EL MOCITO.- realismo mágico (autor. M. Contreras)

Enviado por andrea carpentier el 01/04/2007 a las 20:46
andrea carpentier



Mozo del “Mamo”, testigo clave de los crímenes de la Brigada Lautaro

Los “delfines” que exterminaron al PC

La investigación del juez Víctor Montiglio descubrió la existencia de un grupo de elite de la DINA, llamado Delfín, creado especialmente por Manuel Contreras y Pinochet para exterminar a la cúpula del PC. Cincuenta procesados abrieron al juez la parte más cruda de la dictadura. Nación Domingo

Por Jorge Escalante y Javier Rebolledo

El mocito de 15 años recibió la subametralladora Mack-10 y el maletín de manos del coronel Manuel Contreras, y luego inclinó su cabeza ante el jefe operativo de la DINA. Le habían enseñado que así debía hacerlo cada vez que el Mamo llegaba a su casa en Pocuro con Antonio Varas, en Providencia. “Mira, huevón, tenís que estar más atento cuando llega el jefe y te entrega sus cosas. Y de aquí en adelante le vai a hacer una reverencia con la cabeza cuando llegue, porque aquí la huevá no anda al lote. Y lo vai a tratar de mi coronel, nada de señor Contreras. Esto no es un club social, esta huevá es la DINA”, le había gritado furioso el suboficial Olmedo, uno de los escoltas de Contreras, mientras lo agarraba del pelo y presionaba su frente con una pistola. Después del episodio, el “Mamo” se retiró a descansar y esperó que el mocito sirviera la cena. El joven llegó a la casa un día de 1974, recomendado por la esposa del general Galvarino Mandujano, quien le habló de él a María Teresa Valdebenito, esposa de Contreras. Luego, todo sucedió muy rápido. Tras una breve preparación militar, el mocito pasó a integrar la Brigada Lautaro de la DINA, primero en un departamento del piso 19 de la torre 5 del complejo San Borja, en el centro de Santiago, y después en el cuartel de Simón Bolívar 8630, en La Reina. La brigada nació para brindar protección a Contreras y su familia, pero a partir de 1976 ese objetivo se desvió para ayudar a matar comunistas. Presa del morbo, al mocito le atrajo todo. Presenció torturas, escuchó los gritos de dolor y vio correr la sangre de los dirigentes del PC. Una vez, incluso, tuvo que contener la respiración para no gritar cuando sus jefes utilizaron un soplete para borrarle las huellas dactilares y una cicatriz al cadáver de un militante comunista. Treinta años después, perseguido por su conciencia, se decidió a contar lo que había vivido. En enero pasado enfrentó a los funcionarios de la Brigada de Asuntos Especiales y Derechos Humanos (BAEDH) de la Policía de Investigaciones, y después habló con el juez Víctor Montiglio, que instruye el proceso acerca del secuestro y desaparición de la primera dirección clandestina del Partido Comunista en mayo de 1976, conocido como calle Conferencia.

 

Después de él, otros ex agentes también comenzaron a hablar. Así se han ido develando episodios desconocidos de la represión: el exterminio de los dirigentes clandestinos del PC en el cuartel de Simón Bolívar, la existencia de la Brigada Lautaro y, sobre todo, la formación del grupo de elite Delfín, comandado por una de las estrellas de la DINA, el capitán de Ejército Germán Barriga Muñoz.

Con un alicate

“En el cuartel de Simón Bolívar, después que los mataban, a todos los detenidos se les quemaban las huellas dactilares y las cicatrices del cuerpo con un soplete a parafina. Además, se les sacaban los relojes, los anillos y las tapaduras de oro de los dientes”, relató el mocito en el proceso.

