Recuerdo cuando Ennio Morricone vino a Chile. La alta sociedad entró de los primeros a ver el maravilloso espectáculo, luciendo sus vestidos y trajes frente a las cámaras cual si fuera la mejor ópera italiana. Más atrás, la gente más del pueblo, algunos sabían del maestro, a otros les sonaba su nombre y otros simplemente asistían sin saber nada pero con la voluntad de escuchar con respeto, y apreciar el arte que por esta vez... era gratis. Morricone deleitó con la nostalgia de “Cinema Paradiso”, la hermosura de “Débora” y “El oboe de Gabriel”, además del soundtrack de “Malena”. Pero antes del bis del concierto, y después de “Cataratas” la gente de la alta sociedad empezó a retirarse, no con el aburrimiento justificado si Morricone hubiese elegido un mal repertorio, sino con aquella modorra del que no comprende el arte ni por conocimiento técnico, ni por la voluntad de abrir la sensibilidad y dejarse llevar por la fuerza de la belleza pura. Además de salir a comentar ante la prensa alabando algo que no escucharon por completo o criticando con un desprecio ingrato ciertas deficiencias de sonido. Algunos, de verdad apasionados, si se quedaron, como Cristian Warnken. Y la gente sin tantos recursos se mantuvo con un respeto digno de aplauso.
Muchos piensan: “La cultura es elitista”, “No se puede hacer T.V de contenido porque es elitista”... Lamento recordarles que los mayores orgullos culturales vienen de personas que partieron de abajo. Neruda, Mistral, Víctor Jara, Violeta Parra, supieron de la miseria... y hoy se decepcionarían al ver lo caro que es el llegar a los libros, a la música y a los espectáculos artísticos verdaderos. No es la cultura algo elitista, es el acceso a ella lo que nos limita a ser hombres y mujeres que respiremos poesía, música y amemos a Morricone, al Flaco Spinetta, a Pedro Aznar, a Fito, a Milanés y silbemos por la calle “El unicornio azul” de Silvio.
Hagamos memoria. La cultura y su acceso a la misma se mantuvo entre vaivenes durante el siglo 20. Llegado el período de Allende, la cultura se liberó, música y libros al acceso de cualquier ser humano, desde un feriante hasta el profesor más docto supieron de libros hermosos. Mi bisabuela, una mujer de campo, sureña, pudo comprarse una de esas vitrolas y buenos discos de José Luis Perales y algunos libros de la editorial “Quimantú” (sol del saber, en mapuche), creada por Allende. La canción popular chilena estuvo en apogeo, nadie tenía que ir a otros países a hacer carrera. Sin embargó ocurrió el golpe. Ya en el año 1976, el precio de música y libros subieron un 9%, y la gente dejó de adquirir cultura. Y en 1980 se puso el I.V.A del 18% que persiste hasta hoy. Si no me creen, pregunten a Enrique Lafourcade, el escritor experto en el tema. Es obvio que la medida de subir el precio de la cultura durante la dictadura, no corresponde solamente a problemas económicos, también a un plan represivo. La suma para Pinochet era de temer: Gente pobre culta más un país herido, más una voluntad de lucha es igual a un grito de justicia. Confirmamos que el conocimiento es poder. Un poder que es digno adversario, como para que los militares impidieran la gira nacional de “Los Prisioneros” en una ocasión. Porque, por ejemplo, un libro “tiene que ver con la libertad de espíritu”, como dijo
Ricardo Lagos en un discurso sobre Neruda, en 2003. Y la canción de Victor Jara, aquella que escribió en un papel momentos antes de que lo asesinaran en el Estadio Nacional, después se repartió en copias de forma clandestina para ayudar a la gente a soportar la vida con un pétalo de esperanza en las manos. El sueño de Salvador Allende había sido destruido, y digo sueño, porque él no hacía “proyectos para mejoras culturales destinadas a la población de bajos ingresos”. Él no los llamaba así como los actuales políticos, para él eran “sueños”. También el deseo de Neruda y llevar la poesía a la calle... Así, otros muchos.
Y aquellos que hoy ponen en su boca el nombre de aquel presidente, lo usan para justificarse a si mismos, sin continuar sueños tan bellos como hacernos personas cultas. Qué vergüenza...
