Hoy he visto un espectáculo triste e indigno.
Un anciano profesor de mi Facultad, tratando de pasar desapercibido, caminaba lenta y trabajosamente, apoyándose en las paredes para no caer.
Si alguien se le acercaba apartaba con cautela la mano de la pared, sonreía y saludaba, para luego continuar su penosa marcha, cuando creía no ser visto.
Estuvo en eso mucho rato, y de cuando en cuando miraba con expresión desesperanzada hacia la puerta de la Facultad, como si estuviera aun muy lejos.
De pronto apareció un alumno suyo, quien le formula una pregunta sobre los contenidos de clases.
El docente le sonríe, y en un gesto de aparente confianza y cordialidad se aferra al hombro del estudiante y le dice que el también se va yendo, asi que mejor van conversando juntos hasta la salida.
Y sigue hablando con el estudiante con entusiasmo, pero sin soltarle el hombro en ningún momento.
El viejo profesor ha encontrado a alguien en quien apoyarse, una especie de bastón o muleta, y junto a él traspasa el umbral hasta llegar a la calle.
Luego, da por finalizada la conversación y le hace un gesto a un taxi, al cual se sube para desaparecer entre el tránsito vehicular.
¿Por qué un profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, maestro de generaciones de estudiantes (algunos de ellos Presidentes de la República y altos dignatarios del Estado), ha llegado a este extremo tan frágil y penoso?.
Porque no puede jubilarse.
Porque su sueldo base es tan escuálido (otra cosa son las asignaciones especiales) que con lo que ahorró en el sistema previsional lo único que tiene garantizado es una sobrevivencia en condiciones miserables.
Entonces, arrastra consigo la tragedia de tener que hacer clases hasta el día que caiga muerto.
Poco importa si sus habilidades intelectuales y cognitivas se han deteriorado con el paso del tiempo o que el dolor le haga estremecerse cada vez que da un paso: tiene que impartir clases porque es la única forma de asegurarse un sueldo que, irónicamente, le permita sobrellevar su vejez.
Peor aún, la situación del profesor en comento no es para nada excepcional: hay todo un rango etario de académicos de la Universidad de Chile que se encuentra en la misma indigna posición.
Sería muy triste si al final de mis días, la vida me encuentra en ese lugar.
La columna original está en:
http://reusser.wordpress.com/



















Ufff que triste....
Me dio penita...
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.:.La vida es una enfermedad de transmisión sexual.:.