 

A veces, las escenas no tenían nada que envidiar a los campos de concentración nazis. Un ex agente, a quien identificaremos como Vicente Medina, vio a su compañero Sergio Escalona Acuña tendido sobre un cadáver que tenía la boca abierta , con un alicate en la mano. El Negro Escalona, como le decían al infante de Marina, trabajaba afanosamente. “En los camarines, él sacaba a los muertos las tapaduras de oro. Nunca supe si se quedaba con el oro o lo entregaba”, contó. (Salvo el mocito y Medina, el resto de los nombres que aparecen en esta crónica son reales). Escalona era un comando y fue –junto a otro infante de Marina, Bernardo Daza Navarro, alias “El Chancho”– uno de los primeros refuerzos que la Armada traspasó a la DINA en abril de 1974 para integrar la Brigada Lautaro. Su jefe fue el mayor de Ejército Juan Morales Salgado. Los antecedentes que ha establecido la investigación del juez Montiglio revelan a Daza y Escalona como dos peligrosos asesinos, preparados para todo.

 

Según declaran otros ex agentes, estos dos personajes se peleaban a los comunistas para torturarlos. Fueron ellos los que, junto a Juvenal Piña Garrido, alias “El Elefante”, mataron al secretario general del PC en la clandestinidad, Víctor Díaz. Piña ya confesó: fue él quien lo asfixió con una bolsa plástica mientras Daza y Escalona lo sujetaban. Y la teniente de Ejército Gladys Calderón Carreño, que se decía enfermera, esperó a que terminaran y le inyectó cianuro en la vena, para asegurarse de que estaba muerto. El mocito fue quien recibió el cuerpo, ya envuelto en un saco y con un trozo de riel amarrado al cuerpo. “Trasladé el cuerpo de Víctor Díaz hasta el estacionamiento del cuartel y lo metí en la maleta de un auto”, dijo. Desde ahí lo llevaron hasta Peldehue, al norte de Santiago, y lo subieron a un helicóptero para tirarlo al mar junto a los cadáveres de otros prisioneros.

Navidad de 1976

Las navidades en cautiverio eran tristes, pero aquel 24 de diciembre de 1976, el mocito tuvo un gesto humano. Esa noche, cuando el Chino Díaz llevaba algunos meses prisionero en Simón Bolívar, los guardias Emilio Troncoso y Guillermo Ferrán fueron llamados a prestar seguridad a la nueva casa del “Mamo” en calle Príncipe de Gales, donde se celebraba una regada fiesta. Así, el joven ex agente quedó solo con su prisionero.

 

“Esa noche en el cuartel nos dieron un pavo asado y algo para tomar. Como quedé solo, llevé la comida al casino del cuartel y fui al calabozo a buscar al Chino Díaz para que comiéramos juntos. Estaba sorprendido por mi corta edad y por las cosas que tenía que hacer y que ver. Después lo llevé de vuelta al calabozo”. Pero aquel episodio fue sólo un paréntesis en medio del horror que rodeaba al mocito de Contreras. En otra ocasión, mientras torturaban a la dirigente comunista Reinalda Pereira, el capitán Barriga le pidió que le llevara café y bebidas para tomarse un descanso. “A esa mujer la torturaron brutalmente, y ella clamaba para que pararan porque decía que estaba embarazada. La teniente Calderón chequeó que eso era efectivo, pero igual el capitán Barriga siguió con las torturas y la corriente. Estaba en muy mal estado y empezó a pedir que la mataran. Murió unas tres horas después, en el gimnasio del cuartel. La teniente Calderón le inyectó cianuro en la vena para asegurar su muerte”. Participando en el crimen de Pereira –desaparecida como todos los dirigentes comunistas que llegaron a Simón Bolívar–, el mocito vio también aquella tarde a la agente de la Armada Teresa Navarro Navarro y al oficial de Carabineros Ricardo Lawrence Mires, apodado “El Cachete Grande”, otra estrella de la DINA. Vicente Medina, también testigo de la tragedia de la mujer comunista, dice que participaron en su muerte “El Elefante” (Piña Garrido) y Claudio Pacheco Fernández, agente de Carabineros. “Poco después de que murió, el agente Pacheco usó un soplete para quemar a Reinalda Pereira sus huellas dactilares”, dijo Medina, quien reconoció a la dirigente en un set de fotografías que le mostraron en el tribunal.

 

En “Casa de Piedra”

 

Junto a Fernando Ortiz Letelier, otro de los dirigentes comunistas asesinados en el cuartel de Simón Bolívar, Vicente Medina vio llegar a ese lugar a “cerca de ocho personas”, antecedente que coincide con el arresto masivo de la segunda dirección encubierta del PC, en diciembre de 1976. En este grupo estaban Reinalda Pereira, Waldo Pizarro –esposo de la fallecida presidenta de la AFDD, Sola Sierra– y Fernando Navarro Allendes, entre otros.

