Blues de Dámaris

Enviado por Fernando Russo el 05/09/2008 a las 18:38
Fernando Russo

La noche avanza y me desgajo en una, dos, tres, cuatro, infinitas partes y vos, probablemente, aún no hayas subido, todavía, a ese colectivo que te aleja hasta esa plaza de gases lacrimógenos y policías. Tu hija duerme abrazada al cachorro de perro y yo necesito saber que, aún en nuestros respectivos exilios, podemos sentir la urgencia de pensarnos con la misma fuerza e intensidad con la que nuestros ritos nos abstraen y socavan. Pienso ahora también en otras premuras y se me representan los pasos chuecos de Maciel, el uruguayo de Tacuarembó, aquel canto de Silvio a Nicaragua, la estrella del revés de la madrugada de ese 6 de enero que sorprendió al Chiquilín de Bachín o las ganas de poder contarte que me conmueve encontrar la misma expresión de asombro y belleza, que me talló el hueso aquella noche en que sentí la necesidad de acariciarte, en la carita de tu hija. La noche se ha apropiado de mi tanguez, también chueca, apremiante y, a veces, melancólicamente gentil. Los rezongos del bandoneón de Piazzolla parecen una invitación para que por la ventana se cuelen aromas de glicinas y madreselvas, tristecitas suburbanas y rocanroles furiosos, asesinados o desaparecidos, por enarbolar esperanzas; ternuras y rabias, el Gordo Troilo convertido en un gorrión con gomina, mis deportaciones, mis mutilaciones y mis anhelos. Y así, casi sin proponérmelo, minimizando y relativizando el poder de la fuerza de voluntad, fluyen y se desparraman, buscando algo de luz, -como la que disemina tu piel cuando exuda deseo- esas partes mías, ese aliento fundacional y constitutivo , que me llueve intermitentemente. Hace mucho tiempo atrás, cuando los huesos se me estiraban como el porvenir, con el corazón a saltos por las calles y las ansias remontando junto con el humo de las chimeneas de otro país, te encontré y me descubrí. En ese conurbano bonaerense de triples A, potreros y huevitos de gallo, de monstruos férreos marchando sobre rieles y triturando obreros y espinazos, andabas sin saberlo, con la mirada ávida y los poros sedientos de vida. Tenías entonces los ojos verdes, un rostro blanco y esloveno y una abuela de Ljubliana que había aprendido (¡tanta guerra!) a decir que era yugoeslava, y tenía un jardín con una Santa Rita que yo podaba amorosamente, en tardes turbulentas. Tal vez entonces ya tuviera engominado el corazón y se me dibujara, sin que lo notara, un corte o una quebrada en la sonrisa. Tal vez, seguramente, haya sido después mi amor,-creo que nunca me voy a animar a admitir esa tristeza - pensé que no te ibas a ir. ¡Tanto me habías liberado!¡Tanto camino era tu risa, tanto horizonte tu pelo mojado por el rocío en esas madrugadas de miedos atávicos y pasos lentos! ¡Tanta poesía las manos, los silencios! Más tarde, los pasos caminaron distancias y fue un tango el océano. El país era una cárcel derecha y humana. La esperanza se mezclaba con la rabia y los ojos disparaban ráfagas de metralla. La ternura pasó a la clandestinidad por miedo a naufragar, por miedo a zozobrar. Así, esos ojos que buscaban al gallo de la veleta en tardes sin smog o esas manos que sabían de barriletes y ortigas, pensaron encontrarte, como acto insurreccional, pariendo un continente, un blues, un hijo nuestro. A veces eras un poema desvelado pasando por entre el alambrado de un cuartel en un país desquiciadamente en guerra. Otras un aplauso desafiante en una Iglesia Adventista. Tal vez hayas sido un beso sin conocernos en un baile de un club de barrio, el sueño de la dignidad que nos haría libre o el vértigo de eso que sentíamos era perturbar. Fuiste, por momentos, la calle, la lucha, el panfleto. También los amaneceres subversivos, los cardos incendiando el crepúsculo, la luna en invierno, un vaso de vino espeso, rojo y caliente. Pero siempre, y esto sí lo supe todo el tiempo, aparecías recortada, dejando indicios y me quedaba con el vuelo a mitad de camino, aunque me sintiera libre e inmenso, aleteando fragmentos que no podía