Danielito

NO QUISIMOS A PAPA

Mi padre ha muerto y ese suceso marca en mí el nacimiento de otro que no  fue. Mi padre debió concebirme más o menos a la misma edad en que yo tuve a mi hijo. En mi familia yo soy  penúltima y mi hijo el último. A veces pienso que si no fuera por la ilusión del parentesco, todos seríamos hermanos, una sucesión interminable de buenos, tontos, sonsos medianos y grandes bobos que se diferenciarían por su grado de adhesión política o por su indiferencia frente al fútbol. El caso de los mandatarios de Estado y togados de la iglesia es sui géneris. Todos sabemos que, excepto ejemplos que sumados no son cinco, son imbéciles monumentales de una familia que Linneo no alcanzó a clasificar. Así pues, pensando en mi padre, creo que hay dos categorías de hombres distantes entre sí: la de los tontos (a la que pertenecemos casi todos) y la de los necios a la que pertenecen los confundidos. Estos últimos han dado de qué hablar en la historia y su legado ha sido motivo de muertes crueles. No más fijarse en “descubrimientos” o “genialidades” que cambiaron radicalmente la forma de ver el mundo a pesar de la insistencia cultural histórica de los tontos. En otras palabras, los confundidos son hombres desviados de la valoración de su tiempo, seres anacrónicos y naturales  en un tiempo enajenado.

 En honor a la verdad debo confesar que mi padre no  fue ni lo uno ni lo otro.  Por eso no lo quisimos. Y no es que fuera raro, sino simple. Es la única persona que tuvo el privilegio, en el mundo de los pobres y de los resentidos,  de no sentir la vida como una carga. Y menos aún como una compasión. Empero, en  su palabra no había  filosofía ni moral y  los conceptos de oriente u occidente le resbalaban. Si nos escuchaba en silencio y de manera atenta, la más de las veces, no era para exhortarnos luego a ningún comportamiento, recto o indebido. Cuando nos tocaba con su mano cálida y segura, sabíamos que era por algo relacionado con nuestras necesidades que él anticipaba porque sí, sin mediar ruegos ni comunicaciones externas. Quizás pretendan, por efectos de la envidia o la incredulidad, que mi padre fue un soquete. O sea, una especie parental y exótica de menguado. Pero no. Era un hombre con sus sentidos a cabalidad y medianamente letrado que reía de eventos fútiles como el arrebato sexual del papión, un mono grande y rabipelado. En esta faceta del ejercicio de la sensualidad fue donde conocimos mejor su condición pues claro es que mi madre fue su compañera. Con ella fue afectuoso y distante. No recuerdo  discusión entrambos o un mal entendido. Mi madre fue lo que llamarían hoy  una mujer libre pensadora que le gustaban los libros de literatura  por el diseño de  las portadas. Claro que  cocinaba y su trato hacia nosotros fue deferencial. Cultivaba el placer de la conversa  y de coleccionar  cofres que se proveía de todo el mundo. Recuerdo uno de Palta (la isla que desapareció el tsunami Bronw en Guinea Bisseau) en forma de minotauro con incrustaciones de plata que mi hermano enterró en el jardín del vecino. La pérdida me la achacaron a mí por ser siete años mayor que él. Nunca develé el secreto del sitio por el odio que crecía en mí hacia la figurina paterna. Mi madre hilvanaba su pensamiento a manera de sentencias que dejaba perplejos a sus amigos. Así por ejemplo decía obras son amores para referirse a la universalidad implícita en la siembra de un árbol. Ellos se dejaban seducir, sobre todo Isaura y Jorge quienes por lo mismo, solían frecuentar nuestra casa. Cuando mi padre llegaba en la noche y ellos ocupaban la sala, se limitaba a un saludo cordial exento de sonrisas y de inmediato a la cocina. Nuestra madre lo seguía con los ojos y se entretenía mucho tiempo más con la visita. Me acuerdo ahora que muchos temas de ellos rodaban en medio de cigarrillos y tintos: ecología, política, chismes de famosos. Al encuentro de papá corríamos al cuarto en busca de chocolates. Muchas veces lo topamos con los ojos cerrados y el rostro relajado e impasible. Otras, esperándonos con una expresión bonachona. EL nos respetaba el apretujo y el beso que no devolvía. Cuando nos despedíamos, cerraba suave la puerta que mi madre abría para dormir cuando no salía con sus amigos. Había días, que podían contarse tres en la semana, que ella no aparecía por casa. Él ni se inmutaba, cosa rara en un tiempo en que los machos se tocaban tanto por la fidelidad de la hembra. A mis veinte años, como mujer hecha que soy, una se resiente porque el marido o el novio no nos pare bolas. Es que la sumisión en la mujer es genética. Una entrega fidelidad al hombre a  cambio de seguridad y eso no ha cambiado. Por eso no entendía a papá. Un reproche jamás, nunca una desaprobación  por llegar tarde. Y no se crea que por esa circunstancia los amigos de ella dejaron de ir o él se mostró hostil con ellos. Al contrario, contabilicé dos oportunidades en que él participó de sus tertulias y tomó vino para escucharles una aburrida disertación sobre el TLC. Otro día incluso festejó un apunte cómico de una caricatura que le compartieron. En las pocas reuniones en que los acompañó los  escuchaba callado, como un santo mayor,  hasta que se despedía, sin mediar reflexión, sin sudar, neutro. Una semana del mes de mayo mi madre se despidió con dulzura de mi hermano y yo prometiéndonos regalos a su vuelta. Dejó razón que estaría en una casa de recreo en el poblado de Girardota. Mi padre lo supo y su asistencia hacia nosotros fue suficiente y maternal. Fueron seis días felices en que no hubo madre y una intelectual menos la ciudad.

 Con el tiempo nos acostumbramos a estar sin ella y más con su amigo que ahora llamaba o se excusaba por faltas que yo debía apuntar en el cuaderno de notas. Finalmente ellos entraron  a formar parte de nuestra familia como una pareja de amigos que compartían nuestro  almuerzo. También cambiaron las circunstancias. Crecimos y nuestro desamor por papá quedó intacto. Como parte del ciclo biológico inapelable, a mi mamá se le descolgaron los senos y se le abultó la papada. Al despuntar la mañana de un domingo tibio del mes de octubre, mi padre murió. Su semblante era apacible y el pelo plateado. A su entierro vino un amigo que no conocíamos con su hijo ñoño. La  familia  lloró en la cremación. Mi papá era bueno. Firmaba con iniciales.

 

 

 

 

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eli
dijo :

hay algo nihilista en este escrito tuyo ,

algo vago e indiferente muy atractivo .

me gustò mucho esto :

"Crecimos y nuestro desamor por papá quedó intacto"

Saludos

************* 

02/09/2008 a las 12:03
Lü
dijo :

el quien vive con la frase destacada.

 

Gracias por compartirnos tus palabras Danielito,

 

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"Mis manos son de tu color, pero me averguenzo de tener un corazón tan blanco"

 

Shakespeare

03/09/2008 a las 21:44
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