 

“En las fotos que se me muestran puedo reconocer al señor Navarro como uno de los que llegó detenido junto a Ortiz. A Navarro lo mataron con una inyección que le aplicó la teniente Calderón”, dijo Medina. Hasta ahora se sabía que Augusto Pinochet concurrió un día de 1976 hasta la llamada Casa de Piedra, en el Cajón del Maipo, para ver a Víctor Díaz, que por esos días estaba detenido allí. Pero nuevos antecedentes de la investigación indican que Pinochet habló en ese lugar con al menos otros once comunistas presos.

 

“Llegué a la Casa de Piedra y vi que estaba el coronel Manuel Contreras, el mayor Juan Morales y el capitán Barriga, junto a once miembros de la cúpula del Partido Comunista. Estaban Víctor Díaz, Pizarro y otro llamado Zamorano [Mario]. Entonces llegó el general Pinochet y conversó con todos ellos, pero especialmente con Díaz, quien le dijo al general que atacar al PC era como sacar el agua del mar con un balde”, declaró Lawrence.

 

NACE DELFÍN

 

La nueva fase de investigación de la BAEDH y el juez Víctor Montiglio en este juicio ya suma sobre 50 procesados, transformándose en la causa por violaciones de los derechos humanos con mayor cantidad de agentes encausados hasta ahora.

 

Entre los múltiples nuevos antecedentes descubiertos se logró determinar el origen del grupo de exterminio Delfín, a cargo del entonces capitán Barriga. Don Jaime, como se hacía llamar Barriga, se suicidó el 17 de enero de 2005 lanzándose desde un edificio en un barrio de Las Condes.

 

Según coinciden varios ex agentes, entre ellos el mocito, Vicente Medina e incluso Juan Morales, el ex jefe de la Lautaro, la formación de Delfín fue un parto difícil. Su constitución fue una decisión de Contreras y Pinochet, que la formaron para que se dedicara exclusivamente a exterminar a los dirigentes clandestinos del PC.

 

El grupo llegó a instalarse a Simón Bolívar a comienzos de 1976, y tuvo siempre línea directa con el jefe de la DINA, sin pasar por el jefe de la Lautaro. Eso, según Morales, produjo incluso algunas rencillas internas.

 

Además de Barriga, lo integraban Lawrence, como segundo jefe, y los agentes de Carabineros Emilio Troncoso Vivallos, Heriberto Acevedo Acevedo, Claudio Pacheco Fernández y Rufino Astorga. Aún falta por precisar los nombres del resto de sus miembros, que no son muchos más. Pero varios integrantes de la Brigada Lautaro, como Daza, Escalona, Piña y otros, colaboraron activamente en los crímenes de Delfín. Sí hay una cosa en que Morales y el mocito coinciden: “Simón Bolívar fue un cuartel de exterminio, desde donde nadie salió vivo”. LND

 

Los extranjeros envenenados con sarín

Uno de los enigmas más sombríos de la investigación que sustancia el juez Montiglio es la identidad de dos ciudadanos extranjeros presuntamente asesinados en el cuartel de Simón Bolívar en 1976. Una versión señala que ambos serían peruanos, pero otro agente de la Brigada Lautaro afirma que se trataría de un boliviano y un peruano.

 

Los ex agentes de la DINA sí coinciden en que ambos murieron por inhalación de gas sarín suministrado por Michael Townley, quien habría llevado el veneno mortal hasta el cuartel. “Townley procede a ponerse una mascarilla en su cara, junto a unas antiparras, y saca de un bolso un tubo spray, acercándose lentamente. Espera que estas personas inhalen para aplicarles un toque del tubo. El primer afectado por el gas cayó de forma instantánea y a los pocos segundos dejó de moverse. Consecutivamente le aplica este mismo mecanismo a la segunda persona detenida, a la cual le produce el mismo efecto”, declaró un ex agente en el proceso.

