Es martes por la tarde y me preparo para concurrir a la marcha convocada para manifestar la disconformidad de la ciudadanía respecto a la decisión del Tribunal Constitucional de no permitir la entrega de la llamada “píldora del día después” en los consultorios públicos del país. Me reúno con un amigo en el camino, cada uno lleva su propia cámara fotográfica y grabadora para inmortalizar lo que viviremos. Nos encontramos con la marcha a la altura del Cerro Santa Lucia, mientras recordamos lo vivido en otras marchas a las que hemos asistido. Él es de la época en que se celebraba el regreso a la democracia, yo algo más joven, hago memoria y revivo aquella vez en que participé de la marcha organizada por ATTAC, quienes luchan contra el flujo especulativo del dinero, y veo con claridad esa imagen, de la noche anterior, en que estoy haciendo engrudo para pegar carteles en la fachada de la escuela de Derecho de la Universidad de Chile.
Aún estamos en la vereda sur de la Alameda, nos impresiona la cantidad de gente reunida, no vemos ni principio ni final en aquel mar de gente que camina en dirección a la Moneda. Sacamos nuestras cámaras, los gritos y las consignas no se escuchan con claridad, pero sí con fuerza. Tomamos un par de fotografías, la luz no nos acompaña, y los autos y micros que van hacia el oriente nos estorban. Decidimos cruzar al otro lado de la calle a través de la estación de Metro Santa Lucía. Bajamos la escalera apurando el paso, no sé muy bien porqué. Subimos los peldaños y salimos a la vereda norte de la Alameda, ahí todo es distinto, nos contagiamos de un ambiente imposible de llevar a palabras, al menos a una sola. Hay exaltación, juventud, lucha, ánimos de libertad, enojo, pero sobre todo, se respira alegría y sentido de unidad.
Volvemos a sacar nuestras cámaras, ahora la visión es mucho mejor, desde el borde de la vereda los fotografiamos. Hay gente de todas las edades aunque la mayoría son jóvenes, hombres y mujeres. Gritan, saltan, llevan pancartas y cantan con ánimo. Ponemos más atención a lo que escuchamos que a lo que vemos, el mensaje es claro: “¡No se hagan los hueones! ¡A la calle los mirones!”. Guardamos nuestras cámaras, sacamos las grabadoras y nos vamos a la calle. Nos unimos a la masa, nos perdemos a ratos entre la gente, avanzamos junto a ellos, celebramos el nivel de imaginación utilizado en sus consignas. Había unión, eran realmente un mar, miles de personas unidas por un mismo deseo, luchando por la libertad de sus conciencias, sus cuerpos y decisiones.
En medio de la caminata, ya casi llegando a La Moneda, escuchamos los gritos de algunas mujeres, aún no lo lográbamos distinguirlas visualmente, pero su grito era distinto, hablaban de unas casitas, al menos eso alcanzábamos a escuchar. Avanzamos sólo un poco más y pudimos ver al grupo de mujeres, paradas al borde de la vereda, mi amigo y yo nos acercamos a ellas y les preguntamos qué es lo que exigían, pues no comprendíamos la consigna. Una de las mujeres se adelantó y con voz fuerte dijo, “Nosotras somos un grupo de deudoras habitacionales, estamos luchando por nuestras casas, por eso, lo que les decimos a estas chiquillas de la marcha es que ¡Primero la casita, después la cachita!”.Les agradecemos la aclaración, nos sonreímos y seguimos avanzando.
Llegamos a La Moneda, las filas de carabineros producían la sensación de una gran muralla infranqueable. Los focos de la plaza que delineaban sus sombras inmóviles sobre el cemento, su inmutable expresión, parecían de otro planeta, no calzaban con este ambiente de felicidad, de lucha pacífica, de expresión ciudadana. Ellos resguardaban el palacio de gobierno, eran la pared que nos separaba del poder, que nos alejaba de quienes deciden por nosotros. No emitían palabra, sólo estaban ahí, de pie, en perfecto orden, pero la multitud entera comprendía que debía desviar sus pasos, así el poder de los habitantes y ciudadanos se iba reuniendo justo frente a la Moneda, se agrupaban, celebraban, saltaban al ritmo de la música, que provenía desde un escenario que se encontraba emplazado de cara a la moneda, pero del otro lado de la Avenida.
Se enfrentaban, un poder contra otro, La Moneda, resguardada por la fuerza policial, blanca, limpia, ordenada, frente a más de 15.000 personas, llenas de color, de fuerza, de vida, de alegría. Cabe preguntarse, ¿Quién de ellos tiene realmente el poder?
** Escrito en 2007
Hola, que excelente experiencia nos has narrado, desde el punto de vista de una ciudadana cualquiera que se une sin color politico a una manifestacion ejerciendo el derecho a demostrar ordenadamente su desaprobacion a ciertas politicas.
Lamentablemente el que tiene el poder aún es quien maneja el "Guanaco", no detrás del volante, sino detrás de un escritorio...
Saludos cordiales.
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