo; miedo a partirme en miles de fragmentos inconexos, miedo a perder el empeño o a que la vecina vuelva a aparecer y destruya la magia de la espera. Aquí todo es gris y húmedo. No escucho risas en la calle o al menos nadie sonríe para mi por estos lares. En mi cabeza resuena un rumor de barcos muy, muy lejos; como un eco de otros mares, de otras tormentas. Por un momento creo ver a la vecina ,aunque sepa que no sea cierto.

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