Esa dupla imposible pero tan mentada: ?Dios y el Diablo?, sin duda ha sido responsable por protagonizar y rasguear la tan conocida historia mundial, apareciendo invariablemente siempre como una pareja de opuestos que entrecruzan sus sendas en forma caprichosa.
Uno aparece siempre repartiendo premios y castigos según el dicho: ?Dios sabe por qué hace las cosas?, mientras el otro surge regocijándose con la debilidad humana y aprovechando cada ocasión propicia para tentar al hombre con los caminos fáciles para causas difíciles. Tal vez por eso las viejitas de antaño solían decir: ?El diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo?.
Sin embargo, podría decirse que le ponemos el nombre de ?Dios? a lo bueno, puro, noble y solidario, y el de ?Diablo? a lo artero, cruel, egoísta y lujurioso, pero no nos engañemos, porque en realidad somos nosotros, los humanos, los que en nombre de cosas de Dios, hacemos cosas del Diablo.
Ya en su profundísimo cuento ?El Principito?, Antoine de Saint-Exupéry nos pone en guardia contra los baobabs: árboles inmensos que pueden alcanzar hasta 30 metros de altura y que pueden acabar con un planeta -dentro del universo de la narración- si se los deja crecer. Por ello, el autor grita angustiado: ?¡Niños, tengan cuidado con los baobabs!?.
En otras palabras, sucede lo mismo con las personas que pretenden ser amigas nuestras o colaborar con nosotros, o insinúan que quieren ayudarnos a mejorar, o conducirnos a mejores destinos, pero que en realidad se alimentan de nuestra vida, la dominan, la acaparan, y tarde o temprano la aniquilan.
Siguiendo el sabio consejo dado por Saint-Exupéry en su cuento, en la cruda realidad de nuestra vida se hace urgente, urgentísimo, arrancar el ?baobab? cuando todavía es tierno y no ha echado raíces profundas. Si no lo hacemos, con toda certeza acabaremos destruidos.
En las relaciones afectivas profundas, la amistad o el amor, pero también en otras, se corre el riesgo de encandilarse con la ?persona-baobab?, al no medir con suficiente racionalidad el daño producido, la disminución paulatina del propio espacio y, en consecuencia, acabar renunciando a buscar por uno mismo el sentido de la vida.
El verdadero amor une la máxima dependencia con la máxima libertad, y siempre que uno de los dos elementos disminuye, la relación entra en crisis. Es como si Saint-Exupéry nos dijera: ?Nunca dejen que otra persona les aniquile, les domine por completo, les exija todo y no les dé nada. Para amar, para tener amigos, se requiere ser alguien con columna vertebral, con personalidad propia definida?.
Los italianos tienen un dicho: ?Hazte pasto y te comerán las vacas?. No podemos permitirnos la humillación de ser solamente alimento, botín, despensa o fuente inagotable para beneficio de los caprichos egoístas de otro, de otro que, eso más, nos repite con dulzura o sin ella, que nos quiere con toda el alma o que es nuestro mejor amigo.
Narra el ya referido autor, que al inicio las plantitas de ?baobab? no se distinguen de las otras, por eso es fácil caer en el error de dejarlas crecer, pues pensamos que de allí a lo mejor surge una preciosa flor.
Pero cuidado, no nos encandilemos ni cerremos los ojos: ?apenas nos demos cuenta de que es un peligro mortal, debemos arrancarlo sin remordimiento?, porque Dios y el Diablo, a veces bailando danzas macabras, siguen infartando a esa multitud de siete mil millones de humanos que habitamos este planeta, perdidos en medio de conflictos étnicos, terrorismos, abusos de dictaduras, disparates pseudodemocráticos, y el sentido común, ese que nos dice que la verdad está en el trabajo, la honestidad y el juego limpio entre los hombres que, nos guste o no, pertenecemos al mismo y único universo al que hay que salvar del fanatismo religioso, el terrorismo, las dictaduras financieras y las tiranías que niegan el valor individual del pobre hombre que está extraviado y no encuentra agente bursátil que lo guíe? ¡Ave María!
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