Hace treinta mil años en el exterior de una pequeña caverna existente en una formación caliza en la zona conocida ahora como Francia Meridional, varios adolescentes temblaban en la oscuridad esperando la iniciación al culto de los hacedores de herramientas. Las escenas de ayuno y abstinencia, las pruebas de silencio y sufrimiento, los rituales de toque de tambor, cantos y danzas estaban a punto de alcanzar el clímax. La primera realidad virtual estaba bajo tierra.
Los novicios se escogían con cuidado. Una vez al año, los candidatos que habían cumplido una determinada edad eran secuestrados por un oscuro grupo de fabricantes de herramientas, chamanes y artistas cuyas actividades cambiaban de forma irrevocable el modo en que la raza humana, creaba y vivía. Los mentores llevaban a los novicios, uno por uno, al interior de la caverna. Arrastrándose durante horas a través de pasillos muy oscuros, profundos, estrechos, laberínticos, se llegaba a las cámaras especiales. Después de los cánticos, las postraciones, los mitos y textos susurrados, la oscuridad era perforada por antorchas y lámparas dispuestas a intervalos estratégicos. Los novicios, que yacían o estaban de pie en posiciones predeterminadas con exactitud, veían de pronto figuras sobrenaturales que flotaban en el espacio delante de ellos: bisontes, pájaros, símbolos, figuras humanas que saltaban desde la oscuridad llenando su campo de visión.
En ese momento de miedo y temblor inducido audiovisualmente, según las teorías del paleontólogo John Pfeiffer, se impartían los primeros secretos artístico-tecnológicos. La psique, sensibilizada de los novicios se envolvía en secuencias de visiones y sonidos, grabadas con los secretos del fuego y el metal, las conexiones entre semillas y estrellas. A partir de este espacio simulado, los novicios podían observar el mundo y aprender de él, aplicando este conocimiento en sus vidas.

Según Pfeiffer, tales ciberespacios-subterráneos fueron creados con el propósito de imprimir información en la mente de los primeros tecnólogos. Las pinturas rupestres junto a los rituales mágicos dieron nacimiento a nuevas formas de vida, transformando la conciencia y la cultura.
¿Por qué de pronto los hombres empezaron a hacer pinturas en lo profundo de las cavernas?, ¿Que aportó el uso del arte después de cientos de milenios de cuevas naturales y sin embellecer, y de moradas al aire libre?, ¿Qué beneficio podían obtener de esta conducta?, ¿Eran más sensibles, más conscientes, más estéticos?
El problema se vuelve complejo si se considera el arte profundo: el arte ubicado en la mayor oscuridad, lejos de la luz, en cámaras diminutas, cavernas dentro de cavernas, secretos en el interior de secretos. El propósito de este arte, sugiere cosas tales como rituales intensos, pruebas y jornadas místicas. La explosión del arte marcó el estallido de ceremonias, favoreciendo el progreso del grupo, de la banda y de la tribu.

Pfeiffer advirtió un conjunto de imágenes pintadas en forma distorcionada sobre protuberancias y depresiones en la piedra caliza a fin de que tuvieran una apariencia tridimensional al ser vistas bajo la luz y un ángulo adecuados, lo mismo ocurría con una serie de imágenes talladas en la piedra. Según los datos recopilados por Pfeiffer, el propósito de esas exhibiciones luminosas bajo tierra era causar un estado específico de conciencia, apilando efecto especial sobre efecto especial en un esfuerzo por asegurar la preservación y la transmisión de la enciclopedia tribal.
En la caverna, yace el origen de nuestro apreciado arte, primer espacio y dispositivo que recrea y simula nuestros estados internos, organizando información e integrando distintos medios.
Osmani
Esfera virtual (para concurso de arte digital Kent Explora) por osmani






















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