 

El testimonio agrega que los efectos del gas sarín se extendieron sobre los agentes Jorge Díaz Radulovich y Emilio Troncoso Vivallos, que mantenían a los extranjeros de pie e inmóviles mientras eran envenenados. Al poco rato, Townley también se vio afectado por el gas sarín. “Salió desesperado, gritando desesperado muy fuerte ‘¡me agarró, me agarró!’”, relató otro agente al juez Montiglio.

 

Tras el accidente, los tres agentes fueron atendidos por la teniente Gladys Calderón, que le inyectó un antídoto a Townley y después, cuando estaba fuera de peligro, aplicó otra inyección, pero esta vez de cianuro, a los dos extranjeros que yacían en el patio del cuartel. El agente Eduardo Alejandro Oyarce declaró que minutos más tarde vio al ciudadano peruano, “percatándome que tenía su rostro totalmente desfigurado y su boca en extremo abierta por el gas sarín”. Oyarce también dijo que antes del asesinato tuvo ocasión de conversar con el peruano, quien le habría dicho que su nombre era Juan Pablo y que el boliviano se llamaba Rafael. El peruano era el chofer del embajador de Perú en Chile de la época, José Carlos Mariátegui, actualmente fallecido.

 

Según la Comisión de Verdad, Justicia y Reconciliación, existe sólo una denuncia por un ciudadano peruano desaparecido en Chile, y ésta corresponde a la década de los ’80. Consultada por LND, la Embajada de Perú en Chile señaló que no tienen los registros correspondientes a esa fecha. La esposa del malogrado embajador también declinó referirse al hecho, y el Ministerio de Relaciones Exteriores no entregó una versión al respecto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    

 

 
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Otra desde Fuera:

Enviado por el 02/04/2007 a las 02:12 AM
jorge hernandez

...cada vez me asombra mas y mas enterarme que las denuncias y los escritos que cuentan la realidad vivida en el pasado inmediato vienen mayoritariamente de fuera.

Sera que desde fuera hay mas posibilidades de atreverse a formular denuncias a mantener vigente la memoria para no olvidar mientras no haya justicia?

Jorge




A los Que Iban a Desaparecer Les Quitaban los Dientes de Oro

Enviado por el 02/04/2007 a las 03:59 AM
Amado de Mérici
A veces se entera uno de cosas tan terribles que ocurrieron durante la dictadura, de esas que rompen el corazón y te dejan apesadumbrado pensando en la condición humana.
He leído algo sobre los horrorosos tormentos a que eran sometidos los detenidos en Argentina. Y sobre episodios muy macabros, como el del cura que participaba en sesiones de tortura y extorsionaba a los padres de los detenidos que iban a desaparecer. (Estuvo luego fugitivo y con una falsa identidad, trabajando en una iglesia de El Quisco; se le acusa de al menos seis secuestros y asesinatos y se defiende diciendo que Dios lo justificaba). Las mujeres que quedaban embarazadas, tras ser salvajemente violadas por los agentes o soldados, eran asesinadas tras dar a luz, siendo los recién nacidos entonces dados en adopción o vendidos a parejas de militares infértiles.
Leí luego sobre la policía secreta argentina que mataba a detenidos no en un plan de justicia rápida o represalia, sino simplemente para robarles, por lo que resultaba más cómodo declarar de antemano que eran comunistas. La policía, según se pudo probar después, era responsable de una serie de secuestros por rescate que eran siempre atribuidos a delincuentes comunes. En un caso, tras asesinar a una pareja de sospechosos, encontraron 150 mil dólares en la casa y acabaron peleándose por el botín, resultando muerto uno de ellos.

En otro lugar, leí en un documento escrito por un experto en servicios de seguridad y la época de Pinochet, que una de las torturas que aplicaba el general Manuel Contreras, el jefe policial de la época, era introducir ratas en las vaginas de algunas detenidas. Hay un caso documentado de militantes revolucionarios que fueron decapitados por los militares. Ahora en este espantoso artículo de La Nación, que reproduce Andrea, nos enteramos de que a los asesinados "les quemaban las huellas dactilares y las cicatrices del cuerpo con un soplete a parafina. Además, se les sacaban los relojes, los anillos y las tapaduras de oro de los dientes", según confesó uno de los soldados que participó en las matanzas. Son escenas realmente espantosas, como de la época de los nazis, que escapan a toda razón. Este ex agente "vio a su compañero Sergio Escalona Acuña tendido sobre un cadáver que tenía la boca abierta, con un alicate en la mano. El Negro Escalona, como le decían al infante de Marina, trabajaba afanosamente. "En los camarines, él sacaba a los muertos las tapaduras de oro".

