Gino Schiappacasse

CULTURA VERNACULA EN EXTINCION

Aun es época de vendimias. Y haciendo un poco de arqueología agrícola, exploro la época fundacional del secano costero hacia lugares como Quirihue, Coelemu, Ninhue, Rafael, Yumbel y Florida escarbando en estas primeras expresiones de una agricultura de rulo, dependiente de lluvias. Estos asentamientos dieron origen a la ocupación del suelo conformando territorialidad para instituir un naciente país llamado Chile. A partir del siglo XVII, traen habitabilidad a un espacio geográfico, casi sin intervención humana y escasa población aborigen.

Estos enclaves, fueron asentamientos pioneros de una verdadera conquista territorial y domesticación del paisaje salvaje, a través de la recta geometría del arado y la arquitectura con alarife y trazado ortogonal. Recordando la resistencia indígena que retrasó la colonización, fue a través de grandes haciendas agrícolas de origen misionero o patronal, como se produjeron las primeras manifestaciones de civilización y culturización. Nace una economía agraria local, constituyéndose las primeras empresas de exportación. Hace más de 300 años, ya se producía trigo y cereales, vino, aceite de oliva, cueros, charqui entre otros productos, saliendo de puertos como Tome y Talcahuano.

Nada de eso, ha perdurado. Esa cultura arcaica y primigenia fue prácticamente borrada del mapa. Pero, lo interesante es que todavía quedan vestigios, como si escarbáramos en busca de hallazgos arqueológicos.

Actuando un poco como Violeta Parra o Marta Colvin,  oriundas de los alrededores de Chillan, ellas recorrieron esas tierras plasmando lo telúrico y lo primigenio de esa cultura arcaica en su obra creativa. Ya sea registrando a través de la recopilación musical y tapices o reinterpretando a través de la escultura moderna lo tectónico y fuerza de la tierra y las montañas, “redescubrieron” lo mas valioso de una identidad vernácula sobreviviente, como hoy lo hace Rosemarie Prim, con las bordadoras de Copiulemu.

CULTURA DE LA VID

A veces es necesario, tomar iniciativas de esa naturaleza, para rescatar tesoros escondidos que guarda nuestra ruralidad local.  Es sorprendente que, estas dos famosas chilenas -ya fallecidas-, hayan extraído cultura, de esos lugares tan primitivos, para llevarla a Europa y ser realmente reconocida como tal, conquistando Paris, la ciudad luz de la civilización occidental.

Al escarbar en esta cultura rural del secano costero, especialmente de la vid, se descubren raíces ancestrales de siglos que no debiéramos olvidar. Ahí están las bases de nuestro nacimiento como país y como región.

En una orfandad de reconocimiento antropológico, histórico, sociológico, agrícola y económico, parecen vivir más abandonadas que nunca y en peligro de extinguirse. Esta cultura sobreviviente casi extinta, heroica, prácticamente se auto-preserva. Así como cuesta mucho arrancar una cepa viñatera, cuesta mucho desprenderse de raíces que alimentaron generaciones de agricultores y cultores del vino.

Aun es posible descubrir la existencia de resabios de arraigo cultural que se resisten a morir, manteniendose en villorrios y predios agrícolas, “saldos de conservación” de una economía viñatera, enclavadas en cerros de tierra roja con pendientes asoleadas con grandes fragmentaciones morfológicas que cultivan vides y cepas casi artesanalmente. Hay que internarse por caminos terrosos para ver aparecer los cuarteles de hojas amarillentas del verano o los sarmientos secos del invierno. Perdidos entre parajes de la cordillera de la costa, aparecen pequeños valles como Guarilihue, Batuco o Checura que guardan estos vestigios viñateros.

REDESCUBRIMIENTO Y PRESERVACION   

En algunos sectores de Coelemu, por ejemplo, hoy se cultivan las mismas cepas que introdujeron las misiones jesuitas al Fundo Magdalena, conservando las mismas cualidades de mostos primigenios, originales y centenarios. Prácticamente se usa la misma tecnología anacrónica en la siembra, cultivo, vendimia, fermentación y procesamiento. Lo paradójico es que se envasa, comercializa, promociona, al igual como hace tres siglos. Es un producto muy arcaico de gran calidad por su cuerpo, sabor, aroma, profundidad, color y espesor, desgraciadamente, con resultados económicos desastrosos. No vale nada en nuestro mercado. Paradojal, cuando la industria del vino ha creado tanta riqueza y prosperidad en el valle central.

Por un lado, la falta de inversión, tecnología, marketing y retraso cultural y estar emplazado fuera del circuito cultural y empresarial del vino, y por otro lado, la presión forestal por reemplazar esos suelos, están haciendo desaparecer esa cultura original y elemental, que tuvo probablemente las primeras viñas y cepas del Nuevo Mundo, y que produjeron mostos que probablemente saborearon reyes y virreyes de la España Imperial.

Habrá que pensar formas de recuperación de esta “cultura vernácula del vino”, casi extinta. Esta materia prima, contiene la identidad original de estas tierras ancestrales que atesoraron, y tanto amaron, Marta Colvin y nuestra querida Violeta Parra. Tal vez, así podamos “redescubrir” esa cultura local tan valiosa, pero tan desvalorizada, incluso en nuestra propia región.

 

Publicidad por Bligoo.com
Comentarios de este artículo en RSS

MENSAJE_LEGAL_ATINA_CHILE.jpg

{container-17}