Memoria detenida

Enviado por Shyvy el 10/09/2008 a las 22:09
Shyvy

raices.jpg

Hoy me han tirado a un cuarto más oscuro y desde allí miro pasar la vida.
No sé quién soy, de donde vengo, pero sospecho hacia donde voy.
Todo aquí es humedad verdosa, todo huele a olvidos mal paridos.
Gemidos horribles me despiertan en la doblada noche y un tintinear de hebillas me hace temblar. Escucho hasta la madrugada lamentos y azotes.
Desde una pequeña grieta, veo volar mariposas nocturnas, hablo con la luna, atisbo gente esperando en la plaza o en la esquinas danzar panfletos, con el aire de los autos que pasan veloces. Hablo sola, balbuceo sola. A veces intento llamar, pero una bota acerada golpea mi vientre.
Suelo masticar comida con olor a ratas y gorriones que trepan me disputan los granos de pan.
Escucho la lluvia cadenciosa, deslizarse por canaletas rotas, que desvían la mitad del agua hasta mis pies. La tierra suelta y gredosa devora mis espaldas. Cada mañana el tren que pasa lentamente, con su campana ronca de un vaivén cansado, me despierta. Intento imaginar que voy en uno de sus carros, que los árboles pasan veloces, con sus brazos ligeros, salvando la maldita cautividad.
Un fuerte olor a madera carbonizada me asfixia, siento las tablas gotear, se me pega las yemas sobre las paredes, con un extraña sensación de sebo humano.
Los días de viento y oscuridad, me dejan sola. Juego con tapillas de cervezas que han abandonado. Juego a marcar mi frente y las mejillas con sus bordes dentados. Introduzco mi lengua en el corcho fragante aún.
Mis cabellos están endurecidos, no puedo sacar los dedos enredados en ellos. Guardo un tesoro, un pequeño tesoro. La punta de lanza que estuvo casi tres días destapando la fuente. Hasta que unas puntadas la cerraron sin anestesia y sin piedad. Intento con ella quitarme la vida, apenas la bota cobarde se aleje.
Una gran luz, una quemante luz, me deja tirada sobre sacos de arena. El calor entra por mi raído y maloliente vestido. Veo venir el hierro. Me lacera el pecho de costado a costado. Puedo ver su rostro, y reconocer la bota. Después de todo me ha dado la cara para seguir odiándole eternamente. Pero no sabré quien será la que rogará por justicia. No sé quién soy, ni como llegué hasta aquí, ni menos que culpas estoy expiando.

Noticias de Antofagasta, Calama, Desierto de Atacama, Periodismo Ciudadano

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Shyvy!!!!

Enviado por el 10/09/2008 a las 11:28 PM
Paloma

Excelente escrito, madera, tierra, lluvia, gris, gotas.

Un abrazo amiga, se le extraña a sus letras.

 


Dolor, justicia

Enviado por el 11/09/2008 a las 12:10 AM
Catalina Baeza

silencio...

gracias por volver amiga

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La defensa sin cuestionamientos de una hipótesis es incompatible con la libertad de conversar.


Shyvy

Enviado por el 11/09/2008 a las 12:15 AM
Alejandra Godoy Haeberle

No solo en versos, también en la prosa se refleja tu corazón

 

Cariños

 

Ale

 

 

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Mi otro blog

 


Gracias lobas amigas

Enviado por el 12/09/2008 a las 09:59 PM
Shyvy

Por detenerse en esta praderita. Espero que aullemos  en estas cercanas  fiestas patrias.

Miles de  abrazos querendondes.



agradezco con un poema

Enviado por el 23/09/2008 a las 07:19 PM
Fernando Russo

Charlando con Gelman en una noche de invierno.

Una vez, estimado Juan, yo también conocí a la más mina del mundo.

Cuando se angelaba su confianza,

podía comprobar que “sonreía como un cómplice”

y pensaba que ya no sería necesario derretir las alas de Ícaro o

mutilar, por ejemplo, mis contornos emancipados de holocaustos.

Sí. Desde los ovarios sonreía

como si todas las hembras del planeta

anduvieran por sus ojos lloviendo

mariposas y ternuras.

Tanta era su lluvia.

Tanta era su sonrisa.

Tantas sus sombras protectoras cuando “preparaba sus abismos”

para que no pudieran herirla las aristas de

mis máscaras pétreas,

mis ángeles deportados,

mis países arrasados.

Tantas eran sus tripas.

Tantas sus uñas, su fiereza

abatiendo las comarcas de las bestias que me devoran, todavía, los riñones.

Tantos ojos, estimado Juan, eran sus gestos,

como un carrousel errático

que desarticulaba la rigidez de mi esqueleto

perplejo de distancia y lejanía.

Tanto ovario eran sus dientes,

sus dudas,

sus pasiones.