reconstruir. ¿Pude, después, alguna vez, recuperar la carcajada? ¿Pudieron mis ojos recuperar las veletas, mis manos el piolín para hacer colear al barrilete? ¿Por qué duele cuando me miro en un espejo asimétrico que devuelve arrugas, cicatrices y escepticismos; cuando veo telarañas, pergaminos arrugados, gestos cansados y caricias resecas? Veo solamente ese costado lastimado y recuerdo cuando imaginaba que te desdoblabas en diversas mujeres-que me sobrevenían-ante ese río tan tuyo,(¿serían las 18.00 horas del miércoles 21 de mayo de 1969, mientras Luis Blanco, aprendiz metalúrgico, moría en Rosario por las balas de la Policía Fascista?) y todavía no nos conocíamos pero yo sabía de ese viento cansino, pegajosamente cálido, que movía tus cabellos. Por más que lo intente no puedo precisar si eras “polaquita” o “tanita” por aquellos tiempos. ¿Imitabas al moog, al melotrón rocanrroleando sinfónicamente, sentada en la barrancas frente a tu río marrón, por las calles de Morón rumbo a la estación de trenes?,sigo sin poder recordar. ¿Hablabas gasó, mapudungun, caló, quechua, euzkera, cocoliche, griego?¿Significabas al mundo en esperanto o con gemidos guturales? ¿Decías con tus manos las ternuras, con el ligero temblor de tus pechos las madrugadas por venir, los otros mundos con los temblores espasmódicos y profundos de tu vientre? No te encuentro en ese espejo y se me ocurre convocarte para inventar una pequeña puesta en escena. Sirvo un vaso de vino para aturdirme y me animo. Necesito hablar con vos, que me escuches y escucharte. Si querés nos ponemos máscaras, inventamos personajes que nos descentren y liberen, pero vení ahora, por favor. Te propongo que imaginemos, por ejemplo, un escenario tenuemente iluminado (me gusta el antifaz que te inventé).En el fondo pongamos un músico que toque “O velho e a flor”. Sé que te gusta Vinicius de Moraes. Voy a prender las luces para que me iluminen. Dejame que empiece y sea formal. Te pregunto, por ejemplo: -¿Por qué te tristea la cintura, la cadencia? ¿Por qué te lagrimea el aliento y la música? Siento que amaso impotencias. No sé por qué finjo seguridades si me duelen las traiciones de un espejo que no me pertenece. Necesito un poco más de vino. La luz ahora te ilumina a vos. -Se te nota el hastío por tener que volver a intentar reconciliar tus despojos. Por qué no me lo decís así. -Te aturdís con esas imágenes indescifrablemente astilladas y cortantes. Sentís que te lastimo, pero no soy yo. Son tus viejas heridas, no soy yo. (La música exuda vapores ligeramente densos y yo simulo no reconocer que me defiendo una vez más). -Te atormentas pensando que la soledad es una construcción inevitable. Admitilo. -¿Estaré esperando un gesto, aún sabiendo que nunca va a llegar?¿Te estaré esperando todavía porque vos no sos vos? Estoy muerto de miedo. Recuerdo que me explicaste que me equivocaba, que no eras esas travesías por devenires insondables pero sigo advirtiendo prodigios en tus ojeras, remansos en tus huesos cansados, ternura en la furia de tus desagrados. -¿Estarás intentando descifrar esos enigmas que nos prometimos no develar? -Espera. Esto se pone interesante. Voy a apagar la luz ¿Qué te parece si le digo al músico que toque “Carta ao Tom”? Sigamos con Vinicius. Dejemos que Toquinho le preste la guitarra para acompañarnos. Cuando se vuelva a encender la luz vamos a estar sentados en la mesa de un bar, como aquella otra noche en Porto Alegre. Supongamos que por detrás de la música se escuchan rumores, risas, ruidos de vasos. Supongamos una pelea pasional y una botella que se parte y se esgrime como arma. Agreguemos personajes: un mozo que llega tarde y una bandada de chicos que olvidan la maconha para arrebatar restos de comida y cigarrillos.¡No te vayas! Esto no lo inventé para distraerte. Nos pasó cuando vos todavía me recordabas que conocías muy bien tu cuerpo y yo sentía que mi esperma sobre tus pechos no era vida sino una pequeña victoria egocéntrica en una batalla que, esa vez, no me pertenecía y vos solamente necesitabas, me pedías, que te mintiera para no sentirte sola sin advertir que te estaba acompañando.