Estas escenas son terribles. Incomprensibles. Nos hacen recordar siempre que los hombres y mujeres que fueron perseguidos y asesinados por la dictadura, eran inocentes, y vivían en la más completa indefensión, no dependiendo más que del apoyo de la gente y algunas organizaciones católicas, pues el poder judicial y los políticos que no eran perseguidos, colaboraban con el gobierno dictatorial. Muchos tienden a olvidar este hecho fundamental: Que son crímenes inhumanos, injustificables, de gente indefensa. Todos podíamos convertirnos en sus víctimas. La dictadura ha destruido de esta manera abyecta cientos de miles de vidas y de familias. Su definición del nuevo delito de comunista podía abarcar desde militares conservadores constitucionalistas hasta cristianos o de grupos armados de la izquierda iluminada. Pinochet también participó, aparentemente, en sesiones de tortura e interrogatorios de miembros del Partido Comunista, que fueron tras ser entrevistados por él asesinados y desaparecidos.

Esto es de una abyección y maldad realmente incomprensibles y da pena leer u oír a gente que cree que estos crímenes pueden ser olvidados, que deberíamos olvidarlos y seguir adelante. Pero ¿es eso posible? ¿Y por qué? ¿Por qué deberíamos olvidar esas terribles e inhumanas torturas y asesinatos de inocentes, pero no otros crímenes semejantes, pero menores, de ciudadanos comunes y corrientes? ¿Podemos perdonarlos sabiendo que mataron a personas inocentes, y que las torturaron y mataron por razones y motivos que no podemos entender? ¿Que parecen crímenes cometidos por seres infernales, depravados y sedientos de sangre, provenientes casi literalmente del infierno? ¿Se imaginan esa escena del agente agachado sobre el cuerpo del detenido asesinado, sin motivo alguno, sacándole un diente de oro con un alicate? ¿Se imaginan al agente vendiendo ese oro a un dentista o a un joyero? A mí, estas escenas me dejan turulato.
¿Cómo es posible que crea que estas matanzas espantosas estaban de algún modo justificadas, que los perseguidos merecían ser perseguidos sin saber por qué delito serían posiblemente acusados? Te podían acusar de comunista, para robarte y matarte después. ¡Y hay gente que le otorga a estas cosas de crueldad inimaginable, realmente diabólicas, apenas una interpretación cuasi política! Como si el crimen, y el robo, y las torturas, fuesen cosas realmente normales. Y que está bien que hayan ocurrido. ¿Podría un partidario de la dictadura, decir: ‘Sí, me parece muy bien que violaran a las mujeres atrapadas, las dejaran parir, las torturaran entonces y mataran y vendieran el bebé a familias sin hijos'? Es posible que un partidario de la dictadura reconozca finalmente: ‘Sí, ocurrieron, pero fueron errores o excesos'. Pero aún considerándoles errores o excesos son igual y de todo punto de vista inadmisibles, intolerables, imperdonables. Ninguna persona de bien va a estar complacida con la cercanía de una persona que pretende que introducir ratas vivas en las vaginas de las detenidas o quitar los dientes de oro de los asesinados antes de hacerlos desaparecer, para venderlos luego, son cosas que pueden ocurrir.

no hay justificación....

Enviado por el 02/04/2007 a las 03:01 PM
andrea carpentier





más que en la imaginería de un escritor. Estos hecos nos separan la mente entre realidad y fantasía. No nos atrevemos a aceptarlas como parte de nuestra vida nacional.

Y es cierto, decir desde afuera, es un símbolo al temor que aún atraganta el alma.

Lo peor, es una experiencia que no ha enseñado nada a los psicópatas de la muerte y sus seguidores.


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