Tanta poesía,

tanto mundo eran sus pechos

amarando, después de sublevar otros, distintos vuelos

por cielos, tinieblas y besos.

Tantas hogueras los huesos de su cintura, sus labios.

Tantos pechos era el mundo, las fogatas, los hijos.

Ella, estimado Juan, desterraba la bruma de entre las sábanas

resoplando sobre mis heridas la fatiga de sus batallas.

Tan inmensa y bella era que

cuando comenzó a desandar sus pasos por otros inviernos este invierno,

mi muerte, que aún sabía de su aliento por las mañanas,

me increpó duramente,

sublevándose dolida de hermosura.

 


Gracias Fernando

Enviado por el 27/09/2008 a las 09:09 PM
Shyvy

"Tanta era su lluvia.

Tanta era su sonrisa.

Tantas sus sombras protectoras cuando “preparaba sus abismos”

para que no pudieran herirla las aristas de

mis máscaras pétreas,

mis ángeles deportados,

mis países arrasados.

Hermoso poema, me ha  encantado.

A veces es tanta mi lluvia, como aquella que  después endurece el lodo...

 

P.D. No te había reconocido, cambiaste  foto, mis  abrazos para ti amigo



en relación con el comentario anterior, pegué otro texto... quería mandarte el siguiente

Enviado por el 23/09/2008 a las 07:32 PM
Fernando Russo

La baba de los caracoles

¨Un muro alto y una barrera de policías armados hasta los dientes nos separaban del ghetto y de sus escondites. Todo aquello por lo que había vivido y luchado, había perdido su sentido.

Mi papá estaba medio inconsciente, mi madre, como siempre, tranquila, incluso me sonrió. ´No te asustes, me susurró al oído, todos tenemos que morir, sólo morimos una vez. Y nosotros vamos a morir juntos, no tengas miedo por eso, no va a ser tan terrible´¨.

Halina Birenbaum, sobreviviente del Holocausto

 

 

 

Al cabo de un rato la gillette ya no lastimaba. Recorría breves trayectos desgarrando ligeramente su piel. Pequeños hilos de sangre le iban tiñendo la muñeca y dibujando azarosamente extrañas figuras, que se escurrían hasta estallar en el piso.

Jugaba como con un caleidoscopio subiendo y bajando el brazo, girándolo a diestra y siniestra. Cada corte se convertía en un tributo ritual, en una pintura monocrómica con vocación de coagulo, mientras la brutal intemperancia de la luz revelaba la descarnada verdad de las figuras aplastadas.

La sangre lo estimulaba y el filo de la hoja mutilaba momentáneamente su angustia.

Cinco, diez, quince, veinte cortes leves ¿Por qué no podía traspasar la epidermis y desgarrar pasada tras pasada, la carne, buscando una vena palpitante?

Un nuevo tajo, una mueca, eran la patencia de la más profunda de las cobardías; la confirmación del aniquilamiento del impulso.

Al cabo de un rato la gillette lo estimulaba nuevamente. Recomponía las imágenes desperdigadas y acariciaba la piel que se extendía excitante, como una tela cuidadosamente preparada.

Las yemas de los dedos de su mano izquierda se impregnaban de un delgado frío que crispaba, como la voz de Peter Hamill, herrumbrosa, como la quilla de aquellos barcos que continuaban acumulando algas y aullidos ultramarinos.

El agua fría lo lastimaba y daba un matiz rojizo, luego, al lavatorio.

El sol agónico de ese invierno erizaba su ánimo reverberando manifestaciones de otras latitudes: la culpa judeo - cristiana, los gemidos de los torturados que, a veces, desocultaba el viento en solitarias madrugadas o el pavor de la helada cayendo sobre las calles habitadas por un miedo omnipresente.

Otro corte y otro después del agua, y la voz de Peter Hamill diciendo When she comes y develando, en ese instante, la fatiga, la irrelevancia de la flagelación como expiación de la imprudencia.

Al cabo de un rato la gillette había perdido el filo y la agonía la urgencia.

Una masa inflamada y sanguinolienta, latía ausencias, latía tristezas; cuestionaba las órdenes del sistema nervioso, cuestionaba la vocación de vivir a la altura de la desesperación entre tanta muerte, miseria y horror en países impensados que abrían sus bocas como los peces de un acuario.

Ahora, muchos años después, una luz mortecina forcejea con la desvencijada persiana intentando ganarle un espacio a la oscuridad. Como los zapatos, los lentes o los dientes de oro que se apilaban en Treblinka, Auschwitz o Dachau, en una esquina de esa misma habitación se amontonan otras muertes y otras impunidades.

Tal vez sea el anochecer de un lunes o quizás el de un martes.