¡No me dejes frente a este otro espejo. Esta visión me aterra. Me hace mal la simetría. Admito que no tenés la culpa, si como yo hacés lo que podés. No te vayas.¿Por qué aún en la ficción me refugio en los huesos sabiendo que me debilita?¿Y vos? , ¿vos te angelabas cuando te desangelabas? ¿Sentías que Galileo describía los planetas que te circunvalaban mientras conversábamos? ¿Y ahora? ¿Sentís que te desafío, que te amenazo?¿Por qué? Volvé. Contestame. Quedate un ratito más.¿Te acordás de esa noche en la que volvimos a encontramos? Esa vez tampoco quería que te fueras. ¿Te acordás después, cuando te ibas convirtiendo en intranauta y no dejé que subieras a tu auto, tal vez porque empezaba a lloviznar y me hacías acordar a un poema de Tuñón o porque, tal vez sea lo más cercano a la verdad, te sentía lloviéndome las heridas? ¿Qué sentiste cuando, otra vez después, te dije desde el páncreas que quería quererte?¿Te imaginabas que esperaba ansioso que llegara el porvenir? ¿Supusiste en algún instante que desearía con fervor salir a buscarlo con vos?¿Pensaste (pensás) que nos dan las uñas para destripar a Narciso antes de que llegue al río y nos ahogue?¿Sentís esas babosas como cuchillos afilados que nos van dibujando senderos? ¿Sentís que tengo miedo a que mi vocación por el equilibrio desajustado, te espante?¿Sabés que intento sorprenderte, aunque sepa que no puedo dejar de resonarte con voces viejas, que no puedo evitar que Narciso nade sereno en tus meandros? Voy hasta el dormitorio. Tu hija descansa serena. Con sus grupitos musculares a pleno me mostró por la tarde que, quizás, el rasgo más importante de la música del Renacimiento y del Barroco, haya sido el de liberar a la música de la esclavitud de la palabra. Le gustan las Pavanas. A mi también pero, a diferencia de ella, me refugio en largos soliloquios e intento esbozar claves para leer nuestros rastros. Estoy cansado. Me acuesto cerca de ella, buscando tus olores. Tal vez tu regreso por esta horas sea Conesa. Quizás sientas, aunque te aproximes, que la distancia se torna insalvable (¿nos asustaremos así?). Otra noche avanza y me desgajo en una, dos, tres, cuatro, infinitas partes y vos, probablemente, continúes retornando con los ojos llenos de luna y la cintura fatigada. Yo te sigo contando que muchas veces fui nada. Absoluta. Ciega. Desahuciada. No sabía entonces de tus manos sudorosas diluyendo el bosquejo de los planetas observables. Nada sabía de tus pies alados ni de tu hígado sensible a las caipirinhas evocando viejos vinos, de esos que taladran el alma, el futuro. No. No sabía, no. No podía imaginar tu boca húmeda, las cicatrices de tu vientre, tus pulmones resoplando cigarrillos en largas madrugadas desveladas mientras me poblabas de estrellas y amorosas heridas. No sabía de la fragancia de tus axilas cuando el apasionamiento y el temor te descoyunturaba y te aniñabas y te ibas por otras dimensiones y me dejabas solo, bellamente desamparado, a veces o siempre, no sé. Nada sabía entonces, no. Como tampoco sé ahora cuando intento reconstruir tus derroteros y me invade la necesidad de lamer tu cuerpo lentamente y desterrar mis angustias; me apremia lamer tu cuerpo, despacio, como quien desgasta y resquebraja la hoja de coca y la moja con la saliva y la chupa para formar cuidadosamente el acullico de los collas. Pocas veces fui todo, te sigo contando mientras tu hija sonríe nuevamente dormida. -tal vez en su mundo de imágenes, silencios y tinieblas, mientras elabora la palabra que dará origen al universo, te imagine, como los mayas, como un gran árbol, lleno de pechos de mujeres que la alimenta y abriga-. Pocas veces fui todo, vuelvo a decir en este preciso instante, mientras comienzo a triturar mis muelas y me clavo las uñas en la médula y maldigo porque no encuentro un traductor de mí mismo. Maldigo, otra vez, después, cuando el sol me recuerda impunidades, el degüello de gargantas compañeras, los genocidios cotidianos, recuerdo tus alaridos junto a los míos, la yugular inflamada y los puños crispados. Maldigo, sí. Los fantasmas matutinos maldigo. Los testículos electrizados, las pústulas abiertas de este otro país, que como nosotros no encuentra sosiego, maldigo. Evoco el dolor que resistimos, la fiereza de tu ternura libertaria y entristezco y maldigo. Maldigo porque amanece y el teléfono no suena. No suena y te pregunto:¿Fue así la amanecida de aquel domingo de marzo cuando el Subcomandante Marcos llegaba a la plaza del Zócalo,y yo te besaba los ojos en la desolación de mi cuarto sediento de veneraciones ?