En 18 años de democracia, nada han hecho, mantienen el legado de Pinochet. Entonces, se esgrime el problema de la piratería, problema del cual debe encargarse la justicia. ¿Acaso creen que la gente es tonta? ¿Creen que la gente adquirirá baja calidad en un libro o en disco pudiendo tener alta fidelidad o buena prosa con olor a tinta fresca y no borrones de fotocopia? Otros argumentan falta de recursos para abaratar precios... Ja,ja... por favor!, los peruanos ( de los que tantos se mofan) leen más que nosotros porque el acceso a libros está en absoluto liberado: cero porciento de impuesto. También en Argentina, Brasil, Inglaterra, Venezuela, Ecuador y en España, donde un libro de Roberto Bolaño cuesta algo más que veinte mil pesos chilenos... y aquí en la propia patria del escritor chileno, $46.900.
Es cierto, también, que el gobierno ha puesto ciertas soluciones como el maletín literario (bueno; pero solo un parche en 18 años), pero como dice Cristian Warnken, en Chile no tenemos cultura lectora, y tiene razón, pero un paso a la vez: liberemos la cultura y ya veremos como reencantar a las futuras generaciones... Tarea de la educación y sus gestores. Y hablando del señor Warnken, él es un ejemplo. Ha conducido de manera brillante “Una belleza nueva” en TVN y este domingo 2 de noviembre inicia su nueva temporada. Antes lo conducía bajo el nombre de “La belleza de pensar” en Canal 13 Cable y por problemas con el canal lo dejó y obtuvo su revancha en un canal estatal bajo un título que es tan hermoso como audaz al ser una bofetada sutil para el elitismo del canal privado y su vanidad intelectual. Eso nos lleva a pensar en la basura que ponen en la T.V... El gobierno puede mejorar todavía más la programación de TVN, la estación UC debería hacerle honor a la prestigiosa universidad de la que provienen... y qué decir de Chilevisión, propiedad del futuro candidato Sebastián Piñera. Ah, sí... ¿Y el consejo nacional de televisión hace cuantos años está de vacaciones permanentes? Llaman “artistas” a niñitas desesperadas de fama, llaman “musas” a cerebros que están llenos de silicona. Eso nos prueba lo poco que los altos mandos del país piensan en la cultura. No hablo de hacer una TV o diarios con una solemnidad soporífera, ni que de pronto todos nos pavoniemos hablando de Bob Dylan. Sino de dar el espacio justo a los valores de la cultura. Algo proporcional al nivel de programas un tantos más relajados, pero sanos.
A personas como el que escribe, les entonan: “porque no se van, no se van del país”...
Porque nos quedaremos en el país hasta que se nos escuche. No nos callaremos hasta que se cumplen estos sueños. Sueños, señores, no ambiciones.
Marcos Villegas.



















LOS JOVENES Y LA CULTURA
Excelente comentario Marcos.....quisiera humildemente extrapolar esta absoluta falta de acceso a la cultura con la indolencia y abulia de nuestros jovenes que no estan "ni ahi" con nada.Que distinto sería este país si esa gran masa de jovenes fuera relativamente culta..estoy seguro que nuestros gobernantes serían muchos mejores ...que nuestra educación estaría en mejor pie..que nuestra salud sería digna...La cultura es una bomba de desarrollo ..es lo que esta antes del crecimiento..los indices....el pib....los impuestos...el marketing..y todo aquello que nos quieren meter en la cabeza que es necesraio para ser un país desarrollado. Una juventud culta.. que lee...que se informa....que va al teatro....a la danza..la pintura...la historia...es capaz de someter a sus gobernantes..pero claro, es quizas por ello que estos últimos no desean que el pueblo sea culto...evidentemente no les conviene. Sin embargo ¿que nos dan?.."perreo" y los niñitos y niñitas de 5 años ya andan moviendo sus neuronas al ritmo de melodías con letras huecas y sin sentido.
Que distinto sería si estos jovenes supieran que hay opciones de desarrollo a traves de la cultura , que su cabeza es mas que una mata de pelos rojos que los identifica como "tribú".
Bueno estimado Marco...es mi humilde opnión y nuevamente felicitaciones por tu comentario.
SALUDOS.