En Bergen - Belsen se recuerda permanentemente que Ana Frank nunca llegará a Hollywood mientras en la penumbra, las pupilas se dilatan para poder seguir la trayectoria de las cucarachas.

Como una mina que se fragmenta lentamente, como una bala que se demora en atravesar una nuca, como una muerte prematura y prolongada en una comisaría, penden las sombras

a modo de un ser mitológico, -como un hipogrifo, como una hidra o una serpiente marina- triturando denticiones, quijadas y encarnaduras.

La habitación es un país macheteado, un animal descoyunturado, arrastrándose agonizante, probablemente a ninguna parte. Las lauchas recitan el Deuteronomio y las paredes repiten con voz de cal: justicia, justicia perseguirás.

La amnesia no encuentra asilo al ángelus y Pandora libera sus monstruos: redes ferroviarias, gases de motores, deportaciones, exterminios, submarinos y picanas; capuchas, un falcon verde, la extradición de la solidaridad, la desesperanza, la miseria.

Tal vez sea la anochecida de un lunes, piensa. Quizás la de un martes o la de un domingo de fútbol y hastío. Los olvidadores arrojan desde un avión al mar cualquier vestigio. Las cucarachas resisten. Las astillas de los huesos reclaman. Los ojos aullan. Los diáconos de la intolerancia pintan en paredones fusilados: ”Somos derechos y humanos”. ”Arbeit macht frei”. “¡Muerte a los extranjeros maximalistas! ”

En la penumbra, ve como una madre despide a un hijo que parte hacia la muerte y viceversa. Otra, inicia un revuelo de pañuelos y los gusanos recuerdan que en los campos de concentración nunca entraban flores ni volaban las mariposas.

Una luz mortecina al sur de Odessa al sur forcejea con la desvencijada persiana intentando ganarle un espacio a la oscuridad. Las cucarachas resisten. Las astillas de los huesos reclaman la liberación del anonimato de las fosas comunes y la puerta soporta el lamento de los cerrojos oxidados.

La baba de los caracoles transforma en senderos, el bramido de millones de gargantas. La oratoria de aquellos puños y esas muelas, de las cuerdas vocales y las lenguas babilónicas, se adhiere a la cal ligera y talla con gesto sereno y fiero: justicia, justicia perseguirás.

La memoria de la masa tumefacta de aquel brazo de hace muchos años intuye que pronto llegara el día liberando las voces de las sombras, cicatrizando los cortes añejos y desnudando nuevas ulceraciones, como, por ejemplo, pensar que tal vez, en ese momento, ella estuviese volviendo a su casa, huyendo furtivamente de un lecho ocasional, sintiéndose nuevamente vacía y asqueada, aún después de haber aprendido duramente que el deseo no necesita coartadas ni disculpas.

Pensar que, tal vez ahora estaría detenida en un semáforo, mirando sus ojeras en el espejo retrovisor o acomodando con movimientos nerviosos sus cabellos. Suponer que, nuevamente estaría preguntándose cómo un deserotizante té de boldo no había podido mutilar la necesidad real de satisfacer esa tensión que, inevitablemente, la invadía; cómo, a pesar del espanto, la imaginación siempre estimulaba la posibilidad del placer, la habilitación de la piel. Imaginar que tal vez estuviera prendiendo un cigarrillo que, a diferencia de todos los consumidos anteriormente buscando estímulo en la nicotina, la liberaba del empeño dramático de la insatisfacción, bocanada tras bocanada.

De pronto siente que la lengua se le seca. El aire le quema los pulmones. Las piernas le pesan. El corazón se le desboca. Se ahoga con su propia sangre. El sudor lo hiela. Le laten las sienes y la vista se le nubla.La osamenta se le oxida como los clavos incrustados en los durmientes de una vías que ya no llevan a ninguna parte. Su cuerpo busca un lugar debajo de los cientos de cuerpos rígidos y verdosos que se amontonan como ropa sucia en un rincón de la habitación. Deja que la sangre, ajena y putrefacta, que gotea de fosas nasales obsoletas. lo empape. Regula su respiración. Cierra los ojos. Clausura el olfato. Se acostumbra al zumbido rabioso de las moscas. Se desliza por sobre extremidades y cráneos lubricados por secreciones fétidas y humores viscosos. Mata cientos de muertes. Las niega, para poder morir tranquilo. Acompañado y verde. Frío y gris, como el filo de aquella de gillette.


Caminitos de plata relucen en la noche...

Enviado por el 27/09/2008 a las 09:14 PM
Shyvy

es el paso de algún caracol, testigo eterno de la oscuridad iluminada de terror e ingnominia.

Gracias Fernando



Vale la pena volver!

Enviado por el 27/09/2008 a las 09:32 PM
Catalina Baeza

Gracias Fernando

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La defensa sin cuestionamientos de una hipótesis es incompatible con la libertad de conversar.


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