¿Sentías, entonces, la persistencia de los jirones de mi aliento, la energía de los restos de mis impulsos inmolados, tratando de cuidarte, torpemente? Necesito que me llames. Que vengas y practiquemos alguna suerte de esgrima corporal y nos olvidemos por un instante de las palabras. Por ejemplo Capoeira. Sí, Capoeira de Angola. En un espacio reducido, para no dispersarnos, para poder sentirte. Vení. Cerrá los ojos y escuchá el berimbau. Sentí. Dejate llevar. Balanceate y comencemos a despejar las incertezas.(¿Quién hará el primer amago de golpe luego del saludo cordial?, ¿quién practicará la primera malicia?, no puedo evitar preguntarme, violando mi propia propuesta) Imaginate que la vibración nos ondula. que me dejo mecer hipnóticamente mientras espero, que danzo magnetizado sin poder sustraerme a tus vaivenes, que tu pregunta disparada sin previo aviso, no me sorprende. Suponé que acurruco mi cuerpo para que tus palabras sólo rocen mi cráneo y que te digo, mientras observo cómo tu cabeza desaparece de mi campo visual y tu cuerpo rola hacia atrás, que existen otros lenguajes para significar al universo, que escuches las plantas de mis pies, mis papilas gustativas te digo mientras intento direccionar mi cuerpo buscando un ángulo para poder hacerte abismar. Figurate que cuando extiendo mi pierna, tus tobillos ya no están, que seguimos balanceándonos y que el berimbau semeja ahora un enjambre narcótico.¿Sentís en el espinazo, cuando clavo mis ojos en los tuyos, que describo lo que antes no podía?¿Por qué hundís tu vientre y sonreís si mi pregunta se instaló con blandura? Indescifrablemente sonreís mientras girás y danzás y yo volteo tratando de evitar el rechazo que puede generar el encuentro de nuestros polos opuestos. Me gusta cuando sonreís y desguazás mi Línea Maginoty me dejás desvalido dando coletazos como una trucha sobre los guijarrosa orillas del Limay. El día avanza y ya no puedo convocarte para preguntarte si estaremos condenados a romper los espejos, las tormentas, los espantos; a desentrañar jeroglíficos epidérmicos, o la transpiración, por ejemplo, mientras me desgajo en una, dos, tres, cuatro, infinitas partes y presiento a los chimangos que vienen a descarnar mis huesos con deliciosa puntualidad. Tal vez tu regreso sea ahora por Chelforó. Andarán descansando en las banderas ya enrolladas, en los parches todavía tibios, las pupilas anegadas de futuro de los compañeros de ayer, la esperanza que enarbolamos hoy, y serpenteará, seguramente, la dignidad en cada músculo, en cada articulación reposada y atenta, como cuando dijimos los hijos y arquitecturamos los puños, las gargantas, la sonrisa; el alba empapada en sudores, los gemidos cómplices y los fragores. Tal vez fueras “polaquita”. Probablemente fueras “tanita”. No puedo recordar. El día avanza y siento que ya no puedo preguntarte nada más. Sólo espero que abras la puerta y te acuestes de este lado, justo acá, aunque se que arroparás a tu hija y recogerás sus cosas; me dirás que estás cansada, que muchas gracias por todo, que después me contás y cerrarás la puerta. Seguramente estarás urgida de sonrisas de tu niña para expiar una culpa, que insistís, no te pertenece. Sé que yo volveré a calentar el agua para tomar unos amargos y me quedaré esperando el canto de aquellos gallos que nos hicieron pensar, sólo por un instante, que cuando llegara el futuro, podríamos salir a buscarlo juntos.

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